Veinticinco
VEINTICINCO
—¡Niña! ¡Eh, pequeña, espera! —gritó Beau.
Echó a correr tras ella, decidido a no dejarla escapar otra vez.
Pero la pequeña desapareció por el pasillo, giró la esquina y se esfumó en lo que dura un suspiro.
Beau aceleró, desesperado por alcanzarla.
Al doblar la esquina, su corazón dio un salto.
Estaba justo delante.
Estaba a punto de gritarle de nuevo, cuando escuchó pasos que retumbaban por el pasillo detrás de él. Subían de volumen, se desvanecían y luego volvían a sonar, y comprendió que quien fuera que lo hacía, corría entrando y saliendo de las habitaciones, registrándolas.
La niña se detuvo frente a una puerta y sacó algo del bolsillo de su falda: la llave.
Beau se dio cuenta por el temblor de sus manos, mientras forcejeaba con la cerradura, que también había escuchado los pasos.
La puerta se abrió justo cuando él la alcanzó.
Sin decir una palabra, la niña le agarró el brazo y lo arrastró adentro.
Se llevó un dedo a los labios, cerró la puerta con rapidez, volvió a echar el cerrojo y se guardó la llave en el bolsillo. Luego, dio un paso atrás.
Escuchaba. Observaba. Esperaba.
—¿De quién estamos…?
—¡Shhh!
«¿Huyendo?», articuló Beau sin voz.
La niña no respondió. Tenía la vista fija en la puerta.
Beau pensó en arrebatarle la llave del bolsillo, pero era probable que peleara, y no quería que quien estuviera fuera los escuchara. No quería estar allí, perdiendo un tiempo precioso, cuando podría estar en el sótano, o quizá ya a mitad del túnel… Pero no tenía opción.
Mientras la niña permanecía junto a la puerta, escuchando, Beau miró a su alrededor y vio que se habían refugiado en unos aposentos privados.
Estaban en lo que parecía una sala de estar, pero daba la impresión de no haberse usado en años.
Una alfombra de lana carcomida por las polillas cubría el suelo.
En las ventanas colgaban cortinas de seda, con los bordes deshilachados y el bordado de plata deshecho.
El papel floral de las paredes había amarilleado, y algunas tiras se habían desprendido, cayendo al suelo en espirales polvorientas.
Un arco comunicaba esa sala con otra habitación.
Beau echó una mirada hacia la niña, temiendo que abriera la puerta y echara a correr, pero seguía inmóvil, con las manos apretadas.
Dejando que la curiosidad lo dominara, Beau atravesó la sala, notando una delicada silla tapizada, con una pila de libros sobre el asiento, y un chal de seda colgado del respaldo de un sofá. Sus ojos se detuvieron en la repisa de la chimenea. Al ver lo que colgaba encima, se quedó paralizado.
El marco del retrato, como todo en la habitación, estaba cubierto de polvo y ennegrecido por el tiempo, pero el rostro del lienzo seguía siendo tan fresco, tan intenso, como el día en que fue pintado.
Beau lo contempló, impresionado por la niña que le devolvía la mirada desde el cuadro.
Le resultaba familiar, aunque no podía situarla.
Tendría unos doce años, con una expresión regia y segura, pero una sonrisa viva y desafiante.
Su cabello rubio, recogido en una coleta suelta, caía sobre un hombro.
Llevaba una chaqueta verde musgo de cuello alto.
Sus ojos grises eran grandes, expresivos; una inteligencia ardiente brillaba en ellos.
Y, entonces, con un sobresalto al darse cuenta, comprendió que la conocía.
—Es ella —dijo, señalando el retrato—. Oye… Oye, pequeña. Es Arabella.
La niña se giró, le lanzó una mirada fulminante y replicó con sarcasmo:
—Estoy sobrecogida ante tus deslumbrantes poderes de observación.