Cinco
CINCO
Tras el ruido del disparo llegó el crujido del hueso.
Un grito de agonía se alzó, mezclándose con un alarido animal cargado de furia.
La cosa que estaba en la sala con ellos era tan alta como un hombre.
Sus plateados ojos de depredador relucían como el filo de un cuchillo.
Sus colmillos blancos centelleaban bajo la luz de la luna.
Beau alcanzó a distinguir una nariz en forma de hocico, labios oscuros enmarcando una boca cruel.
Potentes músculos se notaban bajo el espeso pelaje.
Garras afiladas se curvaban en los extremos de unos largos dedos.
—Dios mío…, ¿qué es eso?
—¡Es un lobo!
—¡Un monstruo!
—¡El mismo demonio!
La pistola de Raphael yacía en el suelo. Él estaba de rodillas, acunando su brazo derecho. La mano se doblaba en un ángulo nauseabundo por la muñeca. Alzó la cabeza, con los ojos brillando de dolor.
—¡Disparad, cabrones! —Rugió.
Antonio apuntó con su arma, pero, antes de poder disparar, la criatura cayó sobre Raphael y lo levantó de un tirón. Se colocó detrás de él, usándolo de escudo; un brazo fuerte le cruzaba el pecho y una mano con garras le apretaba el cuello.
Con las manos alzadas, la pistola apuntando en alto, Antonio dio unos pasos hacia delante.
—Suéltalo. No queremos hacerte daño.
La criatura gruñó y clavó las garras en el pecho de Raphael. Flores carmesí brotaron en su camisa.
—¡Dispara, Tonio! —chilló Raphael.
Rápido como un rayo, Antonio bajó la pistola y apuntó, pero antes de que pudiera apretar el gatillo, la criatura se apartó de la luz de la luna y entró en la oscuridad, arrastrando a Raphael con ella.
—Déjalo —suplicó Rodrigo—. Perdónale la vida y no volveremos a molestarte, lo juro.
Un sonido surgió de la oscuridad. Gutural. Burlón. La risa de un demonio.
—Ayudadme… —jadeó Raphael.
Mientras las palabras se le atragantaban, Beau sintió una mano áspera cerrarse en la parte trasera de su chaqueta. En un abrir y cerrar de ojos, lo empujaban a través de la oscuridad, demasiado aturdido para sentir miedo.
—¡Lleváoslo! Es joven y tierno. ¡Sabrá mejor! —gritó alguien a sus espaldas.
Entonces, Beau lo entendió; el miedo destrozó su confusión. Intentó clavar los talones en el suelo, pero resbalaron sobre la piedra lisa. Se retorció, tratando de liberarse, y dejó caer la daga.
—¡Déjame! ¿Qué eres…?
La punta de una hoja se le clavó en la espalda, silenciándolo.
—Sigue el juego —susurró una voz en su oído—. Volveremos a por ti.
Era Miguel, ahora sobrio.
La criatura volvió a salir a la luz. Con un movimiento de su brazo, lanzó a Raphael, tambaleándose, hacia sus hombres.
Ramón lo atrapó.
Al mismo tiempo, Miguel le dio a Beau un fuerte empujón. Perdió el equilibrio y cayó de rodillas.
Los ladrones se dispersaron como ratas.
Beau giró la cabeza y los vio esquivar sillas, rodear la mesa del banquete y desaparecer por la puerta.
«Miguel dijo que volverán a por mí», martilleaba su mente. «Pero ¿cuándo?».
Se obligó a mirar a la bestia. Una furia fría y plateada brillaba en sus ojos. La saliva goteaba de sus colmillos.
El miedo de Beau se transformó en terror.
Se levantó de un salto e intentó correr junto a la mesa, pero la bestia previo el movimiento y le cortó el paso.
Giró y corrió hacia el otro extremo, pero no llegó ni a la mitad: la criatura ya estaba allí.
Lo acorralaba, atormentándolo. No tenía arma. Su daga estaba en algún lugar del suelo. Tenía que liberarse y escapar, mientras aún quedara una posibilidad. Pero ¿cómo? ¿Cómo?
«Respira, imbécil, —se dijo—. Piensa».
Inspiró con fuerza y lo soltó despacio. Su corazón se calmó, su cabeza se despejó y se dio cuenta de que lo habían acorralado así muchas veces antes. Perseguido por los matones del pueblo. Cazado por el sheriff . Acechado por su padre borracho y furioso.
Sabía lo que tenía que hacer.
Retrocedió despacio, sin apartar los ojos de la bestia, hasta chocar con la mesa.
Las sillas que antes estaban junto a ella habían sido apartadas o derribadas.
Se movió a lo largo del borde, con las manos a la espalda, los dedos tanteando platos, cucharas, una copa volcada; buscando lo único que necesitaba y no encontraba.
—Vamos, vamos… Sé que estás aquí —murmuró.
Servilletas, un hueso roído, una corteza de pan, cáscaras de nuez…
Y mientras, la bestia se acercaba cada vez más.
Beau olía su pelaje almizclado, empapado por la lluvia; sentía sus ojos clavándose en él, y sabía que solo le quedaban segundos antes de que saltara y le hundiera los dientes en la garganta.
Entonces, sus dedos encontraron lo que necesitaba.
Un objeto pesado, frío y afilado.
Agarró el mango y, con un rugido, Beau lanzó el cuchillo de trinchar.
La hoja falló su blanco, pero el pesado pomo golpeó a la criatura en la cara. Retrocedió unos pasos, solo unos pasos, pero fueron suficientes. Beau saltó sobre la mesa, la recorrió a trompicones y brincó al otro lado.
Y entonces corrió.
Por su vida.