Belleza Feroz Dieciséis
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Dieciséis

DIECISÉIS

Lady Celso observó con preocupación al resto de cortesanas, que la acompañaban en la mesa del desayuno. No tenían buen aspecto.

Lady Cadicio, que había cogido la cesta de panecillos y se los había comido todos, parecía a punto de vomitar. Lady Confendizasa, pálida como una larva, se acurrucaba en un rincón, negándose a probar bocado.

—La comida está envenenada —aseguraba.

Lady Gunezarev se hurgaba una costra en la barbilla.

Lady Densed frunció el ceño y le dijo que era asquerosa.

Lady Diome removía una cucharada de azúcar tras otra en su té, con manos temblorosas.

Lady Diermontirem permanecía junto a la ventana, mirando en silencio hacia la distancia.

Lady Asonperides estaba inmóvil, con los dedos tamborileando en el brazo de su silla.

Todas estaban nerviosas por culpa del ladrón.

Un movimiento al otro lado de la mesa sacó a Celso de sus pensamientos. Era lady Paluc. Se había levantado de su silla y caminaba hacia Arabella.

—Mira a esa aduladora —le siseó Celso a Densed—. Reptando alrededor de la señora como una hiena. La odio.

Paluc apoyó un brazo en el respaldo de la silla de Arabella. Su manga estaba arrugada y el puño mugriento.

—¿Una segunda ración de beicon, Su Gracia? ¿Está segura de que es buena idea? —preguntó con voz melosa y viscosa.

Celso la observaba, hirviendo por dentro como una olla de gachas.

—Bueno, supongo que la modista siempre puede soltar unas costuras —añadió Paluc—.

Habría sido mejor no comer tanto desde el principio, pero el autocontrol nunca ha sido su punto fuerte, ¿verdad?

—Las manos de Arabella, apoyadas sobre la mesa, se cerraron en puños—.

Oh…, qué demonios. Ya que vamos a lo grande —dijo Paluc, con tono alegre—, ¿por qué no conseguimos más? Iré yo misma a buscarlo.

—¡No, iré yo! —gritó Celso, incapaz de soportar más la zalamería de Paluc. Se levantó de golpe y le arrancó la bandeja de las manos.

Paluc jadeó.

—Eso ha sido una maldad, lady Celso. Aunque no me sorprende, siendo usted una persona malvada.

Pero Celso ya no la escuchaba. Se encaminaba a la cocina.

«¿Por qué la señora la tolera?», se preguntó. «Ella, Celso, era mil veces más encantadora. Más inteligente. Más divertida. Más elegante. Mucho más hermosa».

Al entrar en la cocina, esperaba ver a los sirvientes en sus puestos habituales, trabajando con gesto adusto. Casi se le cayó la bandeja cuando los vio reunidos alrededor de una mesa de trabajo —todos, menos Valmont—, riendo y gritando.

Curiosa, se acercó en silencio y vio lo que los tenía tan entretenidos. Era el ladrón. Tenía algo entre las manos.

—¿Estás segura, Josette? —le oyó decir—. ¿El grano de café está bajo esa cáscara? ¿Esa es tu elección definitiva?

Le sonrió a la joven doncella —una sonrisa capaz de aflojar rodillas, hacer temblar corazones y sonrojar mejillas.

—¡Sí! ¡Sí! —chilló ella, dando pequeños saltos sobre la punta de los pies—. ¡Segurísima!

Celso vio a Florian lanzarle una mirada anhelante a Josette. Su enamoramiento era el secreto peor guardado del castillo; y que Claudette estaba enamorada de él. Y que Henri estaba enamorado de Claudette.

—¡Josette tiene razón! ¡Es esa! —exclamó emocionada Camille. Estaba de pie junto al ladrón, con un cuenco de mezcla encajado en el brazo.

Percival, que servía hojas de té Darjeeling en una tetera, asintió.

—No hay duda.

—¿Seguro, Perce?

—Lo estoy —respondió Percival, lanzándole a Beau una mirada severa—. Y no me llames Perce .

El chef, Phillipe, intervino:

—Por supuesto que es esa. ¡Lo he visto con mis propios ojos!

Hasta el pequeño y mugriento pinche habló.

Celso frunció la nariz al verlo. Estaba sucio y despeinado, como siempre, y apestaba a mantequilla, romero, y otras cosas que le daban arcadas. Procurando no acercarse demasiado, bordeó al grupo y se asomó por encima del hombro de Florian.

Beau tenía tres cáscaras de nuez alineadas frente a él.

—Muy bien, entonces, si estáis realmente, realmente, realmente seguros…

—¡Sí! ¡Sí! ¡Vamos, dale la vuelta! —Le rogó Josette.

Beau suspiró profundamente, con dramatismo.

—Supongo que me habéis pillado esta vez. —Entonces, levantó la cáscara. No había nada debajo—. ¡Ja! ¡Os he engañado! —gritó, estallando en carcajadas.

Los sirvientes prorrumpieron en una algarabía de fingida indignación.

—Imposible —dijo Florian, negando con la cabeza—. Nos has hecho trampa. No está debajo de ninguna.

Beau sonrió. Levantó la cáscara de la derecha. El grano estaba allí.

Un grito se alzó: la alegre sorpresa de quienes se saben embaucados con gusto.

Gritos de: ¡Otra! ¡Hazlo otra vez!, llenaron la cocina.

«Esto no pinta bien», pensó Celso.

—La señora requiere más beicon —anunció con voz fuerte, sosteniendo la bandeja.

Los sirvientes se pusieron en posición al instante, avergonzados por haber sido sorprendidos jugando.

Phillipe ordenó a Henri que atendiera su pedido.

Mientras el muchacho tomaba la bandeja, Celso se acercó a Florian. Tanto, que su brazo rozó el del chico, haciendo que la sonrisa luminosa del joven se desvaneciera.

—Ah, el juego de las conchas —dijo ella jovialmente—. Continúa, me encantan los trucos de magia.

Los sirvientes se relajaron un poco, y las sonrisas regresaron.

—¡Enséñanos cómo lo haces, Beau! —suplicó Josette—. ¡Por favor!

—No es buena idea —dijo Florian, con gesto reprobador—. Si Valmont nos pilla perdiendo el tiempo…

—¡No seas aguafiestas! —le reprendió Josette—. Valmont no está aquí, ¿verdad?

Florian hizo una mueca y dio un paso atrás.

—¡Vamos, Beau, enséñanos! —lo animó Claudette.

Beau negó con la cabeza y dijo que no podía revelar sus secretos, pero las doncellas insistieron tanto que terminó cediendo.

Dio la vuelta a su mano izquierda y les mostró cómo usaba el dedo anular para sujetar el grano de café contra la palma, para luego dejarlo caer bajo la cáscara que quisiera. Las invitó a intentarlo.

Celso observó cómo Josette reía, se sonrojaba y miraba a Beau mientras intentaba torpemente dominar el truco. Fallaba una y otra vez, hasta que Beau le tomó la mano, presionó el grano de café en su palma y le cerró los dedos sobre él.

Una pequeña y secreta sonrisa jugueteó en los labios de Celso. Se inclinó hacia Florian y apoyó una mano sobre su antebrazo.

—Dios mío, pero qué ingenioso es, ¿verdad? —susurró.

Florian asintió, con brusquedad.

—Sí, milady . Muy ingenioso.

Había algo nuevo en su voz, algo tenso y contenido. Celso lo notó, y su sonrisa se ensanchó.

—Y además es divertido, y Dios sabe que nos vendría bien un poco de eso por aquí. También es guapo —añadió, con un ronroneo en la voz—. Ese cabello… Es como… —Enredó los dedos en el collar de perlas que llevaba—… como una cascada a medianoche.

Florian se tensó, y Celso lo sintió.

—Y el cuerpo no está nada mal, tampoco —continuó ella.

Soltó una risita grave, luego miró de reojo a Florian—.

Oh, lo siento. Eso ha sido bastante inapropiado, ¿no?

Hablemos de su rostro, entonces. Esos pómulos cincelados, esa mandíbula…

¡Y esos ojos! Como brandi brillando en una copa de cristal. Y, por Dios, esos labios…

—¡Josette! —La palabra estalló en la boca de Florian.

La joven doncella se volvió hacia él, con expresión confundida.

—Por el amor de Dios, Florian, ¿qué te pasa?

—Nosotros… deberíamos irnos. Hay trabajo que hacer.

—Yo no voy a ninguna parte —replicó Josette con un movimiento de cabeza. Segundos después, volvía a reír con Beau.

Furioso, Florian se alejó a zancadas. La sonrisa de Celso se ensanchó tanto que parecía la de un cocodrilo. Se volvió, buscando a Henri.

—¿Qué hay de ese beicon, chico? —dijo con fingida despreocupación.

Henri, que acababa de terminar de apilar las tiras en la bandeja, se la acercó para que lo aprobara.

—¿Se la llevo a la señora, milady ?

Celso ladeó la cabeza y lo observó.

—Sí. Vamos, se la llevaremos juntos.

Mientras se dirigían al salón, le puso una mano en la espalda y, en voz baja, dijo:

—No parece justo que Phillipe te haya hecho encargarte del beicon, mientras Florian se quedaba a ver el juego.

Pero claro, él es el favorito del chef, ¿no?

Debe de ser difícil para ti, Henri, ser más joven que Florian…

y no tan atractivo… ni tan listo, y, bueno, algo falto de encanto, y además…

Umm, ¿cómo decirlo? Desaliñado. No es que haya nada de malo en eso…

—Para deleite de Celso, la cabeza de Henri se inclinó, pulgada a pulgada, hasta que su mirada quedó fija en el suelo—.

Debes estar molesto con Florian. Tal vez, incluso odiarlo.

Yo, desde luego, lo haría —continuó ella, con su voz endulzada con falsa compasión.

—No, yo… Yo no… —La voz de Henri se quebró. Levantó la cabeza. Su expresión, siempre tan abierta y ansiosa, se endureció. Algo feo afloró en sus ojos, como sangre filtrándose a través de una venda—. Sí, lo odio. Lo odio.

Celso sonrió y le dio una palmadita en la espalda, complacida de saber que no había perdido el toque.

Aunque su sonrisa se desvaneció pronto, mientras caminaban por el pasillo. Si el ladrón podía hacer sonrojar a las doncellas, reír a la panadera e incluso arrancarle una sonrisa al quisquilloso Percival… ¿Qué podría hacerle a la señora?

Una nueva ráfaga de risas provenientes de la cocina llegó a sus oídos.

«Esto no puede seguir así», pensó mientras regresaba al gran salón.

Asonperides, el resto de la corte… Todas habían trabajado demasiado, durante demasiado tiempo, como para que ese intruso llegara y lo echara todo a perder.

Habían cometido un error.

Todas, incluso Asonperides —la más fuerte entre ellas—. Habían subestimado al ladrón, pero este era diferente a los otros que habían llegado al castillo, y podía resultar mucho más problemático de lo que habían previsto. Al fin y al cabo, aún no sabían de qué era capaz.

«Claro que…, —se dijo a sí misma—, él tampoco sabe de qué somos capaces nosotras». El pensamiento devolvió la sonrisa a sus labios.

—Ten cuidado, joven Beauregard Armando Fernández de Navarre —susurró, mientras sus ojos se posaban en Asonperides—. No tienes ni idea de con quién te estás metiendo.