Ocho #2
Mientras Valmont hablaba, Beau se detuvo. Había visto una hilera de escudos colgados en la pared, brillando. Se acercó a uno y se contempló en su reflejo.
—Así que quiere verme, ¿eh? No es ninguna sorpresa —comentó, quitándose una mancha de tierra de la mejilla.
Valmont también se detuvo, con las manos en las caderas.
Beau lo vio en el brillo plateado del escudo y le guiñó un ojo.
—¿Qué mujer dejaría que esto se desperdiciara? —Gesticuló hacia sí mismo, mientras lo decía. Se pasó las manos por los largos mechones oscuros y sus dedos se toparon con un nudo—. ¿Tienes un peine, Monty?
Valmont lo fulminó con la mirada.
—Vamos.
—No pretenderás que me presente así ante tu señora —dijo Beau con una sonrisa insolente—. Pensaba marcharme, pero quizá me quede… El tiempo suficiente para que se enamore de mí y me nombre señor del castillo, solo para echar a tu feo culo al frío.
Valmont juntó una de sus manazas con la otra y crujió los nudillos.
—Camina.
Beau se humedeció los dedos y se alisó un mechón que le caía sobre el rostro.
Todavía sonreía cuando alcanzó a Valmont, pero, en cuanto este se giró, la sonrisa se borró.
Todo había sido una farsa: pavonearse, arreglarse, provocarlo.
Beau no se había mirado en el reflejo del escudo, sino que había estudiado la sala, buscando objetos de valor, vías de escape, una ventaja…
Su daga había desaparecido; lo había comprobado.
La única arma que le quedaba era el conocimiento.
Incluso el austero cuartucho donde había dormido le había proporcionado una gran cantidad de información.
El ángulo de los rayos de sol entrando por la ventana le decía que la habitación estaba en el lado este del castillo.
Las paredes curvas, que se encontraba en una torre; la larga escalera, que era una torre alta.
Había contado los escalones y los pisos descendidos para poder rehacer el camino, incluso en la oscuridad.
Valmont condujo a Beau fuera de la armería, por una galería, a través de una sala de música, un estudio, dos salones y hasta las enormes cocinas del castillo. Justo cuando pensaba que nunca llegarían a dondequiera que fueran, desembocaron en el gran salón.
Unas voces airadas los recibieron.
—Los interrogué a todos, mi señora. A cada uno de ellos.
Valmont se detuvo en el umbral.
Beau, que se había quedado unos pasos atrás, se asomó a su lado para ver quién hablaba.
—Todos dicen lo mismo: que no estaban cerca de la puerta fortificada anoche.
La voz pertenecía a un hombre bajo, delgado, de aspecto nervioso, vestido con una chaqueta verde menta y calzones color canela. Estaba de pie junto a la cabecera de la mesa de comedor.
—Parece entonces que la reja se levantó sola. ¿Es eso lo que me estás diciendo, Percival?
Esa voz, joven pero autoritaria, pertenecía a una mujer.
« Lady Arabella», supuso Beau.
Estaba sentada en una silla al final de la mesa, de espaldas a un fuego crepitante. Beau no podía verla —el hombre llamado Percival le tapaba la vista—, pero podía oír sus palabras. Eran frías y medidas, aunque bajo la superficie corría la ira, como un río por debajo del hielo.
—No sé cómo el malhechor consiguió entrar por la puerta fortificada para alzar la reja —insistió Percival, negando con la cabeza—. La puerta permanece cerrada y la llave nunca se aparta de mi vista. Tal vez los ladrones lograron atravesar los muros…, o se colaron por la ventana sobre la entrada.
—O quizá alguien está mintiendo.
Esa era una voz nueva: fría y severa.
Beau estiró el cuello y vio a otra mujer.
Era mayor, y estaba sentada a la derecha de la más joven.
Su cabello, recogido sobre la cabeza, era negro como el azabache.
Su rostro, pálido como la muerte. Sus labios, finos y sin color.
El vestido, de una seda pesada y de buena confección, le pareció de un tono gris plomo apagado.
Otras mujeres ocupaban los asientos alrededor de la mesa. Serían unas dos docenas, calculó Beau. Debían de ser la corte de lady Arabella.
A primera vista, parecía que desayunaban, pero, al observarlas mejor, advirtió que una arrancaba los pétalos de una flor; otra, espantosamente delgada, se mordía una uña con furia; una tercera usaba el tenedor para lanzar bayas a las demás, riendo histéricamente mientras lo hacía.
Su rostro estaba pintado de blanco, como el de un payaso, con cejas negras dibujadas con carbón, círculos rojos en las mejillas y labios en forma de corazón.
Beau intentó no mirarlas, pero su comportamiento era tan extraño que no pudo evitarlo. Era como intentar no mirar una ejecución.
Al cabo de un momento, desvió la vista, buscando el gran reloj dorado. Había desaparecido, oculto de nuevo tras el muro panelado, aunque aún podía escuchar su tictac.
—Averiguaremos quién lo hizo, Percival, y cuando lo sepamos… —empezó la dama de gris.
La mujer que destrozaba la flor la interrumpió:
—Alguien robó la llave, lady Asonperides. ¿De qué otra forma podría haber entrado por la puerta? —dijo con voz estridente. Beau vio que vestía un traje carmesí.
—Entrégala, Percival. Sabandija —escupió la mujer espantosamente delgada, cuyo vestido era del color de la carne desmenuzada—. Eres un mentiroso. Un embustero. No se puede confiar en ti.
—¡Pero la llave no se apartó de mi vista, lady Gunezarev, lo juro! —exclamó Percival.
Beau no podía ver su rostro, pero percibió el dolor en su voz.
—La llave, Percival. Ahora —ordenó la mujer de gris.
Los hombros de Percival se hundieron.
—Como desee, lady Asonperides.
Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó una gran llave maestra de latón y la depositó sobre la mesa. La mirada de Beau se aguzó, y sus dedos de ladrón se crisparon. Era una llave maestra; lo supo al instante por su forma. Abriría todas las puertas del castillo.
Mientras Percival permanecía allí, con la cabeza gacha, las damas continuaban acosándolo, como una bandada de cuervos picoteando un cadáver.
Valmont carraspeó con fuerza, y el sonido bastó para silenciarlas.
—¿Qué ocurre, Valmont? —preguntó lady Arabella, con voz áspera e impaciente.
—He traído al visitante, Su Gracia.
—¿Visitante? —murmuró Beau por lo bajo. Palabras duras se le amontonaron en los labios, pero las contuvo. Si esperaba encantar a la dueña del castillo, para que lo dejara libre, debía usar palabras bonitas.
Entonces, Percival se apartó y Beau vio a una joven, de no más de dieciocho años y, por primera vez en su vida, descubrió que no tenía palabras. Ninguna.
Habían caído de sus labios.
Como monedas entre torpes dedos.