Belleza Feroz Dieciocho #3
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Dieciocho #3

—Mucho mejor. Pero has usado demasiados dedos.

Lo he notado —comentó Beau. Tomó su mano y la aplanó—.

Solo necesitas el índice y el medio. —Le dobló los demás dedos y el pulgar contra la palma—.

Úsalos como unas pinzas —le indicó, y se inclinó por detrás de ella, para quitarle la peineta de su cabello—. ¿Ves? ¡Fácil!

Las ondas de su melena cayeron sobre los hombros de Arabella.

—¡Mi peinado! —exclamó.

—Ahora es más bien un despeinado .

—Devuélvemelo —dijo, arrebatándole la peineta. Se la puso entre los dientes, recogió el cabello con torpeza y lo fijó en su sitio. Parecía un nido de ardilla—. ¿Qué? —preguntó, al ver la expresión divertida de Beau, mientras se apartaba un mechón de la cara.

—Tal vez deberías dejarlo como estaba. Te queda bien suelto.

Él le quitó la peineta de nuevo y se la puso en la mano.

Entonces, tan cerca como estaban, sin hablar, el silencio se volvió un poco incómodo, y Beau le sonrió.

Era su sonrisa de seductor; esa que se ponía como un viejo abrigo.

Ni siquiera lo pensó.

La había usado con todas las mujeres que había conocido.

Era una sonrisa lenta, cálida y llena de promesas.

Eficaz. Devastadora.

Un error.

Arabella le apartó la mano de un golpe. Dio un paso atrás, con una expresión de quien acaba de probar algo amargo.

—¿Bells? —dijo Beau, algo inseguro—. ¿Lista para la siguiente lección? ¿Forzar cerraduras? Vamos a necesitar…

Ella lo interrumpió:

—Mi nombre es Arabella . Y ya he terminado, gracias.

—Pero…

Arabella giró sobre sí misma, alterada, con los ojos recorriendo la habitación.

—Estoy aquí, niña. Siempre estoy aquí.

Arabella dejó escapar un suspiro de alivio al ver a Asonperides.

Pero no parecía contenta de verla. La luz se apagó en sus ojos, y sus hombros se hundieron.

—Dile a Valmont que cenaré en mis aposentos hoy —le dijo a su dama de compañía, y salió de la sala con las manos entrelazadas y los tacones resonando sobre el suelo.

Asonperides fue tras ella. La alcanzó justo antes de que desapareciera por la puerta.

—Tonta. —Escuchó que le decía—. Te lo advertí. Ve a tus aposentos. Te llevaré una buena taza de té.

Arabella asintió, y se marchó.

Por segunda vez, la lengua de plata de Beau le había fallado. No supo qué decir, qué hacer. Se sintió como un tirador experto que un día toma su rifle y descubre que ya no recuerda cómo acertar al blanco.

—Arabella, espera. Yo no… No era mi intención… —La llamó, pero ya era demasiado tarde.

«Coquetear contigo, —iba a decir—. Jugar contigo. Para conseguir lo que quiero de ti».

Había alterado a Arabella, y no sabía por qué.

Y eso lo alteraba a él.

Ella lo desconcertaba. Lo intrigaba. ¿Por qué quería aprender a robar bolsillos? ¿Cómo había aprendido diecisiete idiomas? Se sorprendió recordando la emoción en su voz, la calidez de su toque, la luz en sus ojos… y echándolas de menos.

«Déjalo», se dijo.

Se había divertido enseñándole a Arabella. Había disfrutado presumiendo, pero tenía un objetivo más grande que una tonta coquetería. Y había conseguido lo que quería: uno de los anillos de Arabella.

Lo había guardado cuando le devolvió el resto de las joyas y, con la emoción, ella no había notado su ausencia. Dudaba que lo hiciera; tenía tantas. El aro era sencillo, pero el engaste contenía tres zafiros. Él y Matti pasarían el invierno abrigados y bien alimentados.

Estaba a punto de salir del gran salón, cuando escuchó las voces de nuevo; las que siempre estaban dentro de su cabeza, diciéndole que no era más que un ladrón. Y, entonces, oyó una nueva voz, superponiéndose a las otras. Silenciándolas. La voz de ella.

«Eso es imposible. Es increíble. Es asombroso. Eres asombroso…».

Beau miró la pila de joyas que aún descansaba sobre la mesa, donde Arabella las había dejado, y lo invadió un deseo de lo más extraño: el de devolver el anillo robado. El deseo de ser algo más que un ladrón.

Maldiciendo su propia necedad, sacó el anillo del bolsillo, caminó hasta la mesa y lo dejó caer sobre las demás joyas. Mientras lo hacía, una voz habló:

— Monsieur Beauregard…

Beau dio un salto. Sus ojos buscaron a quien hablaba y pronto la localizaron. Era Asonperides. Estaba de pie entre las sombras del umbral. No tenía ni idea de que aún seguía allí.

—Creo que tengo algo que le pertenece —dijo ella. Sacó de su corpiño un pequeño sobre arrugado y se lo tendió—. Lo encontré esta mañana, bajo una alfombra del vestíbulo. Debió caerse en su prisa por marcharse.

Beau apenas logró contenerse para no arrancárselo de las manos.

—Gracias, lady Asonperides —dijo, al tomarlo. Asonperides inclinó la cabeza a modo de respuesta y salió del salón.

Tan pronto como se fue, Beau rasgó el sobre y leyó. A medida que avanzaba por las líneas, el color se desvaneció de su rostro.

2 de noviembre de 1785

Querido Beauregard:

He recibido tu carta y te escribo con gran premura.

La enfermedad de Matteo ha empeorado. Es consunción. Lo siento mucho.

Estamos haciendo lo que podemos, pero necesita un médico y medicinas, y somos una orden pobre; no podemos permitírnoslos.

Debes venir por él de inmediato. Nuestra abadía, ya húmeda y fría, se vuelve aún más conforme se acerca el invierno, y eso agrava su condición.

Con los cuidados adecuados, podría tener una oportunidad.

Sin ellos, no vivirá para ver la Navidad.

Tuya,

Hermana María Teresa