Belleza Feroz Seis
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SEIS

Nadie, ni siquiera Dios, puede enseñar a un hombre a rezar como lo hace el miedo.

Cuando Beau salió disparado del gran salón, rezó a San Nicolás, patrón de los ladrones. Rezó a San Antonio, patrón de las cosas perdidas. Rezó en busca de velocidad. Rezó para que las puertas exteriores siguieran abiertas. Rezó para llegar a ellas, antes de que la bestia lo alcanzara.

Pero los santos no escuchaban.

Corría tan deprisa que no vio la alfombra del vestíbulo, arrugada.

Tropezó con ella y cayó al suelo de bruces.

El dolor le recorrió los nervios como fuego.

Mientras yacía allí, con los ojos cerrados, soltando jadeos fuertes y cortos, una palabra retumbaba en su cabeza como un tambor: levántate, levántate, levántate, levántate…

Con un gemido desgarrador, Beau se obligó a ponerse de rodillas.

El estrépito de la bestia corriendo tras él lo alzó de nuevo.

—Por favor, que no esté cerrada. Por favor, por favor, que no esté cerrada… —jadeó, mientras atravesaba a trompicones el oscuro pasillo.

Se sintió abrumado cuando llegó a las puertas y vio que una estaba entornada.

Cruzó el umbral y la cerró de un portazo, esperando detener a la bestia, o al menos retrasarla. Pero, al girarse, el estómago se le desplomó. El patio estaba vacío: los ladrones se habían ido, y también los caballos.

Entonces, un movimiento atrapó su mirada.

Una docena de hombres, montados sobre caballos nerviosos, se amontonaban ante la puerta fortificada. Gritaban y empujaban, cada uno intentando adelantarse.

Beau no entendía la razón. El arco era ancho. Habían pasado de dos en dos al entrar en el patio. ¿Acaso no habían podido levantar la reja?

—¡Esperad! ¡Esperadme! —gritó. Pero nadie lo oyó; estaba demasiado lejos.

«Puedo alcanzarlos», pensó, echando a trotar con paso rígido y torpe.

Escudriñó el grupo, buscando un caballo sin jinete, buscando a Amar, pero no lo veía. Y entonces, lo encontró: estaba atado al caballo de Miguel.

La amenaza de Miguel resonó en su cabeza:

«Te atraparé, chico. Cuando menos lo esperes. Y, entonces, veremos quién ríe…».

El miedo le atravesó el corazón como una estaca. Miguel había encontrado su oportunidad de cumplir la amenaza y la había aprovechado. No planeaba volver. Ni esa noche. Ni mañana. Ni nunca.

Beau corrió, ignorando el dolor, moviendo brazos y piernas con fuerza. Tenía que llegar hasta los ladrones antes de que cruzaran el puente. Una vez hubieran cruzado, galoparían hacia el bosque y nunca los alcanzaría.

Estaba a medio camino del patio cuando Miguel desapareció bajo el arco.

Solo quedaban dos hombres.

—¡Esperad! —bramó Beau—. ¡Carlos…, Tonio, esperad!

Antonio espoleó su caballo.

Carlos se giró en la silla. Sus ojos encontraron a Beau; le hizo señas para que corriera más deprisa. Pero, al momento, su mirada se movió hacia algo detrás de él y la sangre se le heló en el rostro.

—¡Corre, chico, corre! —gritó, azuzando a su caballo. El animal cruzó el arco.

Beau se atrevió a mirar atrás y las entrañas se le licuaron.

El monstruo estaba en el patio. También corría. Y era más rápido.

Al cruzar sus miradas, la bestia lanzó un rugido desgarrador. Los altos muros de piedra atraparon el sonido y lo amplificaron.

Beau sabía que solo le quedaban segundos para vivir o morir.

Alcanzó la puerta fortificada y descubrió la causa del atasco: no era que la reja no estuviera levantada, sino el viejo puente.

Se desmoronaba bajo el peso atronador de los caballos.

Enormes trozos ya habían desaparecido, tragados por el foso.

Los animales, aterrados, corrían a través de los restos, con las orejas bajas y los ojos desorbitados.

Beau sabía que debía cruzar.

«Ahora».

Inspiró hondo y dio un cuidadoso paso sobre la estructura tambaleante, con los brazos extendidos como un funambulista.

Delante, Carlos y su caballo se acercaban a la orilla opuesta.

Estaban a unos metros de alcanzarla, cuando lo que quedaba del puente se estremeció de manera nauseabunda.

Las tablas de delante del animal se levantaron y cayeron al foso.

El caballo relinchó, tensó las patas traseras y saltó.

Sus cascos delanteros tocaron la hierba; los traseros resbalaron en la roca suelta y, milagrosamente, encontraron apoyo.

Carlos alcanzó tierra firme y giró sobre su silla.

—¡Corre, Beau! ¡Corre, cabrón, corre! —gritó.

Los gemidos del viejo puente crecieron hasta convertirse en un grito de muerte, mientras el tablero temblaba y se balanceaba.

Beau trató de agarrarse a la barandilla, pero se deshizo bajo su mano, cayendo al agua negra.

Las tablas bajo sus pies saltaron y se partieron, lanzándolo hacia atrás.

Cayó de culo y se arrastró hacia atrás. Logró impulsarse hasta el umbral de la puerta fortificada, justo cuando el puente se desmoronaba por completo.

Allí se quedó, horrorizado, viendo cómo las últimas tablas caían al foso, levantando geiseres de agua.

Luego, alzó los ojos hacia la otra orilla, diciéndose que los hombres que estaban allí —hombres con los que había vivido años, hombres a los que había llamado familia— lo ayudarían.

Se dijo que empujarían un árbol caído sobre el foso. O que le lanzarían una cuerda.

Y, durante un largo y desesperado momento, lo creyó.

Hasta que Antonio se persignó.

Hasta que Miguel le sacó el dedo.

Hasta que Raphael dijo:

—Levántate, chico. Muere de pie como un hombre.

Beau los observó, con el estómago revuelto, mientras giraban sus caballos con lentitud y se internaban en el bosque. Luego, se alzó y volvió a cruzar la puerta fortificada.

La bestia lo esperaba en el patio. La luz de las antorchas danzaba en sus crueles ojos. ¿Quería que corriera? ¿Quería hacer la caza más emocionante? No se lo daría. Dio unos pasos hacia la criatura y se detuvo.

«Muere de pie como un hombre…».

Pero no iba a morir. No podía morir. Porque, si él moría, Matti también lo haría. Él era todo lo que el niño tenía.

Beau sabía lo que debía hacer. Atraería a la criatura y luego iría a por su garganta con las manos desnudas. Necesitaba valor y un poco de suerte. Solo tendría una oportunidad.

—Vamos… —susurró.

La criatura empezó a avanzar hacia él.

Beau atrapó su mirada asesina y la sostuvo.

Se acercó más y más, hasta quedar a pocos pasos.

«Más cerca», lo urgía en silencio. «Más cerca…».

La criatura se inclinó hacia él, aspirando su olor.

Beau se negó a darle el placer de su miedo. No se estremeció; no parpadeó. Sabía dónde atacaría. En algún lugar blando y desprotegido. El cuello. El vientre. Tenía que atacar primero, antes de que su sangre rociara los adoquines y sus entrañas le llenaran las botas.

Pero el monstruo eligió otro lugar: uno duro, acorazado, cubierto por una jaula de hueso.

Extendió un brazo y colocó una mano llena de garras sobre el pecho de Beau.

No se lo esperaba y, durante unos segundos, se quedó helado. Solo se movía su corazón, martilleando contra las costillas, marcando el ritmo de su terror.

La bestia lo sentía. Sus garras se apretaron, atravesando la ropa y la piel, hundiéndose, como si fuera a arrancarle el corazón. Levantó las orejas, alerta. Sus labios negros se retrajeron.

«Ahora, —se dijo Beau—. Hazlo. ¡Hazlo ya!».

Movió las manos, apuntando al cuello del monstruo, con la esperanza de destrozarle la tráquea. Fue rápido, el golpe fuerte y certero, y de haber alcanzado su blanco, habría hecho daño.

Pero, una vez más, la criatura fue más rápida. Vio venir el ataque.

Beau oyó un grito de furia. Sintió las garras hundirse en él. Sintió sus pies abandonar el suelo y su cuerpo volar por los aires.

Después, su visión estalló en un resplandor blanco.

Y no sintió nada más.