Catorce
CATORCE
«¡Cabeza de chorlito con dedos de salchicha! ¿Cuántas veces te lo he dicho? Una cerradura es como una mujer. Para cortejarla, debes pedir, no exigir. Escuchar, no hablar. Dar, no tomar…».
La voz de Antonio resonaba en la cabeza de Beau, mientras se arrodillaba en el suelo de su habitación, trabajando con un tenedor de plata —cuyos dientes había doblado hacia atrás—, dentro de la cerradura de la puerta.
Antonio fue quien le enseñó a fabricar aquellas llaves de tensión, imposiblemente finas, las delgadas ganzúas y los rastrillos, y cómo usarlos. Le había enseñado a ver dentro de una cerradura con las manos, en lugar de los ojos; a escuchar cómo los pasadores y resortes le revelaban sus secretos.
«Haz esas cosas, chico. Hazlas bien, y no habrá cerradura en el mundo que no puedas abrir».
—Lo estoy haciendo bien, Tonio —murmuró Beau entre dientes—, pero ni tú podrías abrir una cerradura con un maldito tenedor de encurtidos.
El fuego se había apagado casi por completo y la habitación se había enfriado, pero el sudor le corría por el rostro.
Se lo limpió con la manga y giró el mango del tenedor una vez más, pero el metal era demasiado blando.
La punta se atascó y no quiso moverse. Maldiciendo, furioso, tiró hasta liberarla y la arrojó al otro lado del cuarto.
—Nunca saldré de aquí —gruñó, dejándose caer sobre su trasero.
Llevaba horas trabajando en la cerradura. Debía de ser pasada la medianoche. Había esperado estar muy lejos a esas alturas, pero allí seguía, atrapado en su habitación.
El viento aullaba fuera como un espíritu vengativo, con dedos largos que hurgaban y golpeaban las viejas piedras de la torre, buscando un modo de entrar.
Beau conocía ese viento; lo odiaba. Era el mismo viento acechante que giraba alrededor del convento a las afueras de Barcelona.
Ahora se revolvía entre sus recuerdos, como si limpiara tierra de una tumba, dejando al descubierto cosas enterradas hacía mucho tiempo.
Cerró los ojos con fuerza para ahuyentar las imágenes, pero de nada sirvió.
Vio a Matti, delgado y pálido, encorvado y tosiendo.
El sonido áspero y traqueteante resonó en su cabeza, obligándolo a ponerse de pie de un salto.
Si tan solo no hubiera perdido la carta de la hermana María Teresa…
Entonces sabría con certeza si su hermano se había recuperado.
Se sacudió la tensión de las manos, limpió su mente y recordó las enseñanzas de Antonio.
«Piensa en la cerradura como el corazón de una amante: guardado, desconfiado, lleno de secretos. Anhela abrirse a ti… y lo hará, si se lo permites».
Beau comprendió su error. En su prisa por escapar, había sido impaciente y torpe, hurgando en la cerradura con sus improvisadas herramientas, como un dentista de dedos gruesos tratando de arrancar un diente podrido.
Su vela estaba en el suelo, en su soporte. La levantó y la acercó a la cerradura.
—Eres de hierro y vieja —le dijo—. También estás oxidada, lo que significa que te han descuidado. Si Antonio tenía razón, y las cerraduras son como los corazones, entonces el tuyo es muy pesado.
Frunciendo el ceño, Beau colocó la vela a un lado y revisó los objetos que había robado, más temprano, en los establos y la cocina, todos extendidos sobre una servilleta en el suelo.
Un pincho para nueces parecía prometedor.
Introdujo la punta en el ojo de la cerradura y giró.
Se rompió en dos al instante. Gimió, sacó el pedazo roto y volvió a hurgar en su pila, escogiendo un clavo de hierro delgado y un diente de rastrillo.
«Paciencia, muchacho, paciencia…».
Lenta y metódicamente, Beau trabajó la cerradura: tanteando, persuadiendo, escuchando…
hasta que finalmente un pasador se movió a su sitio, y luego contuvo la respiración, mientras los demás lo seguían en una sinfonía metálica de rasguños, chasquidos y clics.
Pocos sonidos le resultaban tan hermosos como el profundo y satisfactorio clunk de un cerrojo abriéndose.
Rápido, ató sus herramientas con la servilleta y se la escondió en la cintura.
Luego, abrió la puerta —no mucho, solo lo suficiente—.
Sus ojos de ladrón habían observado a Valmont entrar y salir, y había notado el punto exacto donde chirriaban las bisagras.
Se deslizó por la rendija, llevando la vela consigo y dejando el candelabro atrás.
—¡Sí! —susurró al salir de su habitación—. Aún hay tiempo para encontrar el túnel. Con un poco de suerte, estaré muy lejos cuando Valmont venga a despertarme.
Sosteniendo la vela en alto, Beau cruzó el rellano y empezó a bajar las escaleras.
Había dado cinco o seis pasos cuando miró hacia atrás, pero la oscuridad era tan espesa y la luz tan débil, que ya no podía ver la puerta.
Era como si la noche lo hubiera sentido y se abalanzara sobre él como un mar oscuro, ansioso por arrastrarlo.
Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza.
—Contrólate, bebé —se dijo.
Siguió bajando la empinada escalera, tan silencioso como una sombra, cuidando de no hacer el más mínimo ruido.
Las escaleras terminaban en un amplio rellano en el tercer piso del ala este.
Tres largos pasillos se extendían desde allí.
Beau no podía verlos en la oscuridad espesa, pero había memorizado su ubicación.
No sabía adonde llevaban los de la derecha y la izquierda, pero el que quedaba al frente lo conduciría a la escalera principal del castillo, que descendía hasta el vestíbulo de la entrada. Desde allí, podría cruzar el gran salón, llegar a la cocina y de ahí al sótano.
Empezó a avanzar, caminando en silencio sobre el suelo de madera.
Y fue entonces cuando escuchó el sonido, bajo y helado.
Trató de convencerse de que era solo el viento. O la lluvia. Las piedras asentándose. Las vigas crujiendo.
Pero no lo era.
Era el sonido de un gruñido.