Belleza Feroz Diez
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Diez

DIEZ

—¿La cocina? Perfecto. Tomaré una tortilla, Monty —dijo Beau—. Con pimientos y cebolla, por favor. ¿Y un poco de pan tostado también?

—Cierra la boca —gruñó Valmont, empujándolo hacia delante.

Un nuevo dolor le recorrió el brazo; Valmont aún se lo tenía torcido a la espalda.

Caminaban por la cocina del castillo, una estancia más grande que la mayoría de las mansiones en las que Beau había trabajado.

Vio a un chef con gorro blanco removiendo un caldo en una enorme olla.

Un chico adolescente pelaba y picaba verduras; otro salía de la despensa cargando un saco de harina al hombro.

Una mujer, con las mangas de la blusa arremangadas y el cabello recogido en un pañuelo, amasaba pan sobre una mesa de mármol. Sus ojos siguieron a Beau.

Valmont le dio otro empujón y esta vez Beau perdió el equilibrio y cayó, liberándose del agarre de su captor. Aterrizó con torpeza a cuatro patas, a unos pocos metros de una larga mesa de trabajo de madera y de las grandes cestas de mimbre llenas de cebollas, zanahorias y patatas que la rodeaban.

—Levántate —ordenó Valmont.

Beau se agarró al borde de una cesta y se impulsó para ponerse en pie.

Se movía despacio; estaba cansado y hambriento.

Y estaba alterado. Muy alterado. Por Arabella, que le había dicho que no había forma de salir de aquel sitio, y por la cortesana desquiciada que le había lanzado una copa a la cabeza.

Pero sabía que no podía dejarse dominar por sus emociones; debía mantenerse alerta.

—En serio, Monty, ¿alguna posibilidad de conseguir algo de comida? —preguntó, ya de pie.

La expresión tormentosa de Valmont se suavizó. Hizo un gesto hacia un taburete, junto a la mesa de trabajo.

—Siéntate ahí —le ordenó y se volvió hacia la mujer que amasaba—. Camille, prepara un desayuno para nuestro invitado.

Beau se acomodó.

El muchacho que pelaba verduras se acercó a Valmont, para pedirle ayuda con un grifo atascado.

Este advirtió a Beau de que no se moviera y siguió al chico.

Camille se limpió las manos en el delantal, tomó una taza del estante, la llenó de café, de una tetera esmaltada y se la entregó a Beau sin decir una palabra.

—Gracias —dijo, sosteniendo la taza con ambas manos. El café estaba caliente y fuerte, y le devolvió un poco de vida.

Mientras bebía, Camille sacó un panecillo de una cesta y lo partió con destreza. Untó mantequilla en ambas mitades y cortó unas lonchas de jamón y queso, de los restos del desayuno de los sirvientes.

Beau la observaba mientras trabajaba, hasta que fijó su atención en Valmont y en el chico del grifo, en el cocinero en su fogón, en un niño pequeño, que giraba un asador, y en una doncella que lustraba un par de botas. Lo veía todo, excepto lo que realmente buscaba.

No creía a Arabella. Sabía que debía haber un túnel bajo el castillo, y que la entrada estaba en la bodega.

«¿Dónde está la puerta?», se preguntó, alzando el cuello.

Parecía una jirafa, pero, por suerte, todos estaban demasiado ocupados para notarlo.

Justo cuando iba a rendirse, vio pasar de nuevo al chico del saco de harina, pero esta vez con una cesta en una mano y un farol en la otra, antes de desaparecer por un pasillo.

Beau dejó la taza sobre la mesa y su corazón empezó a latir más rápido.

«Va a la bodega a buscar algo, —razonó—. ¿Para qué más llevaría una cesta y un farol?».

—Toma.

La voz lo sobresaltó. Era Camille. Había terminado su bocadillo y lo había envuelto en un paño de cocina limpio.

—Toma —repitió, tendiéndoselo.

Beau lo cogió y desplegó su sonrisa más deslumbrante; esa que nunca fallaba para derretir corazones. Con Arabella no había funcionado, pero ahora, justo frente a él, tenía una segunda oportunidad. Iba a halagar a la pequeña panadera, a adularla, para sonsacarle información.

—Gracias, mademoiselle —empezó.

—Es madame , y los dos lo sabemos —replicó Camille con frialdad.

La sonrisa engreída de Beau se desvaneció, pero insistió:

—Es muy amable de su parte apiadarse de un pobre prisionero. Yo soy…

Camille lo interrumpió con brusquedad:

—¿Crees que eres el único?

Beau ladeó la cabeza, sin comprender, hasta que lo entendió: si él no podía salir de allí, tampoco los demás. Una punzada de culpa le mordisqueó la conciencia con sus dientes de rata. La espantó enseguida. Si alguien debía sentirse culpable, era Arabella.

—Sí, el puente… —empezó a decir.

—Sí, el puente —lo imitó Camille—. Ese que tú y tu jauría destruisteis.

—Eh, nosotros no… —Intentó justificarse.

—¿No qué? ¿Pensasteis? ¿Os importó? ¿Os dio igual? No, claro que no. Veinte caballos sobre un puente podrido… ¿Qué esperabais que pasara? —Camille negó con la cabeza, llena de desprecio—. No sabes dar nada, ¿verdad, ladrón? Solo sabes quitar.

El comentario le dolió, igual que el de Arabella, pero no iba a dejar que esta panadera insolente lo viera sangrar.

—Oh, qué cruel —dijo con fingida ironía.

Los ojos de Camille se entrecerraron. Estaba a punto de soltarle una buena, cuando Valmont reapareció.

—Vamos —ordenó con brusquedad y, por una vez, Beau se alegró de verlo.

Camille bajó la cabeza y volvió a su masa, golpeándola con tanta fuerza que la mesa tembló.

Beau se levantó, con el bocadillo aún en la mano.

Esperó a que Valmont lo sujetara de nuevo, pero el hombre pareció concederle el beneficio de la duda esta vez.

Caminaron en silencio, separados por un paso de distancia, saliendo por la puerta trasera de la cocina, atravesando un patio amurallado donde había un huerto —ahora empapado y dormido—, hasta llegar a las caballerizas.

—Los establos necesitan limpieza. Toma… —dijo Valmont, entregándole una horca—. Ponte a trabajar. No me hagas arrepentirme de no haberte encerrado.

En cuanto Valmont se fue, Beau tiró la horca al suelo.

—Limpia tu propia mierda, Monty —murmuró y se sentó en una caja de pienso. Desenvolvió el bocadillo del paño y se lanzó sobre él.

Como todo aquel que ha pasado hambre, sabía que había que comer deprisa, antes de que alguien más grande y fuerte te lo quitara. Cuando terminó, se limpió la boca con el paño y se recostó contra la pared.

—En cualquier momento… —dijo.

Pasaron un par de minutos. Luego cinco. Diez.

Beau canturreaba mientras esperaba, dejando que su mirada vagara.

Los caballos, curiosos, asomaban la cabeza por encima de los establos, parpadeando ante el ruidoso recién llegado.

Al fondo del pasillo, había una guarnicionería, y a través de la puerta abierta podía ver una fila de sillas de montar.

Allí tenía que haber toda clase de herramientas útiles —lesnas, ganchos, limas, tijeras—. Iba a servirse él mismo.

Unos pasos —varios pares de ellos para ser exactos, viniendo del patio exterior— lo sacaron de sus pensamientos.

—Vaya, os lo habéis tomado con calma —murmuró.

Se encogió de hombros, se quitó la chaqueta, la colgó en un gancho y tomó la horca.

—¿Dónde está? —Tronó Valmont, irrumpiendo en el establo como una tempestad.

Beau metió las púas de la horca bajo un montón de estiércol y lo volcó en una carretilla, fingiendo que llevaba rato trabajando. Puso cara de desconcierto cuando Valmont se acercó a él. Detrás del capataz había dos jóvenes que Beau reconoció de la cocina.

—Sé que la tienes. Entrégala. Ahora.

Beau se apoyó en el mango de la horca.

—Estás siendo muy enigmático, Monty. Entregar, ¿qué?

—Henri, sujétalo. Florian, regístralo —ordenó Valmont.

Henri, bajo y robusto, le agarró los brazos y se los echó hacia atrás.

Florian, alto y delgado, empezó a palparlo, recorriéndole el torso, metiendo las manos en los bolsillos, tanteándole la cintura.

—Con calma, amigo —protestó Beau cuando el otro le palpó los pantalones—. ¿No prefieres invitarme a cenar primero?

—No lleva nada encima —dijo Florian cuando terminó.

—Quítale las botas —ordenó Valmont.

Florian obedeció, volcó cada bota y las sacudió. Al no caer nada, metió la mano dentro para asegurarse.

—¿Puedo saber qué demonios estamos buscando? —preguntó Beau.

—Lo sabes perfectamente —gruñó Valmont. Sus ojos se fijaron en la chaqueta de Beau; la arrancó del gancho y rebuscó en los bolsillos.

—La verdad es que no —replicó Beau.

Henri lo zarandeó con brusquedad.

—La llave maestra. Percival la dejó sobre la mesa del gran salón y ahora ha desaparecido.

Beau se volvió de golpe y empujó a Henri con fuerza.

—Cuidado —advirtió, sin rastro de burla en la voz—. No tengo vuestra llave. Tal vez la señorita «Susceptible» me la lanzó. O una doncella la barrió, junto con los trozos de la copa. Id a rebuscar en la basura. —Se agachó, cogió una bota y se la volvió a poner.

—No te creo —dijo Valmont.

—Y a mí me importa una mierda lo que creas —replicó Beau, mientras se calzaba la otra.

Valmont, con el ceño fruncido, se dio media vuelta y salió sin decir palabra. Henri y Florian lo siguieron.

Un semental, inquieto por las voces airadas, golpeó con las patas el fondo de su pesebre. Beau se acercó al animal y le acarició el cuello para calmarlo.

—¿Sabes cuál es la primera regla del oficio, amigo?

¿No? Te la diré: nunca te dejes atrapar con el botín encima.

—Se inclinó y susurró al oído del caballo—: Cogí la llave de la mesa del gran salón cuando tiré los servilleteros.

Luego, la solté en la cesta de cebollas de la cocina.

—El caballo relinchó con suavidad, y Beau ladeó la cabeza—.

¿Por qué?, te preguntas. —Le rascó detrás de las orejas—.

Porque pienso largarme de aquí. Esta noche.