Dieciocho #2
—¿Qué pasa? —le preguntó, con el ceño fruncido por la preocupación.
—Perdón —dijo, fingiendo una mueca de dolor—. Me he golpeado el dedo del pie.
Se inclinó hacia ella, obligándola a sostener su peso. Sus manos pasaron de su brazo a su hombro, y luego a su cintura. Podía sentir su pecho alzarse, mientras ella luchaba por mantenerlo en pie.
—Creo que me lo he roto. Duele como un… No, espera… —Frunció el ceño teatralmente—. Duele como si Satanás hubiera calentado su tridente favorito en las llamas sulfurosas del Hades y me lo hubiera clavado directamente en los músculos martirizados, los tendones desgarrados, mi herida supurante, mi…
—Creo que ya me ha quedado claro —dijo Arabella.
Titubeó un poco, esforzándose bajo su peso. Luego, volvió a enderezarse con un empujón. Beau esperó unos segundos y, cuando sintió temblar sus brazos, se irguió.
Arabella exhaló un suspiro largo y cansado.
—¿Estás seguro de que estás bien? —preguntó, enderezándose también.
Beau asintió.
—Por aquí —indicó, continuando con el brazo aún entrelazado con el de ella. Cuando al fin llegaron al centro de la sala, la soltó.
—¿Y bien? —preguntó Arabella, mirándolo expectante.
Beau ladeó la cabeza.
—Y bien, ¿qué?
—¿Vas a enseñarme a robar a la gente o no?
—Extiende las manos.
Arabella vaciló.
—¿Para qué? ¿Para que me quites los anillos? ¿Me los devolverás?
—¿Qué anillos? —preguntó Beau, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.
Arabella bajó la vista a sus manos y ahogó un grito. Estaban desnudas.
—¿Qué? ¿Dónde…? No puede ser… ¿Cómo…?
Alzó los ojos hacia Beau. El hielo en ellos se había derretido. Ahora brillaban con una mezcla vertiginosa de asombro y alegría. Parecía una niña que acababa de presenciar el truco de magia más increíble del mundo.
—Ja… ¡Ja! —dijo, negando con la cabeza—. Es imposible. Increíble. Asombroso. Eres asombroso. ¡Ja!
Beau sintió una oleada de orgullo. Nadie lo había llamado asombroso jamás. Todo lo contrario. Era una sensación extraña, nueva, y no estaba seguro de que le quedara bien. Era como las cosas bellas que veía en los escaparates de lujo, que parecían destinadas a otra persona.
—¿Dónde están?
Beau tomó sus manos y las juntó en forma de cuenco. A continuación, metió la suya en el bolsillo de su chaqueta. De allí sacó un anillo. Lo sostuvo ante los ojos asombrados de Arabella y luego lo depositó en sus palmas. Tres anillos más aparecieron. Luego, su collar, y sus pendientes de perlas.
Era necesario hacer un espectáculo para devolverle las cosas, y así prolongar el momento, porque, de ese modo, parecería que le había devuelto todo.
Arabella observó el montón de joyas crecer entre sus manos, muda de asombro.
Después, levantó la mirada hacia Beau.
—¿Cómo lo has hecho?
—Distrayéndote —respondió él—. Desviando tu atención. Llevándote de un lado a otro, tropezando, fingiendo caer…
—Enséñame —le pidió con entusiasmo, dejando caer sus joyas sobre la mesa.
—No hagas eso —advirtió Asonperides con voz tensa, pero ni Arabella ni Beau la escucharon.
—Primero dime por qué quieres aprender a robar —dijo Beau—. Dinero no necesitas, desde luego.
Seguía manteniéndola ocupada, distrayéndola, asegurándose de que su atención permaneciera totalmente en él; que no decidiera de repente volver a ponerse las joyas y notara que faltaba una.
—Me gusta aprender cosas nuevas.
—¿Y un idioma, por ejemplo?
Ella hizo un gesto despectivo con la mano.
—Hablo diecisiete.
Beau la miró con escepticismo.
—Nadie habla diecisiete idiomas. Dos, si vives en las fronteras. Cuatro o cinco, si trabajas para un rey. Pero más de eso… Solo si eres algún tipo de genio.
Arabella apartó la vista.
—Sí, bueno… —Lo miró de nuevo—. Enséñame. Este es tu trabajo ahora. ¿O prefieres apilar leña?
Beau meditó su oferta, y alzó un dedo.
—Primera lección: las cosas que están justo frente a ti son las más difíciles de ver.
Arabella ladeó la cabeza.
—No lo entiendo.
Beau se acercó a ella. Cuando se detuvo, su rostro quedó a pocos centímetros del suyo.
«Menos mal que he cogido el trozo de canela», pensó.
—Aquí estoy. De pie, muy cerca de ti. Un poco demasiado cerca.
—Un poco —dijo Arabella, visiblemente incómoda.
—Ves mi cara, pero ¿qué no ves? Mis dedos, justo junto a tu muñeca. ¿Por qué? Porque estás distraída por mi extrema hermosura. —Arabella bufó—. Tan cautivada por mis ojos marrones. Tan profundos, derritiéndose como chocolate al sol; tan cálidos que podrías bañarte en ellos…
—Si es que me bañara en chocolate.
—Y mi fuerte y noble nariz… Mi boca perfecta…
—Que nunca parece cerrarse.
—¿Dónde están mis manos todo este tiempo, Arabella?
—Yo… No lo sé.
—Porque estás distraída.
—Ciertamente, no lo estoy.
Beau dio un paso atrás y levantó las manos. Tres pulseras pendían de sus dedos.
—Espera… ¿Qué? —exclamó Arabella, entre escandalizada y encantada.
—La otra cosa que debes aprender: tus manos deben ser hábiles y rápidas —dijo Beau. Caminó hacia la mesa, dejó las pulseras y tomó un anillo—. Intenta sacarme esto del bolsillo sin que me dé cuenta. No te preocupes por la velocidad, todavía. Despacio. Movimientos pequeños, ligeros.
Arabella asintió, emocionada. Esperó a que Beau se diera la vuelta y se preparara, y entonces se lanzó sobre él.
Sus movimientos fueron tan torpes que parecía estar intentando meterle un ladrillo en el bolsillo.
Primero, casi le bajó los pantalones —él alcanzó a sujetarse la cintura justo a tiempo—, y luego, al intentar sacar la mano, se los subió demasiado.
—¡Uf! ¡Ay! —jadeó Beau.
Arabella retiró la mano de inmediato.
—Perdón —dijo, haciendo una mueca.
—Recuerda: movimientos pequeños y ligeros —repitió Beau, ajustándose los pantalones—. Se supone que no debo sentir nada. —Volvió a darle la espalda.
Arabella respiró hondo y deslizó de nuevo la mano en su bolsillo. Esta vez, los pantalones permanecieron en su sitio.
—Eso está mejor.
Animada, agarró un puñado… pero no de joyas.
Beau soltó un grito.
—¡Ay! ¡Por todos los demonios! ¡Es el anillo lo que quieres robar, no mi nalga izquierda!
Arabella se tapó la boca con las manos.
—¡Lo siento muchísimo! —dijo, totalmente turbada—. Yo no… No quería…
Beau levantó la mano.
—Disculpa aceptada. Tengo un trasero estupendo, pero concéntrate, Bells , concéntrate.
Las mejillas de Arabella se tiñeron de un rojo intenso.
—No me llamo Bells , y yo…
—Inténtalo otra vez. Imagina que soy un hombre rico que ha bebido de más.
Estoy paseando por el Palais-Royal de París.
Es medianoche, la fiesta acaba de empezar.
Hay música. Bailes. Acróbatas actuando. Estoy mirando a una hermosa acróbata en lo alto de un trapecio.
Es una diosa. No puedo apartar los ojos de ella. Aquí está tu gran oportunidad…
Se dio la vuelta una vez más y sintió un tirón leve en la parte trasera de los pantalones, como un pez picando el anzuelo. Un segundo después, Arabella levantaba el anillo en alto, exclamando victoriosa.
—¡Ja! ¡Mira! ¡Lo he logrado! ¡Lo he logrado!