Belleza Feroz Veintisiete
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Veintisiete

VEINTISIETE

Beau había visto bordados lujosos antes.

Había visto cuellos de encaje que costaban más de lo que la mayoría de la gente ganaba en una década.

Casacas de seda bordadas con rosas tan realistas que parecía que los pétalos fueran a desprenderse.

Vestidos adornados con gemas y perlas. Pero nunca había contemplado nada tan exquisitamente elaborado como el bordado que tenía frente a él.

Utilizando una variedad de puntadas —algunas pequeñas y rectas, otras onduladas y entrelazadas—, la bordadora había creado un dibujo arquitectónico de detalle diabólico.

En el centro del satén azul oscuro se alzaba un elegante ayuntamiento con columnas, amplias escalinatas de piedra y una torre que se elevaba hacia el cielo.

Frente a él había una plaza bordeada de árboles, con una fuente en el centro.

La reluciente ciudad plateada también contaba con una universidad —con edificios abovedados y torres puntiagudas—, un hospital, una escuela, un mercado cubierto, tiendas y cafés.

Beau se arrodilló y pasó la mano sobre las puntadas.

«¿Quién ha hecho esto?, —se preguntó—. ¿Arabella? ¿Por qué querría ocultarlo?».

En ese instante, un movimiento llamó su atención. Un destello azul al otro lado de la habitación. Beau se quedó inmóvil y alzó la vista. El espejo seguía allí, apoyado contra la pared, y miró directamente dentro de él.

Había alguien en el reflejo.

De pie, justo detrás de él.