Belleza Feroz Nueve
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Nueve

NUEVE

Llevaba una chaqueta de un azul huevo de petirrojo, de corte impecable y ribeteada con trenza negra, y una falda de montar del mismo tono oscuro.

Su cabello dorado estaba recogido en un moño perfecto.

De sus orejas colgaban un par de perlas sin tacha.

Su espalda era tan recta como una espada, y su porte… regio.

Pero fue su rostro lo que dejó a Beau sin palabras.

La luz del sol, que entraba a raudales por las ventanas, jugaba sobre su hipnotizadora geometría. Beau vio los amplios planos y ángulos de sus pómulos, la firme línea de su mandíbula y el arco completo de sus labios rojos. Vio sus hermosos ojos grises —fríos, escrutadores, fieramente inteligentes.

Y esos ojos lo miraban a él.

Había planeado encantar a la dueña del castillo, hacer que le temblara el corazón con sonrisas sedosas y palabras de satén, jugar con ella como había hecho con todas las mujeres que había conocido… Pero fue él quien acabó hechizado.

—Haz una reverencia, zoquete —ordenó Valmont. Le agarró la nuca y trató de obligarlo a inclinar la cabeza.

El contacto brusco rompió el hechizo.

Beau le apartó la mano de un golpe y se irguió.

—Acércate —dijo Arabella, con un ademán de su mano enjoyada. Ya no lo observaba.

—No, gracias —replicó Beau, desafiando su tono imperioso—. Estoy bien dond… ¡Ough!

Un empujón de Valmont lo hizo trastabillar. Casi cayó de bruces, pero logró sostenerse en una silla. Las risas estallaron entre la corte de Arabella, pero Beau las ignoró. Lanzó a Valmont una mirada asesina y avanzó hasta la cabecera de la mesa.

Si Arabella había visto su torpeza, no lo demostró.

Su atención estaba fija en un libro abierto, junto a una taza de porcelana llena de café negro.

Cerca del ejemplar había fuentes de irresistible comida, y el estómago de Beau gruñó al ver los brioches dorados y mullidos como almohadas, cruasanes quebradizos, rebosantes de chocolate y magdalenas de manzana cubiertas con una lluvia de streusel .

También había huevos revueltos con cebollino, salchichas relucientes de grasa y tiras de beicon crujiente.

Arabella cerró el libro cuando Beau se acercó.

Él echó un vistazo al lomo: Los antiguos edificios de Atenas .

Arabella dio un sorbo a su café, dejó la taza y se recostó en la silla, mirándolo con aquellos hipnóticos ojos. Beau sabía que tenía un aspecto terrible; lo había visto reflejado en el escudo. Estaba sucio, sudado y desaliñado. Su pelo era un auténtico pajar.

«Tu cara es tu fortuna, chico. Y la mía también», solía decir Raphael, pero, si eso era cierto, en ese momento estaba en bancarrota y, el darse cuenta de ello, lo hizo encogerse un poco bajo aquella mirada penetrante.

Finalmente, habló.

—¿Cuál es tu nombre, ladrón? —preguntó con voz gélida.

Beau alzó la barbilla.

—Beauregard Armando Fernández de Navarre —respondió—. Beau, para abreviar.

— ¿Beau? —repitió Arabella, mirándolo de arriba abajo—. No hay nada beau en ti, Beau.

Sus damas rieron, y Beau se estremeció. El insulto le dolió, así que hizo lo que siempre hacía cuando alguien lo hería: herir más profundamente.

—Supongo que eso nos deja igual —soltó—. Porque no hay nada belle en ti, Ara- bella .

Era una mentira a medias. Arabella era hermosa, pero su frialdad y desdén la volvían menos hermosa.

Mentira o no, sus palabras le habían llegado. La furia centelleó en sus ojos, aunque desapareció tan pronto como surgió, sepultada bajo el hielo.

—¡C-cómo te atreves! —farfulló Percival, indignado—. ¿Quién te crees que eres? ¡No eres más que un ladrón! ¡Valmont, llévalo de vuelta al calabozo!

«No eres más que un ladrón…».

Las palabras resonaron en los oídos de Beau; su veneno amargo goteó hasta su corazón, quemándolo. ¿Cuántas veces las había oído antes? De alguaciles y jueces, de tenderos, del maestro, del sacerdote…

«Una paliza es poco para ti, chico. No eres más que un ladrón…

No hay sitio para ti en mi escuela, chico. No eres más que un ladrón…

No eres bienvenido en esta iglesia santa, chico. No eres más que un ladrón…».

El sonido de los pasos de Valmont acercándose los acalló.

Beau apartó el dolor. Le quedaban apenas segundos antes de que el hombre lo atrapara.

—¿Por qué estoy prisionero? —exigió, sosteniendo la mirada de Arabella—. No tienes derecho a retenerme.

Valmont estaba a solo unos pasos cuando Arabella alzó la mano, deteniéndolo.

—No eres un prisionero —dijo.

—Ah, ¿no? —replicó Beau—. Ugh… —Inclinó la cabeza—. Entonces, ¿qué soy? ¿Un huésped de honor? Debo de serlo, porque me habéis dado la suite de la torre. Con una puerta que se cierra desde fuera.

—Te encerré porque no puedo permitir que un criminal violento deambule libremente por mi castillo —respondió Arabella—. Debo velar por la seguridad de mi casa.

—¿Criminal violento? —se burló Beau—. ¡Solo cogí un par de servilleteros! —Los sacó del bolsillo y los dejó caer con un golpe sobre la mesa—. ¡Y ni siquiera me los llevé! Lo cual significa que no los he robado. Técnicamente. Así que déjame ir.

Arabella se sirvió más café.

—Me temo que eso es imposible.

Una imagen fulguró en la mente de Beau: Matteo, su cuerpo sacudido por la tos.

—¿Por qué? —preguntó, con una nota de desesperación en la voz—. ¿Por qué es imposible?

—¡Porque los idiotas que te acompañaban destruyeron el puente!

Las palabras no salieron de Arabella, sino de la mujer vestida de carmesí. Agarraba los brazos de su silla y lo miraba con tal furia desnuda que Beau dio un paso atrás.

—Basta, lady Ari —advirtió lady Asonperides.

—No puedo quedarme aquí. Tengo que irme ahora, antes de que la nieve bloquee el paso de la montaña —protestó Beau—. Tiene que haber otra salida.

—No la hay —dijo Arabella sin emoción, volviendo la vista a su libro.

—Pero este es un castillo antiguo, construido en la frontera entre España y Francia, dos países que a menudo han estado en guerra.

—¿Y qué?

—Los castillos propensos a ser atacados tienen más de una salida. ¿Pretendes decirme que no hay un segundo puente? ¿Un puente levadizo? ¿Uno peatonal?

—Así es —respondió Arabella, sin levantar la vista—. Exactamente, eso estoy diciendo.

Mientras terminaba de hablar, se oyó un chirrido agudo y molesto. Ari se había levantado de su silla. Asonperides le lanzó una mirada de advertencia y la otra volvió a sentarse, con una expresión de furia contenida.

La desesperación de Beau se tornó pánico. Intentó dominarlo. Perder la cabeza no lo acercaría más a su hermano.

—¿Y un túnel? —insistió—. ¿Bajo el castillo? ¿Cómo, si no, enviaba el señor del lugar un mensajero en caso de asedio? ¿O hacía escapar a una princesa a salvo?

—En este castillo no hay señores —respondió Arabella—. Ni princesas tampoco.

—Mientes —soltó Beau con furia—. Hay un túnel. Tiene que haberlo.

—¡Basta! —gritó lady Ari, golpeando la mesa con tanta fuerza que el plato saltó—. ¿Quieres irte de aquí? ¡Pues construye un nuevo puente y cruza por él!

Beau la miró como si estuviera loca.

—¿Construir un puente? —repitió—. ¿Sobre el foso? ¡Debe de haber veinte pies de caída!

—Treinta —corrigió Arabella, y chasqueó los dedos—. Quítalo de mi vista, Valmont. Encuéntrale algo que hacer. Tiene una deuda que pagar. Sus amigos robaron la mitad de mi plata.

—Llévalo a las caballerizas, ¿por qué no? —indicó con desgana lady Gunezarev—. Algo me dice que se le daría bien palear estiércol.

—Por aquí —dijo Valmont, agarrando a Beau del brazo.

Pero este se soltó y volvió a la mesa, furioso.

—¡Dime dónde está el maldito túnel! —exigió.

Lady Ari saltó de su silla tan rápido, que esta cayó al suelo con un estruendo ensordecedor.

Cogió una pesada copa de cristal de la mesa y la lanzó a la cabeza de Beau.

Falló por apenas un suspiro y fue a estrellarse contra la pared detrás de él, explotando como un fuego artificial.

Las demás damas se agacharon y gritaron.

—¡Podrías haberme matado! —gritó Beau, furioso.

—Detente, Ari —ordenó lady Asonperides—. Ahora.

—¿Por qué has venido aquí? ¿Por qué? ¡No deberías haber venido! —bramó Ari, fuera de sí.

—¡No me digas! —le gritó Beau, devolviendo el alarido.

Arabella levantó la vista del libro. Sus ojos se cruzaron con los de Beau.

—Pobre necio —soltó—. No sabes lo que has hecho.

Beau negó con la cabeza, incrédulo.

—¿Yo soy el necio? ¿De verdad? ¡La necia eres tú, muchacha! ¿Quién deja una reja de entrada levantada a medianoche?

En ese instante, Valmont, que se había acercado sigilosamente por detrás, le agarró un brazo y se lo retorció a la espalda, arrancándole un grito de dolor. Lo poco que quedaba del autocontrol de Beau se hizo añicos.

—¿Dónde estoy? —vociferó—. ¿Qué es este maldito lugar?

—Precisamente eso —respondió Arabella—. Un lugar maldito por Dios.

—¿Y tú? —replicó Beau—. ¿Quién eres tú?

Arabella soltó una risa seca, vacía, como el susurro de los tallos de maíz agitados por el viento.

—Maldita, también. Todos aquí lo estamos, ladrón. —Asintió hacia Valmont—. Llévatelo.

Valmont empujó a Beau hacia delante. Le costó mantenerse en pie, mientras Arabella los observaba marcharse.

En cuanto desaparecieron por la puerta, se volvió hacia Percival.

—Esto es culpa tuya —dijo con dureza—. Has permitido que una banda de ladrones entrara a comerse mi comida y a robar mis pertenencias. ¿En qué estabas pensando?

Percival parecía devastado.

—No sabíamos que eran ladrones cuando les servimos la comida —balbuceó—. Solo intentábamos ser hospitalarios, Su Gracia. Ofrecer refugio a unos viajeros perdidos.

—Eso es mentira, Percival. Sé perfectamente lo que estabais haciendo, todos vosotros, y no lo toleraré. Estáis jugando con la vida de un hombre. Su vida . Averiguaré quién levantó la reja y, cuando lo haga, pagará por ello. Muy caro.

Durante un largo momento, Percival no respondió. Permaneció allí, con las manos entrelazadas delante de él, intentando ocultar la pena en sus ojos. Luego, con voz temblorosa, dijo:

—Mi señora, no puede castigar a alguien por aferrarse a la esperanza.

Arabella cerró los ojos con fuerza, como si luchara contra un dolor repentino y profundo. Pasado un momento, los abrió, se levantó de la mesa y tomó su libro.

—¿Aún tienes esperanza, Percival? —preguntó con frialdad.

—La mayoría de los días, es lo único que me queda —respondió este.

—Qué afortunado eres —dijo Arabella mientras salía de la sala—. Yo la perdí… hace un siglo.