Belleza Feroz Diecinueve
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Diecinueve

DIECINUEVE

La niña observaba desde la esquina de su celda mientras la mujer se sentaba a la mesa.

—¿Otra visita? ¿Tan pronto? Debes estar preocupada.

—No preocupada, aburrida —respondió lady Asonperides, colocando una caja, de madera de palo de rosa, tallada, sobre la mesa.

La niña tomó asiento frente a su invitada. Sonrió con dulzura y dijo:

—¿A qué jugamos? ¿Canasta? ¿ Whist ? ¿Qué tal, bridge ?

Los labios delgados de Asonperides se volvieron aún más delgados.

—¿Ya has descubierto quién lo hizo? —se burló la niña.

—No, pero lo haremos.

—El visitante está agitando las aguas. Desde luego ha agitado a lady Ari. He escuchado la algarabía desde aquí abajo.

—No seas tan engreída —la reprendió Asonperides, abriendo la caja—. No te queda mucho tiempo. Te estás desvaneciendo.

La niña levantó las manos frente a su rostro. Podía ver a Asonperides a través de ellas.

—Cuidado con lo que deseas —dijo mientras las bajaba—. Me necesitas. No puedes existir sin mí.

—Tonterías. No puedo esperar a librarme de ti —replicó Asonperides.

Metió la mano en la caja, sacó un tablero de juego plegado y lo abrió. En él se había dibujado con esmero una cuadrícula con cuadrados de medio centímetro. Alegres querubines pintados a mano retozaban entre nubes blancas, alrededor del borde.

Al abrirse la caja, los querubines parpadearon, deslumbrados por la luz. Algunos charlaban o reían; otros volaban por el tablero.

Asonperides entregó un pequeño atril tallado en hueso a la niña y colocó otro frente a ella. A continuación, empujó una bolsa de tela hacia la pequeña. Esta la abrió y sacó una ficha de marfil con una letra grabada.

—¡Una A! —gritó triunfante.

Asonperides le arrebató la bolsa, sacó una Z, frunció el ceño y la arrojó de nuevo dentro. Agitó la bolsa, sacó siete fichas nuevas y las colocó en su atril.

Cuando la niña hizo lo mismo, Asonperides sacó de la caja un pequeño reloj de arena, lo invirtió y lo colocó sobre la mesa. Arena reluciente, de un rojo sangre, comenzó a fluir.

—Ari es un problema. Siempre lo ha sido —dijo la niña, ordenando sus fichas—. Pero tú lo sabes, y lo aprovechas. La utilizas.

—Tonterías. Es una de las criaturas de Arabella.

La niña frunció el ceño con pesar.

—La antigua Arabella no quería saber nada de ella.

—¿Y qué quería la antigua Arabella? —preguntó Asonperides con sorna—. ¿Te lo digo?

—No.

—De. Ma. Sia. Do. Mucho. —La niña puso los ojos en blanco—. Sabes que es verdad —insistió Asonperides—. Se negó a ser lo que las muchachas deben ser.

—¿Y qué deben ser?

—Dulces, tiernas y amables. Además de… pacientes, desinteresadas, complacientes, serviciales, indulgentes, resignadas, graciosas, sumisas…

—¿Has terminado?

—Apenas he empezado. Comprensivas. Poco exigentes. Afables. Confiadas. Dóciles. Tranquilas. Agradables. Amables. Simpáticas. Empáticas. Cariñosas. Modestas. De voz suave. Pacificadoras. Obedientes. Pacientes. Maleables. Moderadas. Encantadoras. Y, por supuesto, buenas .

Suspirando, la niña tomó varias fichas y empezó a colocarlas en la cuadrícula.

—Qué curioso, ¿no? Los hombres quieren el mundo entero y, porque lo quieren, lo toman.

César, Alejandro, Tamerlán, Atila, Carlomagno, Ashoka, Gengis Kan…

y pronto, un nuevo hombre, uno bajito: Bonaparte.

Pero una mujer… A ella no se le permite desear nada, y mucho menos tomarlo.

No debe tomar la iniciativa, ni el mando.

Ni siquiera un pedazo de pastel. —Colocó su última ficha y sonrió—.

¡Ahí está! Siete letras. Ciento setenta y cuatro puntos.

Los querubines, al ver la palabra, aplaudieron con sus regordetas manitas.

— Floruit —leyó Asonperides—. Eso no es una palabra.

—Sí, lo es. De hecho, es una de mis favoritas. Viene del latín florere , que significa florecer, prosperar, estar en plenitud de los poderes propios. Algo así como yo.

Asonperides resopló.

—¿Vas a desafiarla? —preguntó la niña, tomando más fichas—. Si lo haces y te equivocas, pierdes el turno.

Los labios de Asonperides se apretaron, como las cuerdas de la bolsa de un avaro.

Tomó una ficha, la devolvió, y luego tomó otra.

—Veamos… ¡Aquí está! Condenada . —Exclamó, colocando sus fichas para usar la o de floruit —. Es una de mis palabras favoritas. Significa «destinada a un desenlace desafortunado e inevitable». Muy parecida a ti. Eso son… A ver… Ciento cincuenta y dos puntos.

Los querubines miraron la palabra. Sus sonrisas se desvanecieron. Sus alas cayeron.

La niña observó a su oponente con desprecio.

—Eres como un hongo venenoso, alimentándote de cosas rotas. No me extraña que te hayas hecho tan fuerte.

—Tsk, tsk… —dijo Asonperides, alcanzando la bolsa de fichas, y giró el reloj de arena.

Después de eso, ambas libraron su batalla sobre el tablero durante más de una hora, hasta que se usaron todas las fichas y el marcador quedó empatado.

—¿Jugamos otra vez? —preguntó la niña, recostándose en su silla.

Asonperides guardó silencio unos segundos y luego dijo:

—¿Has considerado mi oferta?

—Ni por un segundo.

La mirada de Asonperides se endureció.

—Pones a prueba mi paciencia, niña. Márchate mientras aún puedas, o no te irá bien.

La niña se inclinó hacia delante, con la misma dureza en los ojos.

—¿Dónde están los demás?

—¿Cómo voy a saberlo? ¿Se han marchado? ¿Muertos? En cualquier caso, no están aquí.

—No te creo. Creo que también los has encerrado.

—Piensa lo que quieras. El reloj avanza. Au revoir .

La niña observó a Asonperides levantarse, cruzar la habitación y vio cómo la pesada puerta de hierro se abría, para cerrarse de golpe a continuación.

El resplandor de la niña, ya débil, se apagó un poco más. Miró el tablero y escogió once letras, de entre las fichas que había allí, para formar la palabra A-S-O-N-P-E-R-I-D-E-S .

Empezó a reorganizarlas, añadiendo algunas más.

Los querubines pintados la observaban, al principio curiosos, pero pronto volaron despavoridos a esconderse tras las nubes al ver lo que había formado:

DESESPERACIÓN .