Cuatro
CUATRO
Vestía un traje del color de la medianoche.
Una corbata gris, prendida con una aguja de azabache, cerraba el cuello de su camisa.
Su largo cabello blanco estaba recogido con una cinta negra.
Un par de gafas reposaba en la punta de su nariz.
Detrás de ellas, sus ojos brillaban como dos estrellas oscuras.
Al mirarlos, Beau sintió una extraña e inquietante sensación de que ya había visto a aquel hombre antes, aunque no recordaba dónde ni cuándo.
Miguel, demasiado borracho para tener miedo, se pavoneó hasta llegar al reloj y señaló al hombre.
—¡Eh! ¡Señor! —Chasqueó los dedos—. ¿Qué hace ahí arriba?
El hombre no respondió; en lugar de ello, levantó el brazo en un gesto rígido y entrecortado, y luego giró el torso hacia la campana. Beau vio que sostenía un martillo de plata en la mano y que en los bolsillos llevaba alicates, unas cizallas y un destornillador.
—¡Ja! ¡Es un estúpido muñeco! —exclamó Miguel.
—Entre ellos se reconocen —bufó Rodrigo.
Beau había robado suficientes objetos valiosos para saber que los artesanos solían firmar su obra de formas ingeniosas: añadiendo sus iniciales a una filigrana en un collar, o tallando su propio rostro en la figura de un santo.
Pero el hombre que había hecho aquel reloj había llevado la vanidad más lejos: había firmado su obra añadiendo una figura a tamaño real de sí mismo.
Se sintió atraído por el misterioso relojero. Quería tocar su pálida mejilla de porcelana, sujetarle el brazo y sentir el frío metal bajo la tela. Quería, necesitaba, asegurarse de que aquel hombre no era real.
Justo entonces, los contrapesos del reloj se elevaron, sobresaltando a Miguel, que retrocedió, tambaleándose, tropezó y cayó de culo. Los demás se rieron de él, pero Beau no se unió.
«¿Quién había subido los contrapesos?», se preguntó.
La aguja de los minutos encajó junto a la de las horas en el doce y el relojero golpeó la campana con su martillo.
Las campanadas sonaron como una advertencia para Beau y, cuando la última se apagó, empezó a sonar música: una melodía chirriante y disonante de feria, que llenó cada rincón de la sala.
El raíl arqueado frente al reloj comenzó a moverse.
Las puertas del lado izquierdo del reloj se abrieron con un crujido y de ellas emergió un bufón sonriente, vestido con harapos de dormir y un gorro cascabelero, que saltaba como un loco.
El rubor en sus mejillas y el destello en sus ojos de cristal lo hacían parecer muy vivo.
Pero entonces, Beau vio que también era una figura mecánica, repitiendo los mismos movimientos.
Tras el bufón salieron un mozo de cuadra y una lechera, inclinándose para compartir un beso, antes de apartarse de nuevo.
Una fregona alargaba la mano hacia un dulce, y un pinche de cocina acunaba un gran jamón dorado.
Un guardia erguido paseaba de un lado a otro, fusil al hombro; otro dormitaba en un rincón.
Gatos merodeaban. Perros roncaban. Una rata mordisqueaba una rueda de queso.
Una dama de compañía remendaba un vestido, con la aguja entrando y saliendo, entrando y saliendo.
Una mujer de belleza regia leía a la luz de una vela, las manos cubiertas de anillos y el camisón de seda extendiéndose a su alrededor.
Un hombre apuesto, vestido con una túnica forrada de piel, jugaba al ajedrez con su ayuda de cámara, moviendo su rey dentro y fuera del jaque.
Mientras las figuras avanzaban por el raíl, las puertas del lado derecho del reloj se abrieron.
El bufón condujo la comitiva por ellas y cuando el último —un paje pequeño que llevaba un orinal— desapareció por la oscuridad, la música cesó y las puertas se cerraron con un soplo tan suave y triste que sonó como un suspiro.
Beau observó las puertas cerradas, sorprendido al sentir un dolor en el corazón, súbito y profundo. Los otros ladrones, enardecidos por la codicia, silbaron y chiflaron.
—¿Habéis visto esa túnica de piel? ¡Es mía, muchachos!
—¡Quédatela! ¡Yo me quedo con los anillos de mi señora!
—Nos lo quedaremos todo. ¡Abrid las puertas agolpes! —ordenó Raphael.
Dos de los hombres agarraron una silla pesada y la arrastraron hacia una de las puertas, dispuestos a derribarla.
Estaban haciendo tanto ruido que no oyeron el gruñido gutural, al principio.
Se deslizó en la sala como sangre en el agua, moviéndose sinuoso bajo la ruidosa risa, hasta que fue creciendo, envolviendo a los ladrones como una resaca. Cuando se dieron cuenta de que estaban en peligro, ya era demasiado tarde. Su risa se apagó. Sus gritos murieron.
—¿Qué es eso? —preguntó Ramón, apenas en un susurro.
—Viene de allí —dijo Beau con voz tensa, señalando el vestíbulo de entrada.
Los ladrones habían pasado por él, camino al gran salón. Hacía solo unos momentos, la sala estaba inundada de luz, pero ahora estaba envuelta en sombras.
—Armaos —ordenó Raphael.
Los hombres se lanzaron a por sus armas. Un sonido seco de succión se escuchó por la sala y el fuego se apagó. Una a una, las llamas de las velas se extinguieron. Solo los pálidos rayos de la luna, que entraban por los altos ventanales, iluminaban el gran salón.
—¿Qué demonios pasa? —gritó Rodrigo.
El gruñido se elevó. Fuera lo que fuese aquello que lo producía, se acercaba.
El terror apretó la mano de Beau sobre la daga. Imágenes le golpearon la mente: dientes desgarradores y garras cortantes, heridas profundas y sangrantes.
Una ráfaga de aire frío entró, trayendo consigo el olor a pinos, y entonces la oscuridad de la puerta se abrió como un par de cortinas de terciopelo.
—Madre de Dios —susurró Raphael.
Logró disparar una vez, antes de que la criatura cayera sobre él.