Veintiséis
VEINTISÉIS
A Beau no le hizo ninguna gracia que una niña se burlara de él.
—Esa no es forma de hablarle a tus mayores y superiores —le susurró.
—Entonces es la forma correcta de hablarte, ya que no eres ninguno de los dos —le devolvió la niña en el mismo tono.
Beau se acercó a ella. Se arrodilló y le puso las manos sobre los hombros, listo para decirle que aquel estúpido juego había ido demasiado lejos.
La niña miró una de sus manos, luego la otra y, alzando la vista, lo fulminó con una mirada abrasadora.
Avergonzado, Beau retiró las manos y la bombardeó con preguntas:
—¿De quién estamos huyendo? ¿Por qué estabas encerrada? ¿Cómo te llamas? —Su frustración lo hacía hablar demasiado alto.
—¡Cállate, necio! —ordenó la niña.
Beau bajó la voz.
—Solo dime una cosa… ¿Estas eran las habitaciones de Arabella?
— Eran . Eran las habitaciones de Arabella. Ya no viene aquí.
Ella se concentró en la puerta de nuevo, y Beau volvió la mirada hacia la repisa de la chimenea, intentando conciliar en su mente a la fría, frágil y distante Arabella adulta con la niña del retrato.
Recordó esa misma mañana, durante su lección de carterismo.
Había visto destellos de aquella muchacha pintada en el cuadro: una sonrisa entusiasmada, un brillo vivaz en sus ojos grises…
Y, aunque no quería hacerlo, recordó más: el aroma de Arabella, la sensación de su brazo entrelazado con el de él, y el calor de su mano sobre su pecho.
Un momento después, casi sin darse cuenta, se encontró entrando en su dormitorio.
«¿Qué estás haciendo? ¿Por qué pierdes el tiempo?, —lo reprendió una voz interior—. Admirar la decoración no te sacará de aquí».
Pero Beau no supo qué responder.
La habitación contenía una cama con dosel, un gran espejo apoyado contra una pared, un escritorio, una cómoda, varios armarios y un amplio asiento junto a la ventana.
Lo que lo dejó boquiabierto fue la cantidad de libros. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de volúmenes encuadernados en cuero.
Una punzada de anhelo le atravesó el pecho. Jamás había codiciado nada de lo que robaba para Raphael —ni joyas, ni plata, ni siquiera monedas de oro—, pero siempre había sentido hambre por los libros.
Pasó los dedos por los lomos de varios tomos.
En uno estaba grabado en oro Le Vau; en otros, Wren, Palladlo, Mansart.
Eran arquitectos. Había oído sus nombres en las mansiones donde había trabajado.
Siguió explorando: historia, filosofía, teatro, novelas y poesía.
Sus dedos se detuvieron en un pequeño volumen de los Sonetos de Shakespeare.
Lo sacó de la estantería, y comprobó que la cubierta de cuero rojo estaba desgastada por donde las manos la habían sostenido.
Lo abrió y comenzó a leer, cautivado por la belleza de los poemas. Algunos los recitó en voz baja, saboreando el ritmo en la lengua; otros, los leyó en silencio, sintiendo su peso en el corazón.
Beau deseó, con desesperación, quedarse con el libro y, por un instante, pensó en esconderlo dentro de su chaqueta, pero lo devolvió a su sitio.
Algunas cosas eran demasiado valiosas para robarlas.
Se separó a regañadientes de los estantes, y continuó explorando.
Al otro lado de la habitación había un delicado escritorio de nogal, cubierto de papeles enrollados, un tintero de cristal, una pluma y una carpeta de cuero.
Una nube de polvo se levantó cuando Beau abrió la carpeta.
La apartó con la mano, y sus ojos se posaron en dibujos de edificios: la catedral de Notre-Dame de Francia, el castillo de Fasil Ghebbi en Etiopía y Kukulkán, una pirámide de Yucatán.
Beau sabía que los aposentos privados eran los santuarios de las personas. Guardaban allí lo que más amaban —retratos, cartas, joyas—. Al parecer, Arabella no amaba ese tipo de cosas.
Arabella amaba los edificios.
Un sobresalto de emoción le recorrió el cuerpo al comprenderlo. Quizá, entre los planos, habría un dibujo de este castillo: una elevación, una sección transversal… Algo que le mostrara dónde estaba el túnel.
Tomó un cilindro de papel y lo desenrolló, pero contenía planos de la Ciudad Imperial de Pekín.
Lo tiró con frustración.
Abrió otro, que representaba la biblioteca de Éfeso.
Nada de lo que necesitaba.
Alzó la vista y vio un gran cofre de madera apoyado contra la pared, asegurado con un candado de hierro, lo que indicaba que guardaba algo valioso.
Con un abrecartas y un pequeño destornillador que encontró en un cajón, forzó el candado en cuestión de minutos.
Pero el contenido no era lo que esperaba.
—¿Qué es toda esta porquería? —murmuró, rebuscando entre un revoltijo de transportadores, compases, escuadras y reglas.
Cerró la tapa y registró el resto de la habitación, abriendo cajones y armarios, pero una vez más no encontró nada que le revelara información sobre el castillo.
Se dejó caer sobre la cama y soltó un gemido.
Otro callejón sin salida.
La noche se le escapaba, las horas se consumían, y él no estaba más cerca de escapar.
Oyó en su cabeza la voz temblorosa de su hermano: « No me dejes aquí, Beau, por favor. Por favor, no me dejes… ».
Y su propia voz respondiendo: « No llores, Matti. Por favor, no llores. Volveré por ti. En cuanto pueda. Lo prometo. Lo juro… ».
Una oleada de furia lo recorrió, alimentada por el miedo —miedo a llegar demasiado tarde, a que Matti muriera creyendo que había roto su promesa.
Se levantó, tomó una almohada y la lanzó con una patada al otro lado de la habitación. Golpeó la pared con un sonido sordo.
Lo hizo de nuevo.
Estaba a punto de hacerlo por tercera vez, cuando su pie se enredó en los pliegues del enorme cubrecama de satén.
Forcejeó y maldijo hasta liberarse, pero, en ese momento, vio un destello brillante.
Se agachó, entornando los ojos, y se dio cuenta de que el reverso del cubrecama estaba bordado con lo que parecían millas de hilo de plata.
Intrigado, arrancó la colcha de la cama y la extendió en el suelo, tirando de los pliegues, alisando las esquinas, hasta dejarla completamente abierta.
Entonces, retrocedió un paso, asombrado por lo que veía.
Extendida ante él, ocupando todo el suelo, se desplegaba una ciudad magnífica, centelleante como un cielo estrellado a medianoche. Y, en la esquina superior derecha, una sola palabra estaba bordada:
Paradisium.