Belleza Feroz Treinta y uno
35%

Treinta y uno

TREINTA Y UNO

Una ráfaga de viento recorrió el patio de los establos, haciendo vibrar las puertas del granero. Murmuraba y se reía como una bruja, con una voz áspera y baja, burlándose de Beau. Le decía que se acercaba una tormenta. Una que traería nieve y hielo. Una que lo mantendría allí.

Con un martillo en una mano y una bolsa de clavos en la otra, él la ignoró, así que el viento lo intentó de nuevo, elevando su lamento hasta que su voz se volvió la de un niño —aguda y temerosa.

«¡Por favor, no te vayas! ¡No me dejes, Beau!».

Beau sabía que la voz no era real; sabía que solo era su mente inquieta jugándole una mala pasada.

Pero saberlo no ayudaba.

Aun así, veía a Matti de pie junto a una ventana, esperando, deseando y rezando para que él regresara.

Y lo veía darse la vuelta, destrozado, cuando día tras día tras día, él no volvía.

Todavía sentía como si el viento que gemía hubiera metido su mano despiadada dentro de su pecho y le apretara el corazón.

Encogiendo los hombros por el frío, Beau se arrodilló y, furioso, clavó dos tablones, extremo con extremo.

Cuando terminó, corrió al taller del establo, tomó dos más y repitió la operación.

Después, superpuso un extremo de un tablón recién alargado sobre otro y los volvió a clavar.

Estaba apurado y distraído, y el martillo cayó sobre su pulgar.

Lanzó un grito de dolor, agitó la mano y soltó una serie de maldiciones de lo más coloridas.

«Arabella no estará contenta», pensó, cuando el dolor comenzó a disminuir.

Bueno, no le importaba un comino lo que pensara Arabella. Por su culpa, había pasado todo el día construyendo el puente más miserable del mundo. El crepúsculo estaba cayendo ya, y ni siquiera había terminado.

La idea se le había ocurrido la noche anterior, después de que Esperanza se marchara, y de haber corrido de vuelta a su habitación y haberse encerrado con llave.

No existía ningún túnel —ella lo había convencido de eso—, así que tuvo que idear otra forma de escapar: un puente delgado de tablones.

La distancia a través del foso debía de ser de unos doce metros.

Los tablones clavados medían unos tres cada uno.

Beau planeaba hacer seis en total, para tener unos tres metros extra a cada lado del foso.

Conectaría los tablones con más clavos y un poco de cuerda, luego empujaría los doce metros de puente improvisado a través de la torre de la puerta, sobre el foso.

Tras ello, estabilizaría el extremo del lado del castillo con contrapesos que había encontrado en la torre…

y cruzaría los dedos, esperando con todas sus fuerzas que el otro extremo se clavara bien en la orilla opuesta y quedara firme.

Y esa era la parte fácil.

Si lograba realmente extender su endeble artilugio sobre el foso, y de algún modo se sostenía, tendría que cruzarlo.

Tendría que caminar sobre una tabla de madera de apenas quince centímetros de ancho y más de dieciocho metros de largo, endeble como un látigo, sujeta con clavos oxidados y un poco de cuerda roída por ratones.

El plan era una locura, y él lo sabía, pero era el único que tenía.

Tomó el martillo y volvió al trabajo, pero justo entonces la puerta se abrió, golpeando las bisagras.

—Maldito viento… —murmuró, poniéndose de pie para cerrarla.

Pero no era el viento. Era Valmont, y Percival estaba con él. Ninguno de los dos parecía contento.

Los ojos de Valmont pasaron del martillo en la mano de Beau a las tablas en el suelo y a los clavos esparcidos a su alrededor. Soltó un bufido y empezó a caminar hacia él.

Beau se preparó para pelear.

Ya había tenido suficiente: de Arabella y de su siniestra corte, de la niña de los dedos ligeros y de los monstruos asesinos que salían a medianoche.

—Aléjate, Monty. No tienes derecho a detenerme. Todos vosotros sois una panda de mentirosos. ¡Todos! Tú…

Pero Valmont lo interrumpió:

—Cállate. —Le arrebató el martillo y lo arrojó al suelo—. Ven con nosotros.

—¿Adónde? ¿A la mazmorra?

—No, al foso.

—¿Y por qué tendría que ir ahí? —preguntó Beau, desconfiado.

—Para que no te mates —respondió Percival.

Los dos hombres se dieron la vuelta, y él los siguió.

Caminaron en silencio hasta llegar a la torre de la puerta y al arco que daba al foso.

—¿Por qué estamos aquí? —preguntó Beau, mirando hacia el agua turbia.

Algunas rocas cubiertas de moho sobresalían de la superficie, pero nada parecía vivir allí.

Valmont tomó una gran piedra, que había a los pies del muro de la torre, y la arrojó al foso. Cayó con un chapoteo profundo y ruidoso.

Durante un largo instante, no pasó nada, pero, de pronto, una de las rocas se movió.

Se inclinó hacia atrás, y Beau vio un rostro que lo observaba desde el agua.

Su piel era de un verde gangrenoso, sus ojos estaban blanquecinos por la podredumbre, y sobre sus labios crecían hongos.

Mientras Beau lo miraba, con el estómago encogido de horror, la cosa le gruñó, mostrando dientes ennegrecidos.

—¿Q-qué es eso? —balbuceó, retrocediendo un paso.

Apenas pronunció las palabras, el agua empezó a hervir y a agitarse alrededor de la criatura. Una segunda apareció en la superficie. Luego otra. Y otra. En cuestión de segundos, había docenas, gimiendo y agitándose.

Vio a un hombre, cuya piel colgaba de sus huesos como un harapo, y como un pez nadaba de dentro hacia fuera de las cuencas oculares de otro. Una anguila se deslizó a través de la caja torácica de un tercero.

—Si aún quieres construir tu puente, asegúrate de que sea resistente —dijo Valmont, y se marchó.

Percival se quedó.

Juntos observaron a aquellas tristes y sombrías criaturas; algunas aún gruñían y mordían, otras arañaban el aire en vano hasta que, una por una, volvieron a sumergirse.

Beau permaneció inmóvil, con las horribles imágenes grabadas en su mente: los rostros deformes y los sonidos de gorgoteo que brotaban de sus gargantas. Un solo paso en falso sobre su ridículo puente, y acabaría allí, entre ellos.

—Percival, ¿qué son? —preguntó.

—Soldados. Mercenarios. Cualquiera que haya intentado atacar el castillo.

—¿Están vivos? ¿Muertos? ¿Las dos cosas?

Percival vaciló antes de responder.

—Hay cosas aquí, Beau… Cosas que no comprendes.

—Entonces, explícamelas.

—Ellos nos protegen —dijo Percival, asintiendo en dirección al foso—. Protegen a Arabella.

Beau soltó una risa amarga.

—Por favor, Arabella no necesita protección. Arabella es dura como una roca.

—Hablas como el ignorante que eres —escupió Percival.

La vehemencia con que lo dijo estremeció a Beau.

—Sé todo lo que necesito saber sobre Arabella —replicó, sin convicción.

—No sabes nada —respondió Percival—. Nada de la bebé que gateaba hasta la despensa para apilar tazas y platillos más altos que ella.

Nada de la niña que sus padres llevaban a París a comprar vestidos, pero que se escapaba para ver Notre-Dame.

O de cómo la encontraron fuera de la catedral, dibujando las torres, las ventanas o los arbotantes.

Nada de la joven que soñaba con construir cosas.

La ira de Beau se encendió. Recordó las palabras crueles de Arabella cuando se conocieron, y cómo lo había despreciado después de enseñarle a robar.

—Tienes razón, no lo sé —dijo—. La Arabella que yo conozco trata mal a la gente. Los usa.

La mandíbula de Percival se tensó, y desvió la mirada hacia el bosque, más allá del foso.

Pasó un rato antes de que volviera a hablar.

—Hace mucho tiempo, cuando yo era un niño, hubo un juez que gobernaba estas tierras, nombrado por el viejo duque, el abuelo de Arabella.

Su primer decreto fue que cada pueblo debía construir una cárcel y una horca.

Todo ladrón, ya fuera que robara un saco de oro o un pedazo de pan, era ahorcado.

A las mujeres que respondían a sus maridos, se les colocaba un freno de arpía.

Los adúlteros eran marcados con una «A».

Los cepos nunca estaban vacíos. La sangre corría por los postes de los azotes. Los cuerpos se pudrían en las horcas.

»El juez se erigió como nuestra brújula moral.

Él y su familia nunca faltaban a la iglesia.

Vestían con modestia y se comportaban con decoro.

Pero una vez, cuando ya era mayor y trabajaba en una tienda, la esposa del juez entró a comprar guantes.

Al señalar un par, su manga se levantó y vi que el brazo estaba cubierto de moretones.

La lavandera, que sabía los secretos de todos, me contó que el juez la golpeaba.

También a sus hijos. Había más historias.

Decían que el juez estafaba a sus socios y calumniaba a sus rivales.

—Percival lo miró directamente—. Siempre me he preguntado…

, cuando ese juez dictaba sus duras sentencias; ahogar a una chismosa en el estanque, colgar a un ladrón, ¿a quién estaba condenando en realidad?

—Con un breve asentimiento, se marchó, dejando a Beau solo en la torre.

Aunque fuera hacía un frío helado, las mejillas le ardían. Aquel viejo necio no estaba comparándolo con ese juez…, ¿verdad?

Sin querer, una imagen acudió a su mente: Arabella, tal como aparecía en su retrato. Sus ojos vivos. Su espalda erguida. El porte orgulloso de sus hombros. La inclinación desafiante de su cabeza.

La persona que era ahora era tan distinta de la del retrato. ¿Qué había ocurrido para cambiarla? ¿Quién le había robado lo que allí tenía: su orgullo y su pasión?

«¿Por qué te importa?, —se preguntó—. A ella no le importas tú. Te ha convertido en su prisionero, y si no terminas ese puente, seguirás siéndolo».

Otra ráfaga de viento aulló desde lo alto, arrastrando granizo sobre los adoquines, lo que obligó a Beau a encogerse dentro de su chaqueta y regresar a los establos.

Al entrar con prisas, una furia repentina —roja y voraz— se apoderó de él.

Pateó la bolsa de clavos. Pateó una de las tablas mal ensambladas, una y otra vez, desahogando su rabia contra Miguel y Arabella; contra alguaciles, celadoras y maestros de escuela, incluso contra su propia estupidez, hasta que quedó hecho pedazos lo que había construido.

Luego, con el pecho agitado y el rostro encendido, observó las tablas que aún no había destrozado. Eran una broma. No soportarían su peso. No soportarían ni el de un gato. Se doblarían, se hundirían y lo lanzarían directo al foso.

Se arrodilló, derrotado, y recogió los clavos que había esparcido por todo el suelo.

No sabía nada sobre construir cosas. Su inútil padre no se lo había enseñado. Tampoco Raphael. Lo único que sabía era robar, y eso no le serviría ahora. No lo acercaría más a Matti.

—¿Qué voy a hacer? ¿Qué demonios voy a hacer? —gritó.

Como si respondiera a su desesperación, la voz de Percival resonó en su mente:

«No sabes nada de la joven que deseaba construir cosas…».

Los clavos se deslizaron de las manos de Beau. Se puso de pie y empezó a caminar. Cuando salió al exterior, ya corría.

No necesitaba saber cómo construir un puente, porque conocía a alguien que sí lo sabía.