Veintinueve
VEINTINUEVE
La niña le clavó los dedos en el brazo, advirtiéndole, en silencio, que no hiciera ni un solo ruido. Que no se moviera. Que no respirara.
Los ojos de la criatura ardían, llenos de furia.
Su boca era una hendidura roja. Músculos poderosos se vislumbraban bajo su pelaje.
Las fosas nasales se le ensancharon mientras olfateaba la habitación.
Echó la cabeza hacia atrás y rugió, y Beau sintió cómo la niña se encogía contra él.
Le cubrió la mano temblorosa con la suya y la apretó con fuerza.
La bestia se movía, con torpeza, por la habitación, buscándolos.
Al no encontrarlos, arrojó una pila de libros del escritorio, que cayeron al suelo en una avalancha de golpes sordos.
Pero, en lugar de calmarse, aquella acción destructiva no hizo sino avivar más su furia.
Volcó una silla. Tiró las mesillas de noche.
Tomó una mesa y la estrelló contra la pared.
Comenzó a avanzar por la habitación, hacia ellos.
Beau sintió cómo la niña se tensaba de terror. Sabía que, si la bestia se acercaba un poco más, si se asomaba a las puertas de filigrana, los vería. Su corazón golpeaba con tanta fuerza contra sus costillas que estaba seguro de que la criatura también lo escucharía.
A mitad de la habitación, la bestia se detuvo y fijó la mirada en la colcha que yacía amontonada en el suelo.
Aplastó las orejas contra el cráneo, mostró los dientes y se abalanzó sobre el montón, pero, al descubrir que la niña no estaba allí, sus ojos se llenaron de una furia asesina y salió de la habitación embistiendo.
Beau esperó hasta oír sus rugidos y chillidos desvanecerse por el pasillo, para atreverse a salir de su escondite.
Siempre se había enorgullecido de tener nervios de acero.
Había pasado por situaciones difíciles. Lo habían perseguido y golpeado.
Pero nunca, jamás, había sentido tanto miedo como con la criatura que había irrumpido por esa puerta.
Le temblaban las piernas, como si no tuvieran huesos.
Los pensamientos eran confusos. Le costaba hablar.
—¿Q-qué era esa cosa? ¿Cómo…? ¿Quién…? —balbuceó.
La niña salió del escondite.
Beau notó que su luz se había reducido a un parpadeo. Parecía a punto de apagarse con apenas un soplo.
—Tengo que irme ya —dijo.
—No, no puedes. Necesito esa llave. Tengo que encontrar el túnel.
—No hay ningún túnel.
Beau negó.
—Eso no es verdad. No puede serlo.
La niña le dirigió una mirada llena de compasión.
—Ten cuidado, Beau. Soy yo a quien quiere la bestia, pero, si te encuentra, también te hará pedazos —dicho eso, echó a correr.
Beau estaba demasiado aturdido para perseguirla, pero gritó tan alto como se atrevió:
—¡Espera! ¡Detente! Por favor…, dime tu nombre. ¿Quién eres?
Justo antes de desaparecer por la puerta, la niña se volvió hacia él y, con una sonrisa temblorosa, respondió.
—Esperanza.