Trece
TRECE
Josephine, la lavandera, se sentaba, decaída, en su mecedora, calentando sus viejos huesos junto al fuego.
—Después de tantos años, alguien consigue levantar el rastrillo del portón y, ¿esto es lo que entra?
—dijo con disgusto—. Es una pérdida de tiempo.
El peor de todos. No hay esperanza con él.
Ninguna. —Una de las doncellas, que zurcía un calcetín en la mesa de los sirvientes, levantó la cabeza—.
Es astuto y taimado —añadió Josephine—. Un mentiroso, un bribón y un ladrón. Todo en uno.
La doncella rompió a llorar. Soltó su costura y salió corriendo de la habitación.
Lucile, la esposa del jardinero, una mujer activa y de ojos vivaces, bajó su labor de punto.
—De verdad, Josephine. ¿Era necesario eso? —la reprendió.
—¿El qué?
—Destrozar las esperanzas de Claudette. La pobre está enamorada.
—¿Enamorada? —repitió Josephine, sorprendida—. ¿De quién?
Lucile se inclinó hacia delante en su silla. Sus ojos brillaban a la luz del fuego.
—¡De Florian! —susurró.
—¿Florian? —resopló Josephine—. Es medio tonto. ¿No puede encontrar a alguien mejor?
—¿Y dónde iba a hacerlo exactamente? ¿En el mercado? ¿En un baile del pueblo?
Josephine tuvo la decencia de sonrojarse.
—Bueno, yo no pondría mis esperanzas en el ladrón si fuera ella.
Un silencio sombrío cayó sobre las dos mujeres, y sobre el resto de los sirvientes.
Estaban sentados en la cocina, como todas las noches. Los mayores se relajaban en sillones acolchados cerca del fuego, bebiendo brandi . Los más jóvenes se reunían alrededor de una larga mesa de pino, cosiendo o jugando a las cartas, y compartiendo una olla de chocolate caliente.
Percival fue el primero en romper el silencio.
—¿Quién lo hizo? Quiero saberlo. ¿Quién tuvo la… la…?
—¿Pelotas? —ofreció Josephine.
—Temeridad —continuó Percival—, de abrir la caseta del portón, girar el torno y levantar el rastrillo. ¿Y cómo consiguieron mi llave?
Josephine arqueó una ceja.
—¿Y cómo sabemos que no fuiste tú?
El resto de los sirvientes estalló en risas.
—No puede ser nuestro Percival —indicó Phillipe, aún con su chaqueta blanca de chef. Le dio una palmada cariñosa al mayordomo adjunto—. Es tan leal a la señora como el día es largo.
—Quizá fuiste tú, Josephine. Eres fuerte como un buey —bromeó el jardinero, Gustave; un hombre corpulento, con un suéter de lana y una pipa entre los dientes. Empujó a Percival con el codo—. Podrías haberlo hecho, ¿sabes? Solo hay que mirar tus manos… ¡Cada una tan grande como un jamón!
—Tú eres tan tonto como un jamón, Gustave —replicó Josephine—. Estuve enferma en cama con un resfriado de pecho esa noche. Dormí todo el tiempo.
Gustave dio una larga y pensativa calada a su pipa.
—¿Valmont? —tanteó, exhalando una nube de humo.
Percival negó con la cabeza.
—Estaba conmigo, jugando a las cartas. —Señaló al chef y al mozo de cuadra principal, por turnos—. Phillipe, tú puedes confirmarlo. Estabas allí.
El chef asintió, y Percival volvió a mirar al jardinero con los ojos entrecerrados.
—Quizá fuiste tú, Gustave.
—No digas tonterías. A las nueve ya estoy dormido —respondió Gustave con un gesto despectivo—. ¿Claudette, tal vez? Ella sí que tiene un motivo… Está enamorada.
—¿Claudette? ¿Manejar un torno? —bufó Phillipe—. Apenas puede usar un batidor de huevos.
—Yo creo que fueron los chicos de cocina —dijo Percival—. Siempre están tramando algo. Les he preguntado, por supuesto, pero lo han negado.
Mientras Phillipe servía más brandi , Gustave repasaba la lista de sospechosos: Martin, el granjero, y su hija Mirabelle. El cazador, Jacques. Josette, la otra doncella. Los lacayos. Las fregonas.
Gustave acababa de sugerir que Louise, la costurera —encorvada y tan delgada, que una brisa de verano podría llevársela—, era la culpable, cuando se oyó un ruido. Provenía de la puerta trasera. Sonó como un arañazo, seguido de un golpe seco.
Percival dio un brinco.
—¡Aún no es medianoche! —exclamó.
—¡Son solo las diez! —susurró Lucile, alarmada.
—Entonces no puede ser… —La voz de Gustave se apagó.
—Entonces, ¿qué es? —murmuró Percival.
En el bosque del castillo vagaban osos. Pumas. Lobos. Uno había matado una oveja la semana pasada.
—¡Atrás! —gritó Gustave, levantándose de su silla. Sacó unas tijeras de podar del bolsillo de sus pantalones y las blandió con valentía hacia la puerta.
Henri agarró un cuchillo de carnicero, y Phillipe un cuchillo de trinchar.
Todos se acercaron con cautela.
Hubo otro ruido fuerte, y luego la puerta se abrió de golpe sobre sus bisagras.
Lucile dio un salto.
Josephine jadeó.
Pero no apareció ningún lobo babeante, ni un oso. En su lugar, emergió Camille de la fría noche, sacudiendo las hojas del dobladillo de su capa, con el asa de una cesta de mimbre colgando de un brazo.
—¡Camille! ¡Nos has dado un susto! —gritó Gustave, agitándole las tijeras.
La mujer lo miró sorprendida y luego dejó la cesta en el suelo.
—Lo siento —dijo—. La puerta estaba atascada.
—¿Qué demonios haces fuera del castillo a estas horas?
—Recolectando matadóridas —respondió Camille, colgando su capa en un gancho—. Hay un parche que aún sobrevive bajo el viejo roble.
—¿Matadóridas? ¿Y para qué quieres eso? —preguntó Gustave, frunciendo el ceño—. ¡Son venenosas!
—Valmont me envió a por ellas. Dice que no son venenosas, si se machacan con una vara de plata y se preparan en té —replicó Camille—. Dice que calma el corazón.
El ceño de Gustave se transformó en una expresión preocupada.
—¿Cómo está la señora?
Los ojos de Camille se encontraron con los suyos.
—Inquieta.
—¿Y Valmont cree que puede calmarla con una taza de té? —preguntó Gustave, moviendo la cabeza de forma negativa.
—Será mejor que me ponga a trabajar —dijo Camille, tomando su cesta y dirigiéndose hacia la despensa—. Falta poco para la medianoche.
—La medianoche nunca está lejos —indicó Lucile, con los ojos fijos en la puerta.
—¿Dónde está Valmont? —preguntó Percival, con voz nerviosa.
—Haciendo su ronda por el castillo, con Florian. Están comprobando que todo esté cerrado —aclaró Gustave.
—Camille… —La llamó Percival.
La panadera se detuvo. Miró por encima del hombro y sus cejas se alzaron.
—Hazlo lo mejor que puedas. Esta es nuestra última oportunidad.
Con un breve asentimiento, Camille se marchó.
Gustave la observó marcharse y luego volvió la vista hacia los demás. En voz baja, con tono conspirativo, dijo:
—¡Quizá fue ella!
—¿Nuestra pequeña panadera? —preguntó Phillipe riendo—. Vamos, Gustave. Ella hace dulces, pasteles delicados y tartas. Si hasta tengo que bajarle las ollas pesadas del estante. Levantar un rastrillo es trabajo de hombres, y de hombres fuertes, además. Camille no podría hacerlo, si quisiera.
Gustave puso una mano sobre el hombro de Phillipe. Sus ojos azules, turbios y apagados, estaban llenos de tristeza.
—¿Si? Viejo amigo… —indicó—, no hay ningún «si», en eso. Por supuesto que quería hacerlo. Todos queremos hacerlo. ¿Quién entre nosotros desea morir?