Belleza Feroz Dieciocho
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Dieciocho

DIECIOCHO

Buenos días, Su Gracia.

Arabella, con los codos apoyados sobre la mesa y la barbilla descansando en una mano, no levantó la vista. Estaba concentrada en el tablero de juego que había frente a ella. Sus ojos se movían sobre él, como aves de rapiña.

Y los de Beau se movían sobre ella, deteniéndose en las joyas que llevaba: la peineta, las perlas de sus orejas, el collar de oro, las pulseras y los anillos.

El anillo de su antigua ama bastaría para pagarle el camino hasta Barcelona, pero no había pensado en más allá de eso, hasta que se encontró siendo prisionero en el castillo de Arabella.

Mientras cruzaba el gran salón, comprendió que necesitaría más dinero, una vez llegara a la ciudad, y, con una sola de las alhajas de Arabella, podría mantener durante años, a Matti y a sí mismo, alimentados y con un techo.

Se acercó un poco más a ella, flexionando sus dedos de ladrón.

Beau lo intentó de nuevo.

—Em… Buenos días, Su Majestuosísima Excelencia.

Una chispa de irritación cruzó el rostro de Arabella, indicándole que había escuchado el saludo, pero no se dignó a responderle.

—¿Buenos días, Su Alteza Real Excelentísima? ¿Su Graciosa Dama de lo Más Elevado? ¿Su…?

—Apila la leña y márchate, muchacho. —La voz era de lady Densed.

Beau le dedicó una sonrisa y, a cambio, recibió una mirada tan afilada que podría grabar el cristal. Siguió su camino, con los músculos de los brazos protestando bajo el peso de la leña.

Las demás damas de la corte estaban con Arabella en el gran salón, al igual que el día anterior.

—Y están igual de raras que ayer —murmuró Beau para sí.

No le tenían aprecio, eso era evidente.

Echó una mirada a lady Diome, que se encogió, apartándose de él, aunque ni siquiera estaba cerca. Lady Ari, forcejeando con un hilo de bordado enredado, le lanzó una mirada que decía claramente que todas sus desgracias eran culpa de él.

Lady Asonperides, sentada frente a una rueca, lo observaba sin expresión, con sus ojos hundidos, siguiendo cada uno de sus pasos.

Beau le sostuvo la mirada un instante, pero enseguida la apartó. Había algo en esa mirada que lo inquietaba. Algo oculto y peligroso.

Llegó a la chimenea del gran salón y se inclinó para dejar la leña.

Al hacerlo, los troncos se movieron en el arnés de cuero y cayeron al suelo de piedra, con el estrépito de un derrumbe. Las damas, sobresaltadas, chillaron como estorninos.

—¡Zoquete!

—¡Torpe!

—¡Idiota!

—¡Imbécil!

Arabella, que de algún modo seguía concentrada en su juego, no dijo nada.

Beau se preguntó cómo podía soportar tener a aquellas mujeres a su alrededor.

Estaba claro que estas disfrutaban insultando, burlándose y humillando, pero, por curioso que fuera, su mal comportamiento parecía casi protector hacia Arabella.

Era como si recelaran de que alguien más se le acercara demasiado.

Apiló la leña a toda prisa y echó unas cuantas piezas al luego.

Ya había tenido suficiente.

Esperaba entablar conversación con Arabella y quitarle un anillo o una pulsera, pero prefería cargar leña y palear estiércol todo el día, antes que pasar un minuto más en compañía de su corte.

Tomó el arnés y regresó hacia la cocina, pero, al pasar junto a ella, la vio extender la mano lucia una pieza de ajedrez, frunció el ceño y la retiró.

Arabella no veía su jugada, pero Beau sí vio la suya.

—Buena decisión. Si hubieras movido la reina a f6, tu oponente habría usado la defensa bovordunkiana, y te habría atrapado en la trampa Trockenbunger-Tinklepot —dijo.

—¿Podrías callarte, por favor? —replicó Arabella sin apartar la vista del tablero—. El ajedrez es un trabajo duro. Requiere concentración, disciplina y silencio.

—Pfff… —soltó Beau—. ¿Y qué?

Arabella alzó la vista hacia él, con su concentración hecha añicos.

—¿Y qué? —repitió, con hielo en la voz—. Acabas de arruinar mi partida y eso es todo lo que tienes que decir… ¿Y qué?

Sus ojos atraparon los suyos y no los soltaron. Eran del gris plateado de un amanecer de enero, y lo dejaron paralizado. Le cortaron la respiración. Hicieron que todo el maldito mundo desapareciera.

«¿Qué te pasa? ¿Nunca has visto una cara bonita? Espabila», le dijo una voz interior.

Beau le hizo caso, jugando su propia partida. Soltó el arnés, tomó una silla del comedor, la giró y se sentó al revés, frente a Arabella.

—No recuerdo haberte invitado a sentarte —indicó ella.

Beau la ignoró. Si quería robarle algo, tenía que acercarse.

—El ajedrez es una pérdida total de tiempo —comentó, apoyando los antebrazos en el respaldo—.

Digamos que entras en una partida épica.

Juegas ocho horas seguidas. No comes ni bebes.

Con el paso de las horas, te agotas. Te destrozas.

Llegas al límite de tu resistencia. Y luego, después de esta lucha enorme y agotadora, ganas. —Le señaló con el dedo—. ¿Qué tienes?

—Una victoria —respondió Arabella—. Ahora, si fueras tan amable de…

Pero Beau la interrumpió:

—No. Nada. No tienes nada. Has ganado un juego.

Un juego. Como las damas. O el parchís. ¿A quién le importa un maldito comino?

En todo ese tiempo que acabas de perder, podrías haber robado cien bolsillos, levantado decenas de carteras y birlado una docena de relojes.

Podrías haberte hecho un hombre rico. O una mujer —añadió.

—Ya soy una mujer rica.

—Sí, lo eres —corroboró Beau. Se inclinó sobre la mesa, tomó un trozo de beicon de una bandeja y le dio un mordisco crujiente—. Supongo que ahí está la diferencia entre los ricos y los pobres. Los pobres trabajan. Los ricos juegan y lo llaman trabajo.

Arabella cruzó los brazos sobre el pecho.

—Qué afirmación más pomposa, pretenciosa y absolutamente estúpida —indicó—. ¿De verdad pretendes decirme que lo que tú haces es trabajo? Un ladrón es el parásito definitivo.

Beau parpadeó. Su respuesta no era la que esperaba y lo descolocó por un instante. No estaba acostumbrado a que una mujer lo calara así, y no supo qué hacer. Abrió la boca, esperando que algo ingenioso saliera de ella, para que pudiera recuperar su aplomo.

Pero Arabella no le dio oportunidad.

—Muéstramelo —le pidió.

—¡No, Su Gracia! ¡Él la matará! —chilló lady Diome.

—¿Ha perdido usted el juicio? —soltó lady Gunezarev.

—Muéstramelo —repitió Arabella, sin prestarles atención.

Beau ladeó la cabeza, confuso.

—Mostrarle, ¿qué?

—Muéstrame eso que llamas trabajo. Robar bolsillos, forzar cerraduras… Esas cosas. —Arabella descruzó los brazos y se inclinó hacia delante—. Has dicho que los ricos juegan y los pobres trabajan. Así que vamos, pedante, insufrible saco de viento, muéstramelo.

Beau silbó con suavidad.

—Pedante, insufrible saco de viento… —enumeró—. Me siento medio insultado, medio impresionado. Yo habría dicho maldito hijo de…

—Seguro que sí —lo interrumpió Arabella—. La vulgaridad es el refugio de los perezosos.

—¿Qué demonios significa eso?

Arabella no le prestó atención.

—La vulgaridad es aburrida y falta de imaginación —dijo—. Date un momento, piensa, y luego comenta lo que realmente quieres decir. Si yo siguiera describiéndote, «vomitador de estiércol o cuervo ratero y desaliñado», también encajarían.

Beau asintió con fingida reflexión.

—Ya veo lo que dices. Si tuviera que describirte a ti, diría «estirada pedante de tres al cuarto».

—¿De tres al cuarto? —repitió Arabella con desdén incrédulo—. Ni siquiera es una expresión…

De pronto dejó de hablar, y sus ojos se desviaron hacia la puerta.

Su gélida compostura se resquebrajó, solo por un instante, y Beau alcanzó a ver un destello de fuego bajo la superficie. El desconcierto era bueno; podía usarlo. Sus sentidos de ladrón se agudizaron. La suerte acababa de ponerle en bandeja una enorme oportunidad.

—¿De verdad quieres aprender a robar bolsillos? —preguntó, antes de que ella pudiera llamar a Valmont para que lo echara.

La pregunta flotó en el aire y el corazón de Beau se hundió. Estaba seguro de haberla perdido, pero entonces Arabella apartó la mirada de la puerta —con evidente esfuerzo, como si luchara contra su buen juicio—, y se la devolvió.

—Sí —afirmó.

Las damas se inclinaron unas hacia otras, murmurando escandalizadas.

—¡Esto es indignante! ¡Vergonzoso! ¡Una deshonra!

—Considere su posición, Su Gracia —advirtió lady Asonperides—. No es más que un vulgar delincuente.

«No es más que un vulgar delincuente…».

Por un instante, no fue Asonperides quien habló, sino la celadora del hospicio, con la mano alzada, lista para abofetearlo hasta dejarlo aturdido.

Beau se sacudió el recuerdo. No era momento para distraerse.

Los ojos de Arabella volvieron al tablero de ajedrez.

Beau rodeó la mesa hasta quedar frente a ella y le tendió la mano.

Ella la miró, pero no la tomó.

—Lo crea o no, no tengo todo el día —dijo él.

Tras un largo instante, Arabella —con las manos firmemente pegadas a los costados— se levantó de la silla.

Beau percibió su aroma. Olía a chica rica: vetiver, cuero, lino y libros.

—Ya he visto suficiente —dijo lady Gunezarev.

Salió de la habitación, y las demás la siguieron, lanzando miradas reprobatorias por encima del hombro, chasqueando la lengua y moviendo la cabeza de forma negativa. Solo lady Asonperides permaneció, sentada junto a su rueca, inmóvil como una araña.

Beau se puso manos a la obra.

«No seas codicioso», se dijo. «Los ladrones codiciosos son los que acaban atrapados. Solo necesitas una joya. Una sola».

—Eh, en realidad…, aquí no —indicó, fingiendo concentración—.

Necesito espacio. —Le tomó el brazo y la condujo hacia la chimenea, pero, al llegar allí, se movió a su otro lado—.

No, tampoco sirve. ¿Qué tal allí? —Señaló el espacio entre el extremo de la mesa y la puerta.

Le tomó el otro brazo, guiándola más allá de la repisa, esquivando una silla—.

Yo… ¡Ough! ¡Ay! —Tropezó, y su brazo libre se agitó en el aire.

Arabella se giró de inmediato para sujetarlo. Puso una mano firme en su pecho, intentando mantenerlo erguido.

Beau sintió el calor de su toque a través de la camisa.