Veinte
VEINTE
Beau sintió que descendía a su propia tumba.
Los escalones de piedra que bajaban en espiral hacia el sótano eran estrechos y empinados. El olor que subía desde las profundidades era una mezcla de tierra húmeda y madera vieja.
Arañas, ciempiés y otras criaturas con demasiadas patas se deslizaban por las paredes. Aunque, lo peor, era la oscuridad. Esta giraba a su alrededor como una niebla densa. La débil llama de su única vela hacía poco por disiparla.
Pero Beau no dejó que la oscuridad lo detuviera.
Bajó los traicioneros peldaños a toda prisa, sin preocuparse por el peligro.
Cuando leyó la carta de la hermana María Teresa, había tenido que reunir toda la fuerza de voluntad de la que era capaz para no correr directamente hacia la puerta del sótano en ese mismo instante.
Esperar a que cayera la noche, a que los sirvientes se alejaran del fuego de la cocina y se fueran a dormir, a que el castillo quedara en silencio, había sido una agonía.
La Navidad estaba a solo unas pocas semanas, y él estaba muy lejos de Barcelona.
Esperó en su habitación hasta escuchar el reloj dorado del gran salón marcar las once, con la esperanza de que los sirvientes ya durmieran y la bestia estuviera en su guarida, dondequiera que eso fuera.
No sabía cuándo despertaba, ni cuándo rondaba la temible criatura, pero las dos veces que la había visto había sido poco después de la medianoche.
Con la llave maestra, se deslizó fuera de su habitación y recorrió el castillo, esperando escuchar pasos detrás de él a cada giro que daba. Cuando finalmente llegó a la puerta del sótano, estaba empapado en sudor.
—Aguanta, Matti. Solo aguanta —susurró cuando llegó al final de las escaleras—. Pronto estaré allí.
Solo tenía que encontrar el túnel. Había estado en las bodegas de los ricos; sabía que habría varias salas con alimentos salados, fermentados y azucarados, además de una zona de vinos. No tardaría mucho en atravesarlas todas.
Alzó su vela temblorosa y vio que estaba equivocado.
La bodega de Arabella no consistía en unas cuantas habitaciones: era inmensa.
Estaba de pie en el umbral del almacén del castillo, y era tan grande como una iglesia.
En el centro, enormes barriles de madera estaban apilados de tres en tres, y en las paredes había filas de toneles de brandi , coñac y oporto.
—Cada hombre, mujer y niño de Francia podría emborracharse aquí —susurró.
Caminó hasta uno de los barriles del centro, quitó el polvo y vio el nombre de un château grabado en la madera.
Con un sobresalto, reconoció el lugar: lindaba con las tierras del comerciante al que él, Raphael y los demás habían robado.
Pero aquel château era una ruina; se había incendiado hacía cincuenta años.
—Debe de ser un vino antiguo —murmuró.
Las telarañas rozaban su cabeza mientras salía de la zona y avanzaba por pasillos sinuosos, entrando y saliendo de habitaciones sin puertas.
En una de ellas, jamones tan grandes como niños pequeños colgaban del techo, y salamis gruesos como lianas en una selva.
Tomó uno y se lo metió en la cintura, como el cuchillo que solía llevar allí.
No tenía idea de cuánto tardaría en llegar al pueblo más cercano desde el castillo, y el salami mantendría a raya el hambre.
En otra habitación, grandes ruedas de mantequilla salada reposaban sobre bloques de hielo, y quesos envueltos en tela se alineaban en los estantes.
Vio conos de azúcar blanco y tabletas de chocolate, tarros de miel, castañas confitadas, encurtidos y chutneys, latas llenas de costosas especias, cajas de té y sacos de granos de café.
—Aquí hay comida suficiente para durar un siglo —dijo mientras salía de una sala y entraba en otra.
Sus propias palabras lo inquietaron. Las había dicho en tono de broma, pero no lo eran.
Era verdad.
Había suficiente comida para alimentar a Arabella y a sus sirvientes durante cien años. ¿Por qué alguien necesitaría tantas provisiones?
Otra pregunta sin respuesta.
Pero Beau no tenía tiempo para pensar en ello. Calculaba que ya había perdido media hora vagando de un cuarto a otro. Tomó otro pasillo, pero, al llegar al final, se volvió a encontrar con lo mismo: sin puerta, sin salida, sin túnel. Solo otra habitación.
El pánico se deslizó por sus pensamientos como un ratón entre la paja. ¿Qué tan grande era ese sótano? ¿Cuántas habitaciones tendría que cruzar? ¿Y si no encontraba el túnel y el amanecer lo sorprendía allí abajo?
Medio caminando, medio corriendo, Beau entró en otra habitación, llena de hortalizas en cajones y frascos de fruta en conserva.
Tan alterado estaba que no vio el nabo tirado en el suelo, tal vez caído de una repisa por un descuido.
Su pie cayó justo encima. El nabo rodó hacia la izquierda, lanzándolo hacia la derecha.
Perdió el equilibrio y terminó en el suelo, con un golpe que le sacudió los huesos.
La vela voló de su mano y aterrizó en una caja de patatas. Titiló brevemente y se apagó.
La oscuridad inundó los ojos de Beau; la humedad le llenó la nariz.
Estaba tendido boca abajo en el suelo de tierra.
Rodillas y codos habían absorbido el golpe, y un intenso dolor lo recorrió.
El aliento rancio del miedo le enfrió la nuca.
Su vela había desaparecido. No veía nada.
Se puso de pie con dificultad, dio unos pasos y chocó la espinilla contra algo duro.
Al agacharse para frotarse el dolor, se golpeó la cabeza contra un estante.
Hubo un tintineo y, un segundo después, un estallido. Un aroma dulce se elevó en el aire.
—Una compota de manzana menos en el mundo —murmuró entre dientes.
Giró en otra dirección, con las manos extendidas frente a él, tanteando la oscuridad. Su manga se enganchó en algo y, un instante después, una calabaza rodó al suelo.
—Detente. Cálmate. Piensa, Beau. Piensa.
Respiró hondo, tratando de recuperar el equilibrio, y se dio cuenta de que no todo estaba perdido.
Si Valmont o Florian bajaban a buscarlo, podría esconderse.
El sótano era un laberinto oscuro y enmarañado.
Podía ocultarse tras los toneles de oporto o meterse debajo de los quesos. Nunca lo encontrarían.
Y luego, mañana por la noche, cuando todos durmieran de nuevo, regresaría a la escalera, iría a la cocina a por otra vela y reanudaría su búsqueda. No le entusiasmaba la idea de pasar la noche entre ratones e insectos, pero había soportado peores cosas.
Mientras tanto, no corría riesgo de morir de hambre ahí abajo. Podía servirse de cualquier manjar que quisiera y, como si lo hubiese invocado, su estómago gruñó. Sacó el salami de la cintura y le dio un gran y ansioso mordisco.
Fue entonces cuando escuchó el llanto.