Veintiuno
VEINTIUNO
Beau no podía ver en la oscuridad, pero sí podía oír.
Quienquiera que estuviera llorando, no se encontraba muy lejos.
Su primer pensamiento, impulsado por el pánico, fue que se trataba de la bestia, pero enseguida lo descartó. La bestia gruñía, rugía, bramaba… No lloraba. ¿Sería una de las doncellas? ¿Uno de los chicos de cocina? ¿Lo habrían oído? ¿Avisarían a los demás?
Beau volvió a meter el salami en su cintura y, como una criatura nocturna, dejó que sus oídos lo guiaran hacia el sonido.
Con las manos extendidas frente a él, dio unos cautelosos pasos. Sus dedos encontraron el marco de una puerta. Avanzó a tientas por el umbral y siguió las paredes de otro pasillo.
De pronto, notó un vacío bajo las manos: la entrada a otra habitación.
Pasó a través de ella, descendiendo aún más en las profundidades del sótano. Giró hacia otra habitación, pero el llanto se volvió más tenue, así que dio marcha atrás hasta que se intensificó de nuevo.
Dos habitaciones más, otro pasillo, un giro brusco… y entonces lo vio: una fina línea de luz, de poco más de dos pies de ancho, que corría por el suelo.
Se detuvo, sorprendido por el resplandor repentino. Caminó hacia él y sus manos se toparon con una madera áspera. La luz se filtraba por debajo de una puerta, y los sollozos, agudos y finos, provenían del otro lado.
Palpó hasta encontrar el picaporte y lo giró con lentitud, pero la puerta estaba cerrada con llave. Sus dedos expertos exploraron la cerradura y le bastó un instante para entenderlo: solo podía abrirse desde fuera.
Quienquiera que estuviera ahí dentro, había sido encerrado.
Impulsos contrarios chocaron en su interior. La persona tras la puerta era una prisionera, y estaba claro que necesitaba ayuda.
Pero él no estaba en posición de dársela.
Solo había una persona a la que debía ayudar: Matti.
Aun así, la persona cautiva tenía una vela o una linterna. Si conseguía apoderarse de ella, quizá fuera capaz de encontrar el túnel antes de terminar la noche.
Beau metió la mano en el bolsillo y sacó la llave. Abriría la puerta; eso sería suficiente ayuda. Luego, tomaría la luz y se marcharía. Su ayuda tenía un precio. La de todos la tenía.
Rápido, para mantener el factor sorpresa de su lado, introdujo la llave en la cerradura, la giró y abrió la puerta de un tirón.
Se tensó, preparado para defenderse, pero salvo por unos pocos muebles, la habitación parecía vacía.
Dio un paso dentro y, en ese instante, algo le agarró el tobillo.
Beau soltó un grito. Tiró con fuerza de la pierna, tratando de liberarse, pero lo que fuera que lo sujetaba solo apretó más, clavándosele en la piel. Miró hacia abajo y vio una mano rodeándole el tobillo. Una mano de niña, pequeña y sucia.
Un suspiro entrecortado escapó de Beau. El miedo se disipó, reemplazado por la furia.
¿Por qué estaba una niña encerrada en una celda fría y húmeda?
¿Quién había hecho algo tan atroz? ¿La bestia?
Varias imágenes aparecieron en sus recuerdos —su hermano, la cruel celadora del hospicio—, pero las apartó de inmediato.
Entonces, despacio —con la llave en una mano y la otra levantada en señal de paz—, se agachó y miró a la niña.
Ella lo observó. Estaba sentada en el suelo de la celda. Su cabello rubio sucio le caía sobre los ojos. Tenía las mejillas surcadas por lágrimas. Estaba cubierta de mugre, pero su rostro emitía una luz pálida y temblorosa. A Beau le recordó a la llama de una vela, agitada por el viento.
La niña lo soltó, se incorporó de un salto y retrocedió, temblando.
Llevaba un vestido rosa. El dobladillo estaba hecho jirones, el cuello rasgado y las faldas manchadas de tierra.
Era pequeña, no más de un metro veinte, y Beau vio, asombrado, que todo su cuerpo brillaba con la misma luz tenue que iluminaba su rostro.
La luz que había visto filtrarse bajo la puerta no provenía de una vela, ni de una linterna: provenía de ella.
Sus ojos, enormes y asustados, se alzaron hacia los de él.
—No es seguro estar aquí —susurró—. Ella viene.
—¿Quién viene? ¿Y quién eres tú?
La niña no respondió. Dio unos pasos vacilantes hacia Beau, que seguía agachado sobre una rodilla.
—No dejes que te encuentre —dijo—. Es peligrosa. Ella me encerró aquí.
—¿Quién? ¿Asonperides? ¿Una de las damas de la corte? ¿Por qué le tienes tanto miedo?
Rápida como una serpiente, la niña pasó junto a Beau y salió de la celda. Era tan veloz y de dedos tan ágiles, que no se dio cuenta de que le había arrebatado la llave de la mano, hasta que la vio brillar entre sus dedos.
—¡Eh! ¡Devuélveme eso! —gritó, poniéndose de pie.
La pequeña negó. Ya no lloraba ni temblaba. Retrocedía por el pasillo, sonriendo, y Beau comprendió que todo había sido una farsa.
—Nos vemos luego, cocodrilo —dijo, girando la llave entre sus dedos—. Y… ¡Gracias!