Treinta
TREINTA
Arabella observó cómo Beau dejaba caer una cuchara de plata dentro del bolsillo de su chaqueta.
—Cógela —dijo, esbozando una sonrisa mientras se daba la vuelta.
—Está bien, lo haré —respondió ella.
«Pero aún no, —pensó, complacida de que él no pudiera verla mientras lo observaba—. Todavía no».
Él permanecía de pie, con una cadera ladeada, el cabello largo recogido hacia atrás y el rostro de perfil.
Los ojos de Arabella se detuvieron en su nariz —con aquel pequeño bulto en el puente—, en sus pómulos altos, y luego descendieron por la línea de sus hombros, hasta el arco elegante de su espalda.
—Estaría bien que fuera hoy —comentó el joven.
—Estoy trabajando el elemento sorpresa —respondió ella, deseando poder detener el tiempo y quedarse allí, en ese instante, para siempre.
Un segundo después, cuando sacó la cuchara de su bolsillo, Beau atrapó su mano, sorprendiéndola hasta arrancarle una cascada de risas.
—¡La tengo! —exclamó, triunfante—. Fui suave como la seda. Y silenciosa, además.
—¿Silenciosa? —replicó este, riendo—. Ha sido como si hubieras lanzado fuegos artificiales.
No soltaba su mano.
Arabella lo miró a los ojos —aquellos cálidos ojos castaños, llenos de sorpresas—, y a su sonrisa, tan llena de promesas. Y, por un instante, por un solo instante en un interminable siglo, fue feliz.
Entonces, otro sonido se alzó sobre su risa: regular, inevitable, como el tictac de un reloj. Arabella levantó la vista, y la sangre se le heló al ver quién se acercaba hacia ellos.
El relojero.
—¡No! —gritó, con el corazón desbordado por el miedo—. Por favor. ¡Él no, él no!
Apretó la mano de Beau y echó a correr hacia la puerta más cercana, pero, cuando llegaron, lady Paluc la bloqueaba. Llevaba un vestido color mostaza, con el encaje amarillento y el dobladillo sucio. Su rostro pálido estaba cubierto de llagas violáceas.
Arabella giró en redondo y corrió hacia otra puerta, arrastrando a Beau tras ella, pero lady Gunezarev apareció, mirándolos con odio. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, como si se atara a sí misma con una camisa de fuerza. Sus uñas, curvadas y afiladas, se clavaban en sus costados.
Desesperada, Arabella corrió hacia la última salida, aún aferrando la mano de Beau, pero en el umbral se alzaba lady Asonperides, mirando hacia el suelo. Al oírlos acercarse, levantó la cabeza, y Arabella observó que no tenía ojos —solo dos huecos negros, profundos y vacíos.
Arabella gritó, y se incorporó de golpe.
Asustada y desorientada, miró a su alrededor con desesperación y comprobó que no estaba en el gran salón con Beau, sino en su habitación. Sola. La luz gris de la mañana se derramaba por la ventana. Se había quedado dormida en su silla.
—Solo ha sido un sueño… No era real —susurró, presionando una mano contra su agitado pecho.
El alivio la inundó, pero pronto fue sofocado por el miedo.
«Nada es más real que un sueño», dijo una voz dentro de ella, y Arabella supo que tenía razón.
Los sueños eran poderosos. Eran espejos del alma.
En su sueño, había sentido que volvía a aquellos primeros días… Días en que la niña siempre estaba a su lado.
Sacudió el recuerdo de su cabeza.
Era peligroso desear que esos días regresaran.
La niña estaba a salvo, encerrada hacía ya décadas.
Las tres lo estaban.
Bajo la débil luz de la mañana, comprendió que el ladrón estaba condenado, al igual que las demás, y que no había nada que pudiera hacer al respecto.
Sintió un pinchazo en el corazón ante ese pensamiento, y cerró los ojos para bloquear el dolor punzante que le atravesaba el pecho.
— Esto no es culpa mía —dijo con voz quebrada—. Tú no eres culpa mía.
«Oh, pero sí que lo es, —respondió la voz—. Y él también lo es».
Arabella se puso de pie, desesperada por huir de la voz. Saldría a cabalgar. Haría que el mozo ensillara a su semental, Horatio, y galoparía por el bosque. El viento rugiría en sus oídos, y ahogaría todo lo demás.
Bajó la escalera de caracol, con un torbellino de faldas, y salió corriendo del castillo.
Cuando llegó a los establos, descubrió que el mozo estaba en el granero, arrojando fardos de heno. Ella misma ensilló a Horatio, y se dirigió al bosque, espoleando al caballo hasta el galope, antes incluso de salir del patio.
Las viejas decían que no existía jinete en la tierra capaz de dejar atrás a la muerte.
Tal vez no.
Pero ella pensaba intentarlo.