Quince
QUINCE
«No te muevas. No tiembles. No respires», le advirtió su corazón desbocado. «El lobo nunca corre delante del conejo».
Así que escuchó, como escucha un ratón cuando el gato está cerca. Con los oídos, con la piel, con los nervios, con cada fibra de su ser. Y su cuerpo le dijo que la bestia estaba agazapada en la boca del mismo pasillo al que él pensaba dirigirse.
Lentamente —tan lentamente que apenas parecía moverse—, Beau acercó la vela a sus labios y sopló la llama. No podía ver a la bestia, pero ahora ella tampoco podía verlo a él.
El gruñido creció, más profundo, más gutural.
Beau escuchó un paso, luego otro. Se acercaba. Los músculos de sus piernas se tensaron, temblando, rogándole que corriera.
«Corre. Corre ya».
Pero se mantuvo firme. Sabía que solo tenía una pequeña oportunidad de escapar.
«Diez pasos hasta la escalera, —se dijo—. Cuarenta y dos escalones hasta el rellano…».
Raphael le había enseñado a buscar salidas. Siempre. En todas partes. Había aprendido a medir distancias en su cabeza, a memorizar giros, esquinas y puertas.
«Cinco pasos a través del rellano hasta la puerta de la habitación…».
Inspiró despacio, en silencio, llenando los pulmones de aire, y mientras lo hacía, echó el brazo hacia atrás. Luego lanzó la vela con todas sus fuerzas, apuntando hacia el pasillo de la izquierda, rezando para que pasara por el arco.
La oyó caer y rodar por el suelo. Oyó a la bestia abalanzarse fuera de su escondite tras ella, y luego no escuchó nada más que el estrépito de sus propios pasos cuando echó a correr escaleras arriba.
Había dejado la puerta de su habitación entreabierta, y el fuego, aún vivo en la chimenea, proyectaba una fina franja de luz sobre el rellano. Se lanzó dentro, cerró la puerta de un golpe y cayó de rodillas. De forma frenética, sacó el fajo de herramientas de su cintura y lo desató.
Mientras intentaba meter el diente del rastrillo y el clavo en la cerradura, oyó pasos en las escaleras de piedra. Un gruñido se transformó en un rugido. El pánico lo invadió como una ola de tormenta, haciéndole temblar las manos. Se le cayeron las herramientas.
—Vamos… Vamos… —murmuró, buscándolas a tientas.
«Con calma, chico… Tómate tu tiempo…».
Antonio estaba otra vez en su cabeza, estabilizando sus manos.
«Suave y lento, como un primer beso…».
El rugido crecía. La bestia estaba en el rellano. Sintió el corazón en la garganta, martilleando con fuerza.
En un último movimiento desesperado, introdujo de nuevo el diente en la cerradura y lo pasó por los pasadores, empujando los resortes, y uno a uno cedieron.
En lugar del ruidoso clunk, que había sonado al abrir la puerta antes, esta vez solo hubo un suave clic, cuando el cerrojo se deslizó a su sitio.
Un segundo después, la bestia se lanzó contra la puerta.
El impacto hizo que Beau cayera hacia atrás.
Sentado en el frío suelo, con las manos apoyadas detrás y el pecho agitado, la oyó rugir, llena de furia.
Se arrojó contra la puerta otra vez, y escuchó cómo su gruñido se alejaba, como si la criatura descendiera por la escalera.
Contuvo el aliento. Pasó un largo minuto. Silencio.
Beau exhaló un suspiro tembloroso y se dejó caer de espaldas en el suelo, presionando las palmas sobre sus ojos.
—Eres un mentiroso, Valmont —susurró.
La bestia no era una fantasía. No era un producto de su imaginación empapada en vino.
La bestia estaba allí.
Era real.
Y quería matarlo.