Once
ONCE
El castillo abría los ojos por la noche. Cobraba vida en la oscuridad.
Arabella lo oía. Escuchaba los aullidos, las risas, los susurros y los lamentos.
Percival siempre le decía que solo era el viento arremolinándose entre los aleros, o las viejas vigas crujiendo.
Mientras caminaba por los oscuros pasillos, Arabella deslizaba una mano por las antiguas paredes de piedra. Sus dedos quedaban húmedos.
—Solo es una gotera, señora —solía decir Percival, pero Arabella sabía la verdad.
Las paredes habían sido testigos de lo ocurrido en aquel lugar. Habían contenido tanto dolor, tanta pena, que ahora eran ellas las que lloraban.
Fantasmas vagaban por allí, criaturas hechas de recuerdos y remordimientos. Flotaban por los pasillos y las estancias, dejando tras de sí un rastro de tristeza, como una cortesana deja el perfume a su paso.
Y, todo el tiempo, el reloj dorado marcaba las horas, los minutos, los días y los años.
Arabella no podía escapar de su sonido.
Fuera donde fuera, lo oía latir, como si fuera el monstruoso corazón del castillo.
Al pasar junto a una galería, una ventana captó su reflejo: el cuello de su bata de terciopelo azul enmarcándole el rostro, su cabello dorado cayendo sobre la espalda, sus pies enfundados en zapatillas, deslizándose sobre el suelo como un suspiro.
En las alas más apartadas del castillo —lugares a los que ya nadie iba—, las sillas cubiertas con sábanas se alzaban como espectros malévolos, con los brazos extendidos.
Armaduras polvorientas se erguían, como sombríos centinelas en los rincones, cubiertos de telarañas.
Los retratos de severos antepasados la observaban desde sus marcos con mirada implacable.
Avanzando con rapidez por un pasillo lúgubre tras otro, Arabella probaba cada picaporte, asegurándose de que las puertas estuvieran bien cerradas. De vez en cuando, apoyaba una mano o la frente contra alguna, con el oído atento y el cuerpo tenso.
Lady Asonperides las había encerrado.
«Por su propia protección, señora», le había dicho.
Nunca le reveló dónde estaban, por si —en un momento de debilidad— Arabella sentía la tentación de liberarlas. Habían guardado silencio durante su encierro, pero ahora estaban inquietas; Arabella podía sentirlo. Querían salir, deambular de nuevo… Hacerle daño.
No descansaría hasta asegurarse de que ninguna puerta quedaba abierta.
Fue entonces, mientras pasaba del ala este a la oeste del castillo, cuando la escuchó: una canción. El sonido era tan inesperado, tan completamente fuera de lugar, tan hermoso, que se detuvo en seco. Nadie cantaba. No, allí. Ya no.
Oh, canción del sol naciente, y canción del rocío.
Oh, canción de las aguas…
Era una voz masculina, tan cálida y rica, como una cinta de caramelo derretido.
Más española que francesa.
Arabella reconoció la letra: Las montañas de Canigou ; una vieja canción, dulce y triste, que la gente de los Pirineos solía cantar.
El canto se hizo más intenso.
Arabella comprendió que provenía del exterior y corrió hacia una ventana.
Mirando hacia abajo, vio a un hombre de hombros anchos, cruzando el patio, en dirección a la cocina, con la linterna en la mano.
—¿Valmont? —susurró, sorprendida ante la idea de que su severo mayordomo cantase.
Pero no.
Era otro hombre. Más joven y de figura esbelta, que caminaba tras Valmont a paso tranquilo, con las manos en los bolsillos y los hombros encogidos por el frío.
—El ladrón —murmuró Arabella.
Valmont lo escoltaba de vuelta, desde las caballerizas.
La luna derramaba su luz sobre él, trazando vetas de plata en su negro cabello, resaltando los ángulos de su rostro, hundiéndose en sus ojos oscuros e impenetrables.
—Es un hombre de una belleza poco común —dijo una voz a su espalda.
Arabella dio un salto y se apartó de la ventana, turbada.
Una mujer estaba de pie en las sombras, a pocos pasos de ella.
—Me ha asustado, lady Asonperides.
—El más hermoso de todos, diría yo —añadió Asonperides, acercándose. Sus finos labios se curvaron en una sonrisa de pesar—. Pero, a diferencia de los demás, él está atrapado aquí, querida. Por tu culpa.
Arabella se estremeció. Las palabras de Asonperides le arañaron el corazón.
—No fui yo —protestó—. Lo sabes. Yo prohibí que se levantara la reja.
—¿Y acaso importa quién lo hizo? —replicó Asonperides—. Lo único que importa es por qué . Y solo imagina lo que ocurriría si él llegara a descubrirlo.
Arabella percibió la amenaza velada y se irguió, altiva.
—No se lo dirás. Te lo prohíbo.
Asonperides se llevó una mano al pecho.
—¿Yo? Jamás, Su Gracia.
Arabella volvió a la ventana, buscando con la mirada otra visión del ladrón, pero ya había desaparecido.
Asonperides extendió su mano —los dedos curvados como ramas desnudas en invierno— y acarició el cabello de Arabella.
—La cena es en una hora. Ven, debemos vestirte.
—Aún no. No he terminado aquí.
—Te esperaré —dijo Asonperides, y se marchó.
Arabella permaneció un momento más junto a la ventana, para proseguir al poco con su camino por el pasillo oscuro, probando puerta tras puerta, asegurándose de que todas estuvieran cerradas.
El extraño resplandor que había sentido hace un momento en el corazón se desvaneció.
Ahora se sentía pesada. Hundida. Como un cadáver en el fondo de un lago, mirando hacia arriba con ojos vacíos, a un cielo oscuro y lejano.