Veintitrés
VEINTITRÉS
Beau corría por el estrecho pasillo del ala oeste del castillo, pasando como un rayo frente a una habitación tras otra. Todas sus puertas estaban cerradas con llave.
Luego, dobló una esquina… y ya no lo estaban.
En el pasillo que tenía delante, cada una de las puertas había sido abierta de par en par. Podía ver dentro de las habitaciones; el corredor estaba iluminado por faroles, que se habían colocado en los huecos de las paredes.
Alguien estaba cerca; podía oír los pasos. ¿Sería la niña? Se tensó en la oscuridad, escuchando.
Un segundo después de que la niña huyera de la cocina, Asonperides había recuperado la compostura y ordenado a las damas de la corte que se dispersaran por el castillo para buscarla.
Beau esperó hasta que todas se fueron, y entonces salió disparado, decidido a encontrar a la niña antes que ellas. Había tenido cuidado de evitar a las mujeres y, mientras observaba las puertas que ya no estaban cerradas, se preguntó quién las habría abierto. ¿La niña? ¿Alguna de las damas?
Beau sabía que no podía quedarse allí para siempre. Tenía que moverse, aunque eso significara arriesgarse a ser descubierto.
Con los ojos recorriendo el pasillo de un lado a otro, y los oídos atentos al menor ruido, dio unos pasos silenciosos.
Llegó a la primera puerta, a la derecha, y se asomó.
Vacía. Se deslizó hasta la segunda, a la izquierda.
También vacía. Avanzaba con ligereza, obligándose a ser invisible.
Estaba a mitad del corredor cuando el reloj dorado del gran salón comenzó a dar la hora: medianoche.
Los ecos metálicos deberían haberlo detenido en seco y hacerlo correr a ponerse a salvo, pero estaba tan desesperado por recuperar la llave que ni siquiera los escuchó.
Siguió caminando, y justo cuando cruzaba el umbral de la última habitación del pasillo, una figura salió disparada de ella y chocó con él con tanta fuerza que lo lanzó de costado.
Beau cayó al suelo.
Gimiendo, alzó las manos en señal de rendición. Quien lo había derribado era grande y fuerte. Tenía que ser Valmont.
Esperó a que el hombre lo sujetara, le gritara y lo arrastrara a alguna celda húmeda y oscura, pero, al levantar la cabeza, vio que no era Valmont. Era ella, la niña. Lo miraba fijamente, con el rostro congelado en una expresión de alarma.
—¡Ahí estás, pequeña sabandija! —gritó Beau, poniéndose en pie de un salto.
La niña retrocedió. Giró la cabeza hacia la escalera, escuchando el reloj.
—Ni se te ocurra correr otra vez —dijo Beau—. Te quedas ahí.
—¡Vete, zoquete! ¡Sal de aquí! —le siseó, agitando la mano para que se fuera.
Beau parpadeó.
—¿Cómo me has llamado?
—¡Escóndete! ¡Rápido!
—No voy a ninguna parte, pequeña. Y tú tampoco. No hasta que me devuelvas la llave.
El último tañido del reloj resonó, y la niña se encogió contra la pared.
« Bien , —pensó Beau—. La he asustado. Tal vez ahora entre en razón ».
Esperó a que se disculpara, a que le entregara la llave, pero no hizo ninguna de las dos cosas.
—Ya viene —anunció ella, con temblor en la voz. Tenía los ojos fijos en la escalera.
— ¿Viene? ¿Te refieres a Asonperides? —preguntó Beau—. No le tengo miedo a…
La niña alzó una mano, mandándolo callar.
Su miedo desconcertó a Beau. No parecía especialmente asustada de Asonperides cuando se había enfrentado a ella en la cocina. Más bien, había sido esta la que parecía tenerle miedo a ella .
Un segundo después, se oyeron pasos más arriba, fuertes, retumbantes.
La niña corrió hacia Beau, y le tomó de la mano.
—Tienes que irte —dijo despacio, como si hablara con un niño—. Vuelve a tu habitación. Cierra la puerta con llave.
Los pasos se hicieron más fuertes. Ya no venían de arriba; estaban bajando por la escalera.
Rápida como un pez, la niña echó a correr otra vez. Giró hacia él una última vez, con el terror ardiendo en sus ojos.
—Corre, Beau —dijo—. Corre .