Belleza Feroz Veintidós
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Veintidós

VEINTIDÓS

«Así que, esto es lo que se siente el ser un idiota, —pensó Beau—. Vaya…, ahora lo sé».

La niña lo había engañado por completo. Era tan sorprendente, tan absolutamente desconcertante, que durante un largo y doloroso instante no supo qué hacer.

—Espera. ¡Eh! ¡Detente! ¡Detente! —gritó tras ella.

—Ni lo sueñes.

—¡Quiero mi llave! Ahora —tronó Beau, sacando el cuchillo de su cinturón.

Esperaba que ella se aterrorizara al ver la hoja y que le arrojara la llave enseguida. En cambio, la niña soltó una carcajada.

—¿O qué? ¿Me obligarás a comer una tabla de embutidos? —dijo, señalando su «arma».

Beau miró el cuchillo que creía estar sosteniendo y vio que, en realidad, tenía en la mano… un salami.

—¡Maldita sea…!

—¿Puedo acompañarlo con un poco de queso? —se burló la niña—. ¿O quizá con dulce de membrillo?

Beau lanzó el salami al suelo.

—Quiero esa llave de vuelta. —Gruñó—. Me la has robado.

—Y eso lo dices tú , el ladrón —respondió ella, dejando caer la llave dentro del bolsillo de su falda.

La desesperación atravesó a Beau como una estocada. Intentó una nueva táctica. Solo era una niña, una que había sido cruelmente encerrada en la oscuridad. Fingiría compasión.

—¿Quién te ha encerrado aquí abajo, pequeña?

— Lady Asonperides.

—¿Cuándo?

La niña ladeó la cabeza.

—Umm… Hace unos cien años.

—¿Cien años? —repitió Beau, incrédulo.

—Década arriba, década abajo.

—Las niñas no deberían mentir.

—Ni los hombres adultos. Ni tampoco deberían robar cosas.

El cuerpo entero de Beau se heló.

—¿Cómo sabes tú…?

Ella lo interrumpió.

—Me encantaría seguir charlando, pero tengo trabajo. Te aconsejo que no te quedes aquí abajo. Ta-ta.

Entonces, se dio la vuelta y echó a correr, llevándose consigo la luz.

La oscuridad envolvió de nuevo a Beau con sus tentáculos.

—¡Espera! —gritó, corriendo tras ella—. ¡No te vayas!

La niña tenía un efecto extraño en él. Lo atraía como un faro, y se dio cuenta de que no podía soportar perderla de vista.

Ella lo guiaría fuera de la oscuridad, de vuelta a la escalera.

A las cocinas. Con suerte, aún habría tiempo para conseguir otra vela, encontrar el túnel y escapar de ese horrible sitio.

Llegar hasta Matti. Salvarlo. Podía hacerlo. Haría todo eso. Nada lo detendría.

Pero la niña era endiabladamente rápida, y tuvo que correr para no perderla. Se deslizaba por las habitaciones y pasillos, doblando esquinas a una velocidad vertiginosa. Llegó a la escalera en un instante y subió de dos en dos los escalones.

Beau emergió en la cocina unos segundos después, jadeando, y la encontró de pie, en medio de la estancia, con la cabeza ladeada, escuchando. Cuando empezó a avanzar hacia ella, la niña giró sobre sí misma, señaló la larga mesa de trabajo y dijo:

—Yo me agacharía debajo de eso, si fuera tú. Justo… ahora.

—¿Valmont? ¿Percival? ¿Camille? —llamó una voz desde el pasillo—. Su Gracia está alterada. Requiere una tetera.

Beau se metió bajo la mesa justo cuando lady Asonperides y lady Ari entraban en la cocina. Las oyó detenerse de golpe y jadear.

Apoyado en la punta de los dedos, se inclinó hacia delante para verlas mejor.

Asonperides, con los ojos absurdamente abiertos, se aferró al brazo de Ari con tanta fuerza, que sus uñas se hundieron en la piel.

La sangre brotó bajo los afilados puntos.

Para su sorpresa, Ari no pareció sentirlo.

Su mirada estaba fija en la niña; su expresión era asesina.

Lady Gunezarev, que había entrado detrás, retrocedió tambaleándose, cubriéndose los ojos con las manos, como si la luz tenue y parpadeante de la niña la cegara.

Detrás de ella, media docena de damas más murmuraban y siseaban como un nido de víboras.

—Tú —dijo Asonperides—. ¿Cómo has salido de ahí?

—Jamás te lo diré —respondió la niña, guiñando un ojo.

—¡Detenedla! ¡Llevadla de nuevo al sótano! —le gritó Asonperides a Ari.

—No lo creo —soltó la niña.

En un abrir y cerrar de ojos, introdujo la llave en la cerradura de la puerta del sótano, la giró… y desapareció, saliendo de la cocina por otra puerta.

El corazón de Beau se desplomó. Su oportunidad de libertad también. La puerta del sótano estaba cerrada, otra vez. ¿Cómo podría reanudar su búsqueda del túnel sin la llave?

Trató de ver hacia dónde había huido la niña para seguirla, pero una pata de la mesa bloqueaba su vista. Aún alcanzaba a ver a Asonperides. Su rostro estaba pálido como el hueso. Sus manos temblaban. No estaba furiosa, como Ari. Ni aturdida, como Gunezarev.

Asonperides estaba aterrada.