Belleza Feroz Tres
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Tres

TRES

Beau giró en un lento círculo, con los brazos extendidos a los lados, como si buscara mantenerse en pie. Había olvidado sus miedos. Había olvidado que estaba frío y empapado. Había olvidado hasta su propio nombre.

La sala en la que acababa de entrar, el gran salón del castillo, era tan magnífica que lo mareaba.

Su techo abovedado se alzaba hasta tres pisos de altura.

Candelabros de cristal, cada uno tan alto como un hombre, ardían con velas.

Un espejo dorado colgaba sobre la chimenea.

En tres de las cuatro paredes había tapices, tan grandes como las velas de un barco, y decenas de retratos.

La cuarta pared, artesonada en caoba, estaba desnuda.

En un rincón, una gran caja de música, de plata, sonaba.

Pero lo más maravilloso de la sala era una larga mesa de ébano que se alzaba en el centro, puesta con fina porcelana, lino tan blanco como la nieve y plata reluciente; parecía sacada de un cuento de hadas.

A los ladrones apenas les llamó la atención la belleza de la mesa; sus ojos estaban fijos en la montaña de comida que la cubría.

Era un festín digno de reyes.

Un enorme asado de ternera, ya cortado en lonchas, reposaba en una bandeja.

Aves de caza, con la piel tan crujiente que parecía que se quebraría al tocarlas, estaban dispuestas en otra fuente.

Altos pasteles dorados de venado y faisán se erguían como torres.

Pescados a la parrilla brillaban bajo mantequillas de hierbas derretidas.

El vino centelleaba en decantadores de cristal.

Miguel se relamió los labios.

—¡Mira todo eso! —exclamó. Sus ojos de cabra se movieron con cautela por la sala. Se llevó las manos a la boca y gritó—: ¡Hola! ¿Hay alguien ahí?

—Idiota. Claro que hay alguien —dijo Antonio—. ¿Acaso crees que ese asado se puso solo sobre la mesa?

—¿Para quién es todo esto? —preguntó Beau.

—Para nosotros —respondió Raphael.

Antonio lo miró de reojo.

—¿Y quién lo dice?

Raphael dio una palmada sobre la pistola que llevaba en la cadera.

—Lo digo yo.

Eso fue todo lo que los hombres necesitaron escuchar. Cayeron sobre el banquete como lobos sobre un cordero. Algunos ni siquiera esperaron a sentarse antes de arrancar muslos de pato o ensartar lonchas de ternera con sus dagas. Hambrientos, tras la larga y penosa cabalgada, devoraban con ferocidad.

Beau, acostumbrado a los guisos grasientos y chuletas quemadas que cocinaba Rodrigo, saboreó cada bocado: la riqueza salvaje del faisán, el ácido brillante de la salsa de grosellas que vertió sobre él, el crujido graso de las patatas asadas…

Terminó un plato y se sirvió otro. Lo acompañó con una copa, tras otra, de un buen Burdeos, que sabía a tierra y lluvia, tiempo y secretos.

Tras devorar tres raciones, Beau se recostó en su silla y cerró los cansados ojos. La comida, el vino, el fuego… lo habían calentado por dentro y por fuera. Por primera vez en todo el día, respiró hondo.

No era su culpa que todo hubiera salido tan mal. Él había hecho su parte, y bien. Conseguir trabajo como sirviente en la casa de un rico mercader. Atraer la mirada de su señora. Sonreír, al servirle el plato. Rozar su mano al retirarlo.

Esa misma mañana, cuando su señora había rozado su mano y se la había llevado a los labios, Beau había enviado aviso a Raphael: Esta noche .

Había dejado la puerta de la cocina sin cerrar y, unas horas más tarde, cuando los criados dormían y él y su señora no, los ladrones entraron en la casa.

La caja fuerte cedió enseguida a las manos expertas de Raphael, pero, antes de que pudieran vaciarla, el marido apareció.

Nadie lo esperaba. Había estado fuera durante meses por negocios, pero, de pronto, estaba allí, plantado en la cocina con sus hombres, bramando por comida y bebida.

Los criados saltaron de sus camas y los ladrones fueron descubiertos.

Desenvainaron espadas y cargaron pistolas.

El mercader corrió escaleras arriba hacia la alcoba de su esposa.

Beau corrió hacia la ventana. Afuera, los caballos los esperaban, ocultos en el bosque.

Los hombres del mercader fueron rápidos, pero los ladrones lo fueron más.

Saltaron a sus sillas y huyeron, deslizándose como humo entre los árboles.

Tuvieron suerte de salir vivos de la mansión del mercader, y agradecieron esa suerte, pero la gratitud no los sacaría de Francia, donde los buscaban.

Esa gratitud no los llevaría a través de las agrestes tierras fronterizas hasta España y luego hasta la costa, y Barcelona.

Desde allí, Raphael esperaba encontrar un barco con rumbo a Estambul, Tánger o Mombasa; a algún puerto abarrotado donde a nadie le importara quiénes eran o qué habían hecho.

Ese era el plan, pero los pasajes por mar costaban dinero, y apenas habían conseguido llevarse un pequeño saco de monedas de plata de la caja fuerte, antes de ser descubiertos.

Ahora Rodrigo maldecía el tiempo perdido.

—Antes de llegar a Barcelona tendremos que cruzar las montañas, y casi es invierno —dijo—. Necesitaremos abrigos. Mantas. Comida para nosotros y para los caballos. ¿Cómo vamos a pagarlo? Estas cosas no se compran con palabras ni con deseos.

—Tampoco las mujeres bonitas —indicó Miguel, borracho—. ¡Y Barcelona está llena de ellas!

Beau abrió los ojos. Fingió seguirles el juego. Sus planes incluían a su hermano pequeño, no un barco, pero nadie debía saberlo.

—Bueno, eso es un gasto menos del que preocuparnos —señaló, lanzando un trozo de pan a Miguel—. Aunque robásemos a cincuenta mercaderes, no tendríamos suficiente oro para que una mujer te sonriera.

—¡Bastardo! —gritó Miguel. Le devolvió el pan, pero falló.

Beau rio y le sacó el dedo. Miguel se levantó tambaleante y echó mano a la daga, pero Antonio, sentado junto a él, lo agarró y lo sentó de nuevo en la silla.

—Basta —le advirtió.

Raphael, royendo un hueso, miró a Beau y Miguel, pero no dijo nada. Permaneció sentado en su silla, en la cabecera de la mesa, con los ojos entornados e inescrutables. Su silencio puso en guardia a Beau. Como un lobo, Raphael siempre callaba, justo antes de atacar.

Los hombres siguieron atiborrándose hasta que ya no pudieron más.

Algunos se aflojaron los cinturones; otros se recostaron en sus sillas y eructaron.

Beau desabrochó su chaqueta. Miguel se levantó tambaleante y orinó en un rincón.

La caja de música se había detenido y ahora se oía un tictac, amortiguado y bajo, como el de un reloj, en otra sala.

La punzante inquietud que Beau había sentido, apagada por el festín durante un rato, regresó. Apartó el plato y se irguió. Sus ojos recorrieron las puertas en penumbra de la sala.

«¿Cómo había llegado allí toda esa comida? ¿Quién la había cocinado? ¿Dónde estaban?», se preguntó.

—No deben de ser muchos —comentó Raphael, como si leyera sus pensamientos—.

Un viejo, quizá. O una viuda. Un puñado de criados.

—Arrojó el hueso roído sobre el plato y se limpió las manos grasientas en el mantel—.

Estaban a punto de cenar, pero nos oyeron llegar y se escondieron.

No nos darán problemas. —Una sonrisa helada curvó sus labios—.

Pero nosotros sí se los daremos a ellos.

Quiero todo lo que podamos cargar. Coged la plata.

Arrancad los tapices. Luego, dispersaos y encontrad la caja fuerte.

Miguel había vuelto, tambaleándose, a la mesa, para servirse más vino. Al oír a Raphael, vació la copa de un trago y la lanzó al suelo.

—¡Seremos los reyes de Barcelona! —vociferó, mientras se hacía añicos.

Los ladrones prorrumpieron en vítores. Engulleron más vino. Comieron pastelitos y se chuparon la grasa de los dedos. A continuación, se pusieron manos a la obra.

Miguel recogió cuchillos y tenedores, como si fueran un manojo de trigo. Antonio se metió un cucharón de plata por la camisa. Beau deslizó un par de aros de servilleta enjoyados en su bolsillo.

Raphael arrancó una rosa roja de un jarrón y pasó el tallo por un ojal de su chaqueta.

Luego, se irguió y adoptó una pose, con la mano dentro de la casaca y la barbilla arrogante, como los grandes aristócratas de los retratos.

Sus hombres rieron, golpeándose unos a otros con el dorso de las manos.

Bulliciosos y achispados, presumieron a gritos de las pistolas finas y los calzones elegantes, las botas suaves y los pendientes de oro que comprarían en Barcelona.

Beau estaba a punto de coger un pimentero de plata cuando lo sintió.

Comenzó como un leve estremecimiento, como si el propio castillo se desperezara y despertara, y luego se transformó en un retumbar bajo.

Pudo percibir las vibraciones bajo sus pies, que ascendían por su cuerpo, sacudiéndole los huesos.

Los prismas colgantes de los candelabros se balancearon y chocaron con un tintineo cristalino, semejante a la risa de un hada oscura.

Observó a los demás; estaban paralizados.

Solo sus ojos se movían, tratando de localizar, cautelosos, el origen del ruido.

Un zumbido metálico apareció. Le siguió un chasquido grave.

Ruedas invisibles giraban. Engranajes encajaban.

Y entonces, un crujido, tan seco como un disparo, hizo que los ladrones se agacharan buscando protección.

Pero no era un arma lo que había hecho aquel ruido.

—¡Mirad! —dijo Rodrigo, señalando la pared del fondo, la única desnuda de tapices o pinturas.

Una estrecha grieta, que iba del suelo al techo, marcaba el artesonado por el centro.

Ante los ojos de los hombres, embelesados, los dos lados de la pared empezaron a deslizarse y de la rendija brotó un resplandor dorado.

La abertura era cada vez más amplia y, lo que reveló, le cortó la respiración a Beau.

Dejó la daga sobre la mesa y dio unos pasos hacia delante, embrujado por la pura imposibilidad del objeto que había ante él.

Era un reloj dorado, que ocupaba toda la anchura de la pared y se alzaba sobre tres pisos columnados hasta el techo.

El nivel superior albergaba una gran campana de plata.

El intermedio contenía la reluciente esfera del reloj, hecha de nácar.

Sus manecillas eran de plata; piedras preciosas incrustadas formaban los números.

En los huecos del nivel inferior, un péndulo de plata oscilaba de un lado a otro.

Detrás, pesas de latón colgaban de gruesas cadenas.

—Joder… —murmuró Beau, con los ojos redondos como platos.

El reloj debía medir seis metros de alto por nueve de ancho. A cada extremo se erguía un juego de altas puertas dobles. Un raíl corría entre ellas, formando un semicírculo.

Beau se acercó más. No podía apartar la mirada. Toda aquella plata, aquellas piedras, aquel oro.

El reloj estaba recubierto con finas láminas del metal precioso, unidas con ingenio por diminutos clavos, y había suficiente oro allí para comprar su propio castillo a cada hombre presente.

Los ladrones permanecían en silencio, sus rostros asombrados iluminados por el resplandor dorado del reloj. Raphael fue el primero en romperlo.

—¿Qué se siente, muchachos, al ser tan ricos como Dios? —preguntó.

Beau se acercó aún más al reloj. Echó la cabeza hacia atrás, preguntándose con qué rapidez podría trepar por aquellas columnas doradas.

Y entonces lo vio. De pie, en la plataforma del nivel superior.

Un hombre, alto y pálido, delgado como un suspiro, que lo observaba desde arriba.