Ocho
OCHO
—¿Cuál es esa, Beau? —preguntó el niño pequeño, señalando hacia el cielo nocturno.
Estaban acurrucados en un pajar intentando dormir, pero la noche era fría, sus vientres estaban vacíos y el sueño no llegaba.
—Esa es Hércules, Matti —respondió Beau—. Uno de los dioses.
—¿Los dioses hicieron las estrellas?
—Sí. Eso creo.
—¿Y esa de ahí?
—La Osa Mayor. El gran oso.
Su padre le había enseñado los nombres de las constelaciones. Hacía mucho tiempo.
—¿Y esa de allí? —preguntó Matti, trazando la silueta con el dedo.
—Esa es la cola del oso. Algunos la llaman el Carro. O el Gran Cucharón.
—¿Qué guarda el Gran Cucharón?
—No lo sé. Oscuridad, supongo.
—No.
—¿No?
—Guarda cosas buenas, Beau. Y un día los dioses las derramarán sobre nosotros.
Beau giró la cabeza y miró a su hermanito, sorprendido por la fiereza de su voz.
—¿Qué cosas, Matti?
Matti giró la cabeza y lo miró.
—Monedas de oro con chocolate dentro. Naranjas. Almendras garrapiñadas. Y mermelada.
—¿Mermelada? —dijo Beau, riendo.
Matti asintió con solemnidad. Siempre era solemne. Eso preocupaba a Beau, e intentó animarlo:
—Vamos a ponernos perdidos si los dioses nos echan encima mermelada, ¿no crees?
Matti soltó una risita, pero enseguida volvió a ponerse serio y su mirada se perdió en el cielo estrellado.
—Un día, caerán cosas buenas sobre nosotros, Beau. Y entonces, no volveremos a pasar hambre, ni frío. Ya lo verás.
Beau apretó a su hermano contra sí, intentando darle calor.
Quería decirle que un día tendría cosas buenas, que él —Beau— se aseguraría de ello, pero no pudo; el nudo en la garganta no lo dejó.
Siguió la mirada de Matti y vio cómo unas nubes se deslizaban sobre las estrellas.
Oyó campanas tañendo. ¿O eran las campanadas de un reloj?
Un presentimiento lo envolvió. Había algo que debía hacer, algún lugar en el que debía estar. ¿Qué era?
Matti le decía algo, pero no lograba entenderlo. Su voz sonaba lejana. Le tiró de la oreja. Luego le dio una bofetada. Primero en broma, pero después con bastante más fuerza. Hasta que la mejilla de Beau ardió y los dientes le castañetearon.
—¡Ay! —protestó, apartando la mano de su hermano—. ¡Déjalo ya, Matti!
—Me llamo Valmont, no Matti —dijo una voz ronca—. Despierta, ladrón.
Los ojos de Beau se abrieron de golpe. El dulce rostro de Matti había desaparecido y, en su lugar, se inclinaba sobre él un rostro nada dulce: una cara con bigote, cejas pobladas y una nariz que parecía haberse roto una o dos veces.
—¿Qué demonios…? —Gritó, echándose hacia atrás y dándose un golpe en la cabeza—. ¡Ay!
—Levántate —le ordenó el hombre, enderezándose.
Un vértigo irreal envolvió a Beau. Sacudió la cabeza dolorida, tratando de despejarse, pero el movimiento lo empeoró. Una oleada de náuseas se apoderó de él.
«Demasiado vino», le dijo una voz interior. Pero ¿dónde? ¿Cuándo? Los pensamientos le llegaban espesos y lentos, como miel cayendo de una jarra.
Intentando dispersar el mareo, Beau se incorporó sobre los brazos y se miró.
Estaba vestido, salvo por la chaqueta y las botas, tumbado en una cama estrecha de madera.
Había un cabecero detrás de él y un colchón de paja debajo.
Una jarra de agua y una taza reposaban en una mesilla junto a la cama.
En la pequeña chimenea de la estancia brillaban las brasas.
La luz del sol inundaba el espacio a través de una única ventana.
Miró de nuevo al hombre. Con un corte de pelo bastante corto y de aspecto canoso, llevaba una chaqueta azul pizarra, camisa blanca y calzones negros. Al menos veinte llaves maestras colgaban de un gran aro de hierro en su cintura.
—Esta… Esta es una habitación de criados… y tú eres un criado… ¿Es tu habitación? —preguntó Beau—. No, no eres real. Esto es un sueño. Debe serlo. Sigo dormido.
Se frotó la cara con una mano mugrienta y se estremeció al encontrar un enorme chichón en la cabeza.
El repentino dolor lo convenció de que no estaba soñando.
Sonidos e imágenes empezaron a aparecer en su mente como un torbellino: un castillo, un banquete, una bestia.
Su ingenio regresó y, con él, una oleada ardiente de furia.
—Esa cosa… Ese monstruo… ¡Me lanzó contra una pared! —dijo.
—Monstruo, ¿eh? —replicó el hombre—. ¿Salió de una botella de vino?
Beau comprendió que sonaba como un loco.
—Me persiguió… Yo… Me golpeé la cabeza.
—Eso suele pasar cuando uno se atiborra de alcohol y va tambaleándose en la oscuridad.
—No estaba borracho. ¡Me duele la cabeza como el demonio! Hay un chichón…
El hombre cruzó sus fornidos brazos sobre el pecho, con una sonrisa socarrona.
—¿Quieres que te lo bese para que se cure?
—¿Por qué no me besas el culo? —replicó Beau.
Qué desfachatez la de aquel vejestorio. Encerrarlo, burlarse. Mentirle. Había un monstruo. Lo había perseguido. Lo había atrapado. Casi lo mata. ¿O no?
A la fría luz de la mañana, Beau también encontraba difícil creerlo.
Lo que había creído un monstruo, con seguridad no había sido más que un hombre —un guardia con capa de piel, o un cazador—, que había intentado ahuyentar a una banda de ladrones.
Él estaba exhausto tras la larga cabalgada, empapado por la lluvia, medio muerto de hambre, y luego había bebido demasiado.
El alcohol le había jugado una mala pasada.
—Levántate —dijo el hombre—. Te han convocado.
El orgullo estalló en Beau. Estuvo a punto de contestar que él no era el criado de nadie, pero se mordió la lengua. Al parecer, ahora era un prisionero, y el orgullo no lo liberaría; la astucia, sí.
Se incorporó del todo y lo lamentó al instante. La cabeza le martilleaba. Se le escapó un gemido, y alzó de nuevo la mano hacia el chichón.
—Duele, ¿eh? —preguntó el hombre.
Beau no dijo nada, pero dejó de frotarse la cabeza. El hombre no era un amigo, y no convenía dejar que un enemigo viera que estaba herido.
«Los lobos solo rondan a los débiles», decía siempre Raphael.
«Raphael…».
El resto de la noche irrumpió en el cerebro de Beau como una avalancha.
Raphael, Rodrigo, Antonio, los demás… lo habían abandonado después de que el puente cediera. Habían cabalgado sin mirar atrás, dejándolo allí, para convertirse en prisionero. O en un muerto.
«¿Por qué te sorprendes?», se dijo a sí mismo. Sabía mejor que nadie que no debía confiar en los demás. Ni siquiera en aquellos que se hacían llamar familia.
Era lo peor que podía haberle ocurrido, y los helados dedos del miedo le arañaron el corazón. Sin embargo, una oleada de euforia los derritió, al comprender que lo peor también era lo mejor.
No planeaba subir a un barco en Barcelona con los otros.
Su idea siempre había sido escapar. De la vida de ladrón. De Raphael.
Había planeado huir una noche, mientras los demás dormían. Iría a buscar a Matti y se esconderían en algún pueblo sin nombre, donde nadie pudiera encontrarlos.
Ya había intentado marcharse una vez. Hacía mucho. Pero Raphael lo había atrapado. Aún podía saborear la sangre en la boca tras la paliza; aún oía las palabras del Señor de los Ladrones, de pie sobre él: «¿Irte? Nunca te irás, chico. Yo te salvé, ¿recuerdas? Ahora me perteneces».
Raphael lo había salvado. Lo había alimentado, le había dado techo y también le había enseñado. Lo había hecho uno más de su banda. Beau habría muerto en la calle sin él. Y, a cambio, Raphael lo había usado. Como vigía al principio, luego como carterista, después como infiltrado.
«Mi ayuda tiene un precio, chico, —solía decir—. La de todos lo tiene».
Beau alcanzó sus botas y se las calzó. El corazón le latía con fuerza, lleno de emoción. Era casi libre. Seguro que había otro puente para cruzar el foso, o un túnel bajo él. Solo tenía que esperar su oportunidad y luego correr.
Se puso la chaqueta. Sus dedos tantearon el anillo que había escondido detrás del botón; seguía allí. Luego, toqueteó un bolsillo interior, buscando la carta de la hermana María Teresa.
Había desaparecido.
El corazón de Beau dio un vuelco.
Palpó de nuevo el bolsillo; a continuación lo volvió del revés, pero estaba vacío. Registró los demás bolsillos, pero la carta no estaba en ninguno.
La llevaba encima cuando cabalgaba con los otros por el bosque, la noche anterior; recordaba el crujido del papel dentro de su chaqueta. ¿La habría perdido al huir del gran salón? ¿O cuando el puente se derrumbó bajo sus pies? Si era así, estaría en el fondo del foso.
No la había leído. No tenía ni idea de qué noticias contenía. Esperaba que dijera que Matti estaba mejor, pero ¿y si no?
—No —dijo en voz baja. No se permitiría ni siquiera pensarlo. Iría a Barcelona, con carta o sin ella, tal y como había planeado. Y Matti estaría allí esperándolo. Tenía que estarlo.
—¿Qué pasa?
El hombre corpulento estaba en el umbral, mirándolo fijamente, y Beau se dio cuenta de que sus sentimientos se reflejaban en su cara. Maldiciéndose por bajar la guardia, respondió:
—Tengo hambre.
El hombre soltó una carcajada vacía de alegría.
—Un estómago vacío es lo de menos —indicó, saliendo del cuarto.
Beau se abotonó la chaqueta y lo siguió.
Al cruzar el umbral, se encontró en un rellano en lo alto de una escalera de caracol.
El hombre ya iba a mitad de la bajada.
—¡Date prisa! —gritó por encima del hombro—. Llegamos tarde.
—¿Quién me ha mandado llamar? ¿Qué quiere? —preguntó Beau, alcanzándolo.
— Ella. Lady Arabella, la señora de este castillo. Haz bien en recordarlo. Al igual que tu lugar.
Beau se crispó por su tono condescendiente.
—Eh, Fremont… Te llamas así, ¿no? ¿Fremont? ¿Tremont?
—Valmont.
—¿Quién es lady Arabella? ¿Qué es este lugar?
Valmont le lanzó una mirada fulminante, pero no dijo nada.
La sombría escalera desembocaba en un pasillo igual de sombrío, que los condujo a otra escalera que los llevó hasta la armería del castillo: una sala cavernosa, con ventanas estrechas y techos abovedados.
—Por aquí —dijo Valmont, gesticulando con impaciencia mientras Beau se fijaba en las armas y armaduras—. La señora no tiene todo el día. Está desayunando y no suele demorarse.