Veinticuatro
VEINTICUATRO
Lady Diome, temblaba, se sobresaltaba con cada ruido y miraba constantemente por encima del hombro, mientras se aferraba al brazo de lady Asonperides.
—Esa pequeña alimaña… Está buscando a sus hermanas. Claro que sí. Tenemos que encontrarla antes de que las localice. Juntas son más fuertes, ya lo sabes. Ellas…
—¡Deja de parlotear, idiota, y búscala! —La interrumpió Asonperides, sacudiéndola con brusquedad—. Seguro que se ha escondido en algún agujero oscuro, como la ratita asquerosa que es.
Asonperides llevaba un bastón de paseo con empuñadura de plata; lo usaba con fiereza, hurgando debajo de los muebles y en los rincones, mientras hablaba.
Diome gimoteó, miró detrás de una puerta y luego apartó unas cortinas polvorientas, tragando saliva con fuerza.
—Es todo c-c-culpa suya… del ladrón. Lo s-s-sé, lo sé.
El ceño de Asonperides se frunció aún más.
Diome tenía razón: el ladrón estaba implicado en aquello. Demasiadas cosas habían ocurrido desde su llegada —la desaparición de la llave maestra y la repentina liberación de la niña—, como para ser mera coincidencia.
Había alterado el equilibrio de las cosas de una manera en que ningún otro visitante lo había hecho. Desarmó a Arabella. La involucró. La desafió… Su influencia debía ser contenida de forma permanente.
Asonperides le había devuelto su carta después de haberla abierto con vapor, y esperaba que la desesperación que sentía lo empujara a hacer algo impulsivo. Algo estúpido, como conseguir que lo mataran.
Tanto él como la niña eran amenazas para el orden que Asonperides había impuesto, y ella no toleraba las amenazas. Sabía que Arabella había dejado de desear cosas que no podía tener, mucho tiempo atrás. ¿O tal vez no? ¿Quedaba en ella alguna pequeña parte secreta que aún no se había rendido?
Al principio, Arabella había adorado a la niña, manteniéndola siempre a su lado. Pero luego, la niña comenzó a ir y venir, como una hermosa mariposa: aquí un momento, y arrastrada por la brisa al siguiente. Los días sin ella eran una tortura para Arabella.
Asonperides lo había visto. Más que ninguna de las otras damas de la corte, comprendía el tormento de su señora.
Con los años, mientras los visitantes iban y venían del castillo, las ausencias de la niña se hicieron más largas, pero no importaba cuánto tiempo pasara fuera, porque Arabella siempre la recibía con los brazos abiertos. La cubría de besos y le hacía prometer que nunca volvería a marcharse.
La maldita mentirosa rompía sus promesas una y otra vez.
Cuando se iba, Arabella pasaba días enteros en la cama, de espaldas, mirando la pared, negándose a comer o a hablar.
Asonperides era la única a la que Arabella permitía acercarse cuando esto sucedía.
Era ella quien se sentaba junto a la cama durante las largas y oscuras horas, acariciándole la frente.
Era ella quien la convenció de que era mejor vivir sin la niña, que volver a tener el corazón roto, una y otra vez.
Le llevó tiempo envenenar a Arabella en contra de la pequeña, pero, una vez logrado, fue fácil persuadirla para encerrarla.
Cuando la niña desapareció, Asonperides elevó a las damas que le eran leales —Ari, Paluc y Gunezarev, entre ellas—, y desterró a las que no lo eran.
Asonperides y Diome continuaron con la búsqueda, pasando del salón de música a la galería de retratos, abriendo armarios y arrancando sábanas de los muebles, hasta que finalmente se encontraron con otras damas de la corte en un pasillo.
—La pequeña peste no está en el ala norte.
He buscado hasta el último rincón —dijo Paluc.
Se sentó en una silla, se quitó una zapatilla y se frotó el pie—.
No puedo creer que nos hayas hecho registrar todo el castillo, Asonperides.
Estoy agotada. Me duele la espalda. Tengo frío.
No tienes consideración. Ninguna. En realidad, tú…
—¿Dónde están las demás? —exigió Asonperides, cortándola en seco.
—Celso y Densed siguen buscando —respondió Paluc.
—¿Y Ari?
—Está en el ala sur. Oí muebles rompiéndose, así que preferí no acercarme.
—¡La niña hallará a las otras antes de que vosotras la encontréis! —gritó Asonperides, furiosa—. ¡Las liberará! ¡No se detendrá hasta hacerlo!
—No nos regañes, Asonperides —replicó Gunezarev—. Esto es culpa tuya. Deberías haber sido más atenta. Más diligente. Has sido tonta y perezosa. Deberías haber previsto…
—Oh, cállate, Gunezarev —interrumpió lady Lubijo—.
Nuestra pequeña fugitiva no es más que una niña tonta.
La encontraremos pronto. No hay motivo para preocuparse.
—Sonrió, mostrando una hilera de dientes torcidos—.
Sigamos buscando, ¿de acuerdo? —Añadió, conduciendo a las demás fuera de la habitación.
En cuanto se fueron, Asonperides volvió a hurgar en los rincones con su bastón.
Lubijo se equivocaba: había muchos motivos para preocuparse.
En todo el mundo, solo existía una persona que podía superarla. Solo una era capaz de derrotarla.
Esa traidora, esa miserable niña.