Belleza Feroz Veintiocho
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Veintiocho

VEINTIOCHO

Beau se puso de pie de un salto y giró en redondo, listo para pelear.

Pero no había nadie.

Dio un paso vacilante hacia el centro de la habitación. Estaba seguro de que alguien había estado allí… Justo allí , en medio de la alfombra. ¿Estaría imaginando cosas?

Se pasó una mano temblorosa por el cabello, y se volvió de nuevo hacia el espejo.

El vidrio plateado estaba vivo , en movimiento.

Imágenes danzaban ante sus ojos —sombras que titilaban, iluminadas desde atrás—, como las figuras en un espectáculo de linterna mágica.

Vio otra vez un destello azul, luego resplandores de carmesí, amarillo, rosa y verde.

Todos se difuminaron como pinturas corriendo bajo la lluvia, y después cobraron nitidez.

La boca de Beau se abrió ante la sorpresa.

El espejo agrietado mostraba a Arabella. Estaba sentada en su escritorio, con la cabeza inclinada y el cabello recogido en un moño desordenado. Libros, compases, reglas, plumas y papeles cubrían el tablero. Estaba dibujando.

Su mirada recorrió la figura de la chica, notando el ceño fruncido, la firmeza de su mandíbula, y la luz en sus ojos —no dura ni desdeñosa, como de costumbre, sino encendida por la intensa concentración de una artista perdida en su propio mundo.

Detrás de ella, sobre la cama, había media docena de cajas abiertas. De ellas se desbordaban vestidos coloridos, cada uno más hermoso que el anterior.

Josette, con la expresión preocupada, los observaba.

—Señorita, su madre vendrá pronto —dijo—. Querrá saber qué vestido piensa usar para el baile, ¡y aún no se ha probado ninguno!

—Umm… —respondió Arabella distraída, esbozando las ventanas de un edificio con un trozo de grafito.

Josette levantó un corsé.

—Por favor, señorita, debe…

—Oh, Josette, ¡que se ahogue el baile! —exclamó Arabella—.

Es un fastidio, y lo detesto… —El sonido de unos pasos firmes que se acercaban por el pasillo la interrumpió.

Sus ojos se abrieron, llenos de pánico—.

¡Ayúdame a guardar todo esto! ¡Rápido! —susurró, limpiándose las manchas grises de las manos en su bata.

Juntas, escondieron las reglas y los compases en los cajones, y luego metieron los papeles y libros bajo la cama.

Cuando la puerta de la habitación se abrió, Arabella sostenía el corsé en su lugar, mientras Josette apretaba las cintas.

—Buenos días, madre… Tía Lise —dijo Arabella, forzando una sonrisa cuando dos mujeres altas e imponentes, ambas con los mismos ojos grises y el mismo cabello rubio que ella, entraron en la estancia.

—Josette, cuando termines aquí, dile a Valmont que debe cambiar la colocación de los asientos para la cena del baile —dijo la madre de Arabella, entregando a la criada una hoja de papel—.

Me ha puesto junto a un simple barón. ¿En qué estará pensando ese hombre?

—Se volvió hacia su hija—. Acabo de ver al maestro de danza, Arabella.

Me ha dicho que no has asistido a tu lección de esta mañana.

—Lo he olvidado. Perdóname, madre —respondió Arabella.

—Ah…, ¿sí? ¿Y qué estabas haciendo que fuera tan absorbente?

—Yo… —La voz de Arabella vaciló. Miró a su alrededor, de forma frenética. Sus ojos se posaron en la cama—. ¡Intentaba decidirme entre todos estos vestidos tan preciosos! —dijo, con un tono alegre pero forzado.

La duquesa arqueó una ceja, incrédula.

Arabella se encogió.

—Mamá, ¿qué importa? —indicó conciliadora—. Sé bailar.

—Ese corsé está demasiado suelto —dijo la duquesa, repasando a su hija con una mirada crítica—. Arréglalo, Josette.

La doncella desató las cintas con rapidez. Las agarró, plantó los pies y tiró con fuerza.

Arabella soltó un jadeo; llevó las manos a su caja torácica, mientras sus pulmones luchaban por encontrar su nueva forma.

Josette volvió a anudar las cintas y se apartó.

Beau hizo una mueca. El corsé estaba tan apretado que casi esperaba oír cómo se le rompían las costillas.

Entonces, sí oyó un crujido, pero provenía de la duquesa: algo se había roto bajo su pie.

—¿Qué demonios es esto? —dijo, agachándose.

Un delgado trozo de grafito yacía hecho pedazos sobre la alfombra.

La duquesa los recogió, y su rostro se endureció al reconocer lo que eran. Giró la mano, dejó caer los fragmentos, y de un tirón levantó la colcha de la cama.

Sus ojos agudos recorrieron los libros y papeles escondidos debajo.

Soltó la tela y se volvió hacia su hija.

—Debería haberlo sabido —rumió, con la voz helada por la furia—. ¿Debo recordarte, Arabella, que muchos jóvenes ricos y poderosos asistirán al baile, y que todos buscan esposa, no una albañil? No eres una campesina libre para ir y venir a tu antojo. Eres la única hija, y heredera de un duque.

Arabella bajó la mirada, con las manos inquietas a los costados.

Beau observó cómo luchaba por contener sus emociones, intentando aguantarse las palabras…, pero estas se escaparon de todos modos.

—Preferiría encontrar un maestro antes que un marido —dijo—. Y preferiría estudiar Arquitectura, antes que probarme vestidos.

El rostro de la duquesa se ensombreció.

—¿También debo recordarte que no quiero una repetición de comportamientos pasados? —continuó—. De hecho, te comportarás de la mejor manera posible, o habrá consecuencias.

Chasqueó los dedos hacia la criada y señaló los libros de Arabella.

—Josette, lleva esas cosas abajo. Dile a Valmont que las queme.

Arabella alzó la cabeza con brusquedad.

—¡No! ¡Mamá, por favor!

—No puedes culpar a nadie, Arabella. Te lo advertí, una y otra vez. No necesitas libros ni compases para encontrar un marido. Necesitas dulzura, docilidad y el vestido adecuado.

Josette se arrodilló, sacó los libros de Arabella de debajo de la cama y los llevó fuera de la habitación.

Arabella la siguió con la mirada.

Y Beau observó a Arabella. La vio perder su batalla por el control, vio cómo las emociones la desbordaban, como una represa rota bajo el torrente.

—¡Mamá, eres cruel! —gritó—. Quiero aprender cómo se construyen los edificios.

Cómo crecen los pueblos y las ciudades. Cómo vive, trabaja y se divierte la gente en ellos.

—Su voz se alzó—. ¡Y en cambio me obligas a perder el tiempo en un baile aburrido, hablando y sonriendo, y fingiendo ante hombres más insulsos que la muerte!

Dos manchas rojas aparecieron en las mejillas de la duquesa, pero su voz, cuando finalmente se escuchó, fue firme.

—Cómo te atreves a hablarme así.

La tomó del brazo y la condujo frente al espejo.

—Mírate, Arabella. Observa.

La joven alzó los ojos hacia el espejo de plata. Estaban llenos de lágrimas.

—Fosas nasales dilatadas como las de un toro… El rostro tan rojo como la cresta de un gallo… La voz tan chillona como la de una hiena…, erizándose como una vil jabalina —dijo la duquesa con asco—. Una muchacha que no puede controlar sus emociones no es mejor que una bestia.

Un silencio crudo y doloroso cayó sobre la habitación.

Lise fue la primera en romperlo.

—Qué vestido tan encantador, querida —dijo, levantando la tela azul—. Cualquier hombre que te vea con él se enamorará perdidamente y pedirá tu mano de inmediato.

Un destello de desafío brilló en los ojos tristes de Arabella.

—Preferiría que pidiera mi corazón primero.

Lise negó. Miró a su hermana y, con una sonrisa preocupada, dijo:

—La niña tiene un espíritu fogoso.

—Los fuegos que arden demasiado pronto, se apagan con rapidez —indicó la duquesa.

Lise le tendió el vestido.

Arabella suspiró. Se metió en él y pasó los brazos por las mangas.

Su tía le abrochó la fila de botones que corría por la espalda.

—A nadie le gustan las chicas con demasiadas opiniones, Arabella —dijo con suavidad—. Ni las chicas ruidosas. Ni las que se enfadan. Ni las difíciles.

—¿Y las tristes? —preguntó Arabella sin vida.

Lise se estremeció.

—Esas son las peores de todas.

—Entonces, ¿qué clase de chica debo ser, tía?

—Una encantadora. Amable. Una chica que siempre esté alegre, siempre positiva, siempre sonriendo. Una chica que hable de jardines, de conciertos, de caballos y de flan.

—¿Flan? —repitió Arabella, incrédula.

Lise asintió con gravedad.

—El flan es seguro y no genera controversia. ¿Has conocido alguna vez un flan que provoque un acalorado debate?

—No, tía —indicó, hundiendo los hombros—. No lo he hecho.

Después de probarse el vestido azul, Arabella se puso los demás.

La duquesa declaró que el azul era el más favorecedor y salió de la habitación.

Lise la siguió, y Arabella se quedó sola, mirándose en el espejo.

A los ojos de Beau, parecía más pequeña. Diminuta. Derrotada. La ira se había desvanecido de su rostro y, debajo de ella, quedaba solo la angustia, pura y punzante.

Mientras la observaba, ella dio un paso más cerca del espejo, apoyó un dedo sobre el cristal plateado y dibujó una sonrisa en su propio reflejo.

Aquel pequeño y triste gesto atravesó el corazón de Beau.

Sin ser del todo consciente de lo que hacía, extendió la mano y la presionó contra el vidrio; sus dedos se encontraron con los de ella.

Olvidó que Arabella no podía verlo.

Olvidó que no era más que una imagen en el espejo.

—Y, al final, la duquesa tenía razón: hubo consecuencias.

—La voz proveniente de la puerta lo hizo saltar.

Era la niña—. La duquesa le quitó casi todas sus cosas, pero Arabella encontró la manera de seguir dibujando.

De seguir soñando —dijo, dando unos pasos hacia dentro, con la mirada perdida en la ciudad resplandeciente que aún se extendía sobre el suelo.

—¿Arabella hizo esto? —se interesó Beau.

La niña asintió.

Caminó hacia las cortinas polvorientas y trazó con el dedo la silueta de las flores sombreadas; al hacerlo, su pálido resplandor se intensificó.

—Por las noches, descosía el hilo de plata de estos paneles y lo usaba para crear su ciudad.

Trabajaba durante las horas oscuras y solitarias, cuando todos los demás dormían profundamente.

Las únicas que lo sabían eran las doncellas, pero les daba monedas para que guardaran su secreto.

Encontró la forma. Y eso bastó… —Su luz se apagó un poco—. Hasta que dejó de bastar.

—¿Por qué? ¿Qué pasó? —preguntó Beau.

La niña estaba a punto de responder cuando un alarido salvaje, ensordecedor, de pura furia, la interrumpió. Le siguió un fuerte golpe en la puerta.

—¡Rápido! ¡Tenemos que escondernos! —susurró, temblando. Le agarró la mano a Beau y tiró de él hacia las ventanas.

Otro golpe. Más fuerte. Más cerca. Beau lo oyó, y por fin comprendió quién —o mejor dicho, qué— los perseguía.

—No se trata de Asonperides, ¿verdad, niña? —dijo, sintiendo el pánico apoderarse de él.

Apenas las palabras salieron de su boca, la puerta estalló en mil astillas con un estruendo seco.

Un segundo grito, más terrible aún, llenó la habitación.

La pequeña le agarró la mano otra vez, y esta vez Beau no se soltó.

Bajo el asiento de la ventana había unos armarios de frente calado en filigrana de bronce.

La niña abrió uno y le hizo señas para que la siguiera.

Los armarios eran anchos y profundos, y ambos pudieron plegarse dentro del oscuro espacio.

Cerraron las puertas justo cuando aquello que había emitido aquellos gritos escalofriantes entraba en la estancia.

Beau contuvo la respiración al verlo, y susurró dos palabras:

—La bestia.