Doce
DOCE
El chico que giraba el enorme asador cruzó la cocina con un cuenco en las manos. Tenía el ceño fruncido y caminaba con cuidadosos pasos. Era pequeño y delgado, de unos nueve o diez años. También era, sin duda, el crío más sucio que Beau había visto en su vida.
Llevaba una gorra que, en otro tiempo, debió de ser blanca, pero que ahora era gris de hollín. Tenía las mejillas manchadas de especias; la ropa, cubierta de masa, mantequilla, salsa y grasa, y parecía no haberse bañado en un año. Tal vez en dos.
Al observarlo, Beau pensó en su hermano, que apenas era dos o tres años mayor.
Incluso cuando estaban solos, durmiendo en graneros y establos, robando huevos de los gallineros y manzanas de los huertos para sobrevivir, Beau había intentado mantener al pequeño limpio. Siempre encontraba un arroyo donde bañarlo, o un abrevadero donde, al menos, pudiera mojarse la cabeza.
Se había asegurado de que Matti estuviera limpio el día que lo llevó con las monjas. Estaba delgado y harapiento —ambos lo estaban—, pero bien aseado.
Al principio, Matti no entendía por qué estaban en el convento.
Cuando Beau se arrodilló para explicárselo, el niño le echó los brazos al cuello y rompió a llorar.
Cuando trató de hacerle comprender que necesitaba comida, un fuego, una cama cálida y seca —cosas que él no podía darle—, Matti gritó que prefería morirse de hambre antes que separarse de su hermano.
—No me dejes aquí, Beau, por favor, no me dejes. Quiero ir contigo…
—No llores, Matti. Por favor, no llores. Volveré por ti. En cuanto pueda. Te lo prometo. Lo juro…
Entonces, las monjas se llevaron al niño, arrancándole los brazos del cuello de Beau, y él se alejó. Fue como si le extirparan el corazón del pecho.
La promesa que le había hecho a Matti resonaba ahora en su cabeza.
—Muévete, chaval —murmuró entre dientes.
Tenía la vista fija en la cesta de cebollas, al otro lado de la cocina, y el mugriento chico del asador se interponía en su camino.
Beau estaba sentado, de nuevo, en la mesa de trabajo de la panadera. Después de traerlo de las caballerizas, Valmont le había puesto una mano, como una losa, en la espalda y lo había empujado hacia un taburete.
—Siéntate y estate quieto —le había dicho, como si hablara con un perro sarnoso.
Pero Beau no quería sentarse. Ni estarse quieto.
Necesitaba llegar hasta la cesta de cebollas y recuperar la llave que había escondido dentro.
El deseo de cruzar las montañas para reunirse con su hermano era tan poderoso que dolía.
Se sentía como un zorro atrapado en una cruel trampa de hierro, tan desesperado por escapar, que se mordería su propia pata para liberarse.
Había irrumpido en decenas de tiendas y mansiones sin ser descubierto.
Había forzado cerraduras endiabladamente complejas.
Había deslizado relojes de los bolsillos de sus dueños.
Todo lo que tenía que hacer ahora era sacar una llave de una cesta: una tarea sencilla y, sin embargo, aparentemente imposible.
Había tanta gente en la cocina cortando, salteando, emplatando, salseando y decorando, que no podía mover un músculo sin que diez pares de ojos lo vieran.
—Vamos, chaval. Quítate de en medio —murmuró entre dientes.
Pero en lugar de apartarse de su línea de visión, el chico se acercó a él y dejó el cuenco que llevaba en las manos.
Beau se echó un poco hacia atrás, esperando que un niño tan mugriento como aquel apestara a estiércol, pero no era así. De hecho, olía bien. A pollo dorado en mantequilla. A castañas asadas. A grasa de tocino.
—Para ti. He ayudado al chef a hacerlo —dijo el muchacho, con un tímido orgullo hinchándole el pecho. Sacó una cuchara del bolsillo del delantal, la colocó junto al cuenco y se alejó, volviendo al reino de los hornos ardientes y los asadores crepitantes.
Beau miró el cuenco: contenía un estofado de carne.
No le apetecía —los nervios le habían quitado el hambre—, pero tomó la cuchara de todos modos. No comer, después de trabajar todo el día, parecería extraño, y podría despertar las sospechas de Valmont. No podía arriesgarse.
Cogió una cucharada, sopló sobre ella y se la llevó a la boca, dispuesto a tragarla rápido, pero, en cuanto la probó, sus ojos se abrieron de par en par y su estómago emitió un ronroneo largo y agradecido, mientras la carne se derretía como mantequilla en su lengua.
Los trozos tiernos de zanahoria y patata, las diminutas cebollitas que se deshacían en la oscura salsa avenada…
sabían a algo más que a sí mismos. Sabían a paciencia. A tiempo invertido. A cuidado.
Tomó otro bocado y, al hacerlo, un intenso recuerdo lo atenazó y le robó el aliento.
Vio a una mujer. Tenía una cara sonriente y unos ojos amables.
Cantaba para él, con una voz cálida y suave.
Podía olería —vainilla, mantequilla, almendras—, mientras ella le tomaba el rostro entre las manos y besaba la cima de su cabeza.
Perderla casi lo había matado, pero también le había enseñado algo: aprendió a amurallar su corazón, ladrillo a ladrillo, para que no pudieran volver a romperlo.
Nadie podía atravesar ese muro. Nadie, salvo Matti.
—¿Quieres un poco de pan? —La voz lo arrancó de su recuerdo.
Levantó la vista y vio a Camille acercándole un plato. En él había gruesas rebanadas cortadas de una gran hogaza. Le dio las gracias, rompió una por la mitad y arrastró su borde esponjoso por la salsa.
—Rémy puede traerte más estofado —dijo Camille, asintiendo hacia el chico.
—¿Se llama Rémy? —preguntó Beau—. ¿Alguna vez se baña?
Camille esbozó una sonrisa.
—No es muy amigo del agua.
Reanudó su tarea, decorando con manga pastelera unas flores de glaseado, sobre un par de tartas, y Beau dejó que su mirada se posara en ella.
Era menuda, de figura llena y atractiva, rodeada por las herramientas de su oficio: una balanza, mangas pasteleras, cuencos de glaseado, cucharas de madera, espátulas, cascanueces y punzones.
Había sentido el filo de su lengua unas horas antes, pero sus ojos castaños eran cálidos, y en su profundidad había una tristeza que no supo nombrar.
«La gente triste es gente amable, —pensó—. Hazla hablar. Que se abra. Tal vez te diga algo útil».
—Son bonitas —dijo, señalando las tartas.
Pero antes de que ella pudiera agradecerle el cumplido, una voz profunda tronó a su espalda.
—Acaba, ladrón. Y lava tus platos. En cuanto sirva el postre, te llevaré de vuelta a tu habitación.
Era Valmont. Cruzó al otro lado de la mesa, tomó una tarta de chocolate sobre su soporte de porcelana con una mano y una de castañas con la otra, y salió de la cocina.
Beau maldijo en silencio. Solo tenía unos minutos para conseguir la llave, y seguía sin encontrar la forma de hacerlo. Engulló el resto de su comida y llevó sus platos sucios al fregadero, demorándose unos segundos para ofrecer ayuda a los pinches, pero estos negaron con la cabeza.
Frustrado, miró a su alrededor.
Camille estaba en la despensa. El chef colaba el contenido de una olla.
Rémy limpiaba los asadores. Los demás estaban ocupados terminando el servicio.
Nadie lo miraba. Sus ojos volaron hacia la puerta del gran salón.
Valmont aún no había vuelto, pero podía hacerlo en cualquier momento. Era ahora o nunca.
Comenzó a caminar, con paso lento y despreocupado, aunque luchaba contra el impulso de correr.
Poco a poco, fue acortando la distancia entre él y la cesta, con la esperanza creciendo con cada paso. Veinte pies… Quince… Diez… Ya casi estaba allí.
Entonces, las puertas de la cocina se abrieron de golpe y apareció Valmont. Sus ojos lo atravesaron.
—¿Adónde crees que vas?
Beau se detuvo.
—Quiero una cebolla —dijo con inocencia.
Las espesas cejas de Valmont se alzaron.
—¿Una cebolla?
—Me entra hambre por las noches.
—¿Y una manzana?
—Me gustan las cebollas —respondió Beau.
El ceño de Valmont no desapareció, pero su expresión escéptica se suavizó ligeramente. Beau sintió una oleada de emoción. La llave era suya.
—Solo una pequeña —se apresuró a decir—. Puedo cogerla yo…
Pero Valmont lo interrumpió:
—¡Rémy! —gritó—. ¡Lánzame una cebolla!
El chico corrió hacia la cesta, tomó una cebolla grande y se la lanzó.
Valmont la atrapó al vuelo y se la tendió a Beau.
Beau forzó una sonrisa al tomarla.
—Vaya, una grande. Gracias.
—Vamos —dijo Valmont, dándole un empujón.
El corazón de Beau se hundió mientras echaban a andar; sus planes se habían desintegrado como un castillo de arena bajo las olas. Aquella llave, la misma de la que ahora se alejaba, era su única esperanza.
Después de que Valmont lo registrara más temprano y regresara al castillo, dejando solo a Beau, este había decidido explorar un poco.
Había ido desde los establos hasta la muralla del castillo, siguiéndola hasta encontrar una escalinata de piedra tallada en su costado.
Las escaleras llevaban a un estrecho pasadizo que corría por lo alto del muro.
Trepó por los peldaños y luego recorrió toda la longitud de la muralla.
Le llevó más de dos horas. Mientras estuvo allí arriba, descubrió que Arabella no le había mentido sobre lo del puente.
Fuera de la muralla, el foso rodeaba el castillo en un anillo largo e ininterrumpido, y no había nada —ni puente levadizo, ni pasarela— que lo cruzara. Dentro de los muros, los terrenos del castillo parecían infinitos. Había jardines y pastos, graneros para el ganado, campos, un lago y un bosque.
En un momento, se había detenido, contemplando aquella inmensidad ilógica, imposible, y le había parecido que el dominio de Arabella era un universo en sí mismo, contenido y autosuficiente, sin necesidad del mundo exterior. El pensamiento le heló la sangre.
«Arabella no te mintió sobre el segundo puente… y puede que tampoco mienta sobre el túnel», le susurró una voz interior.
Pero Beau la acalló.
Necesitaba que existiera ese túnel.
El camino hasta su habitación era largo y sinuoso, y la linterna que llevaba Valmont apenas lograba ahuyentar la penumbra que crecía en los pasillos y escaleras.
Caminaron en silencio, Beau detrás de su captor, hasta que, al cabo de unos quince minutos, llegaron a la pequeña habitación de la torre.
Mientras Valmont abría la puerta y lo hacía pasar, Beau vio que la cama estaba hecha. En el hogar ardía un fuego acogedor. Había una jarra de agua fresca sobre la mesa y un vaso limpio. Una vela encendida brillaba en un candelabro de hojalata.
La habitación era más limpia, cálida y confortable que cualquiera de los tugurios húmedos donde había vivido entre ladrones y, aun así, detestó la visión. Le hacía sentirse como un animal encerrado en una jaula.
—Si crees que soy tan malditamente peligroso, ¿por qué no me dejas fuera? —preguntó con furia, mientras Valmont le daba las buenas noches—. Haz que duerma en los establos, ¿no? Si soy un riesgo para todos, ¿por qué mantenerme aquí?
El mayordomo no se dignó a responder, pero, cuando la puerta se cerró, murmuró algo. Era difícil escucharlo, por encima del traqueteo de la llave en la cerradura, pero Beau alcanzó a distinguir unas pocas palabras:
—No es por nuestra seguridad, ladrón. Es por la tuya.