Belleza Feroz Diecisiete
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Diecisiete

DIECISIETE

—Tomaré más café —le dijo Beau a Camille, deslizando su taza vacía por la mesa.

—¿Requiere algo más Su Gracia? —preguntó Camille, sin apartar la vista de la masa que removía.

Beau le sonrió.

—¿Otro brioche ? ¿Con mermelada de fresa?

—¿No tienes trabajo que hacer?

—El juego de las cáscaras es trabajo. Me llevó años aprender a hacerlo bien.

Camille asintió hacia la bandeja de pasteles, al final de su mesa de trabajo.

—Sírvete. La cafetera está en el fuego.

Beau lo hizo, complacido. La petición había sido una pequeña prueba —ver si le permitirían alejarse del puesto de Camille y moverse por la cocina—, y la había superado.

Untó mermelada en su brioche , como un albañil enluciendo un muro.

—Esto está buenísimo. ¿Qué le echas? —preguntó.

Un rubor de placer subió por las mejillas de Camille ante el cumplido.

—Agua de rosas —respondió—. Solo una gota.

Se estaba ablandando con él. Todos lo estaban, porque les había divertido con el juego de las cáscaras. Les había encantado. Les había hecho reír. La gente haría cualquier cosa por ti, si la haces reír.

Contaba con eso, al hacer su siguiente petición.

—¿Puedo coger también una cebolla?

Camille lo miró con extrañeza.

—¿Una cebolla?

Beau rio.

—¿A quién no le gustan las cebollas?

—Picadas y salteadas con mantequilla, sí. ¿Enteras y crudas? ¿Para desayunar? —Camille negó con la cabeza, pero hizo un gesto hacia la cesta.

«¡Sí!», gritó Beau en silencio.

Terminó su brioche y cruzó la cocina, saludando alegremente a Phillipe al pasar junto a él, luego a Henri y a Claudette. Le dolían las mejillas de tanto fingir una sonrisa. Se había hecho querer por aquella gente, pero él no los quería. Eran unos mentirosos; todos y cada uno de ellos.

Había una bestia; una criatura brutal y asesina. Valmont lo sabía; todos lo sabían. Debían saberlo, y, sin embargo, nadie hablaba de ello.

Valmont le había negado su existencia a la cara.

Cuando el mayordomo lo había sacado de su cuarto aquella mañana, Beau había querido lanzarse sobre él y contarle lo cerca que había estado de ser despedazado la noche anterior, pero no podía: si Valmont supiera que había salido de su habitación, le quitaría las herramientas y le buscaría un alojamiento más seguro —como una celda de la mazmorra, por ejemplo.

La noche anterior, —después de volver a su habitación por los pelos—, había permanecido despierto en la cama, comprendiendo que ahora sería mil veces más difícil escapar; que necesitaría toda su habilidad y astucia solo para llegar desde su cuarto hasta la puerta del sótano.

Perder el tiempo forzando cerraduras con herramientas malas lo mataría. Necesitaba la llave maestra.

Beau había llegado ya a las cestas. Miró a su alrededor deprisa, para asegurarse de que nadie lo observaba.

Camille estaba en el horno sacando hogazas.

Phillipe y Rémy ensartaban aves de caza en los asadores.

Las doncellas se encontraban en la despensa.

A Valmont le habían llamado fuera de la cocina, pero podía volver en cualquier momento.

Beau se agachó sobre la cesta de cebollas y hundió las manos en ella, buscando la llave.

Pero no estaba.

Cavó más hondo, apartando cebollas frenéticamente. Sus dedos hurgaron entre las pieles sueltas, buscando el duro metal, pero no hallaron nada.

Un frío pavor se apoderó de él. ¿Y si no había enterrado la llave lo bastante abajo y alguien la había visto? Volcó la cesta hacia sí, y empezaba a sudar, cuando la vio: un destello brillante de latón.

—¿Qué demonios haces? —Gruñó una voz brusca detrás de él.

—Maldita sea —susurró Beau, con el corazón desplomándose.

No podía permitir que sus planes se malograran otra vez.

Tenía que conseguir esa llave.

Tomó una cebolla y se incorporó.

—Estoy desayunando —indicó, mostrando a Valmont una sonrisa inocente.

El hombre estaba a unos pasos, con una pesada llave inglesa en la mano. Florian y Henri le flanqueaban.

—De veras, ¿vas a comerte eso? —dijo Valmont con escepticismo, apoyando una mano en la cadera—. No vi que te comieras la anterior.

—Lo hice. Fue mi merienda de medianoche —mintió Beau. La había escondido en una canaleta bajo su ventana.

«No se lo cree. Piensa que tramo algo, y tiene razón», pensó Beau, esforzándose por mantener la calma. Tenía que convencer a Valmont de lo contrario. Tenía que encontrar la forma de quedarse por allí.

—¿Qué iba a hacer con ella, si no? —preguntó.

—Anda, cómetela —dijo Valmont, señalando la cebolla.

—¿Comerla? —Beau fingió indiferencia y se encogió de hombros—. Como quieras.

Se recostó en la mesa, cruzó un tobillo sobre el otro y empezó a pelar la piel papirácea de la cebolla, esperando que Valmont milagrosamente fuera requerido de nuevo y no tuviera que tragarse la maldita cosa, pero el hombre no se movió.

Se mantuvo allí, sosteniendo la llave inglesa como un garrote.

Florian y Henri, a ambos lados, tenían los ojos como platos.

Beau terminó de pelarla. La miró, la giró en la mano y mordió como si fuera una manzana recién cogida del árbol.

Casi lo mata.

La carne punzante le contrajo la lengua; los vapores le hicieron saltar las lágrimas. Dio otro mordisco, y otro, masticando los bocados crudos y tragándoselos, obligando al estómago a no devolverlos.

—Umm…, delicioso —dijo al terminar, secándose la boca con el dorso de la mano—. Bien jugosa.

—Me cago en la mar —soltó Valmont.

—Nunca había visto algo así —añadió Henri.

—Chicos, deberíais comer cebollas —aconsejó Beau—. Las cebollas os hacen más guapos.

En ese momento, pasó Josette y lo escuchó.

—Pues debes haberte comido un carro entero. —Le lanzó con una sonrisa coqueta.

Florian miró a Beau con envidia, y Henri miró la cesta con esperanza.

—¿Te importa si cojo otra? —preguntó Beau con naturalidad—. Tratar con tanto estiércol por aquí me abre el apetito.

Valmont ignoró la pulla y negó con la cabeza, como quien aún no da crédito a lo que ha visto.

—Coge las que quieras —dijo—. Pero lo de palear puede esperar.

Ponte con la leña. Estos dos suelen hacerlo —asintió hacia los chicos de cocina—, pero los necesito esta mañana.

Empieza por el gran salón, luego los aposentos de las damas, y después la cocina.

La leña está en un almacén junto a los establos.

—Y se fue. Florian y Henri le siguieron.

La emoción recorrió las venas de Beau. Le había salido otra oportunidad con la cesta. Se volvió a inclinar, hundió las manos entre las cebollas y trabajó hasta el fondo, donde había visto el destello de latón. Sus dedos encontraron la llave y la empujaron hacia el interior de la manga.

Al incorporarse, apoyó la mano en la rodilla derecha y dejó que la llave se deslizara de la manga hasta su bota.

—¡Ah! Aquí hay una buena —dijo, levantando una cebolla para admirarla, por si alguien aún lo observaba. La metió en el bolsillo de su chaqueta, tomó de pasada una rama de canela del manojo que había sobre la mesa del chef y salió a buscar la leña.

Mientras cruzaba el patio vacío, pasando junto a los tristes y marchitos jardines, partió un trozo de la rama de canela con los dientes y lo masticó, desesperado por quitarse el sabor a cebolla de la boca.

Una ráfaga de viento aulló, obligándolo a agachar la cabeza.

Era finales de noviembre, y el clima estaba cambiando.

«Ese es el lobo del invierno que aúlla. Su pelaje está hecho de nieve; sus colmillos, de hielo; sus ojos, del gris del cielo tormentoso. Corre cuando lo oigas, chico. Cierra la puerta y atranca las ventanas. Trae consigo a toda su manada».

Raphael le había dicho eso, la primera vez que lo encontró. Tendido en un callejón, con su sangre tiñendo la nieve. Luego, le había sacado el cuchillo del pecho, lo había levantado y se lo llevó a casa.

El viento amainó. Ahora apenas era un murmullo. El cielo se oscurecía. La temperatura caía. La nieve no estaba lejos; Beau podía sentirlo. Unos cuantos pasos más, y aún podría cruzar las montañas; si se retrasaba, quedaría atrapado en el castillo durante meses.

Beau se abotonó la chaqueta hasta el cuello y siguió caminando. La horrible sensación de impotencia que lo había dominado la noche anterior había desaparecido; en su lugar, una determinación sombría lo llenó.

Tenía la llave. Todo lo que debía hacer ahora era esperar hasta la caída de la noche. Al día siguiente, a esta hora, planeaba estar en las montañas.

La bestia había intentado matarlo dos veces.

Y que lo partiera un rayo si le daba una tercera oportunidad.