Dos
DOS
Era un febril sueño gótico en tonos grises.
Altas agujas se alzaban, perforando el cielo nocturno.
Las torres se cernían sombrías. Arcos puntiagudos enmarcaban ventanas en penumbra.
Un alto muro de granito, ennegrecido por el tiempo y el clima, rodeaba el castillo.
A lo largo de su almenado borde, un ejército de gárgolas gesticulaba y se burlaba con muecas grotescas.
La niebla había desaparecido. La luz de la luna caía ahora, iluminando un largo puente de madera que salvaba un profundo foso y que conducía a la puerta fortificada del castillo. Beau vio que la enorme reja de hierro estaba alzada. Filas de pinchos recorrían su borde inferior.
—¿Quién deja abierta una puerta a estas horas? —preguntó en voz baja—. ¿Dónde están los guardias?
Raphael espoleó a su caballo. Sus hombres lo siguieron. Sus ojos de ladrones avezados se movían con rapidez por muros, arcos y cimas de las torres. Vieron lo que no habían notado en el primer sobresalto: un parapeto derrumbado, torres de vigilancia vacías y una bandera raída.
—No hay guardias. El sitio está desierto —dijo Antonio.
La mirada de Beau se posó en el puente. Al hacerlo, un escalofrío lo recorrió, que nada tenía que ver con el frío. El puente le pareció la lengua de un ogro, y la oscura arcada de la puerta, la boca de ese ogro. Sintió, muy dentro de los huesos, que, si lo cruzaba, sería devorado vivo.
Los demás lo sintieron también.
—Algo no va bien. Deberíamos seguir adelante —indicó Rodrigo.
Raphael escupió al suelo.
—Hablas como una vieja. Los sabuesos han perdido nuestro rastro. ¿Quieres ayudarles a encontrarlo de nuevo? —Clavó los talones en los flancos de su caballo y se adentró en el puente. Uno a uno, sus hombres lo siguieron.
Las viejas tablas de madera crujieron y gimieron bajo el peso de los caballos.
Una, blanda por la podredumbre, se desmoronó bajo la pata trasera de Amar y lo hizo trastabillar. Los fragmentos cayeron al foso con un repiqueteo de salpicaduras.
Precavidos, ante el mal estado del puente, los hombres mantuvieron a sus caballos al paso.
Beau cruzó la puerta fortificada con los primeros jinetes y, aunque reinaba la oscuridad, distinguió la silueta de un torno, cadenas, rollos de cuerda y contrapesos.
Raphael también los vio.
—Decid a los últimos que bajen la reja —ordenó a Rodrigo.
Beau tanteó la empuñadura de su daga. Se estaban arriesgando. Si la reja caía, los hombres que los perseguían no podrían seguirlos. Pero ¿y si el castillo no estaba desierto? ¿Y si necesitaban huir con rapidez?
Un instante después, Raphael se movió y entró en un amplio patio empedrado.
Beau lo siguió de cerca, con los ojos rastreando cualquier amenaza. Esperaba una emboscada. Esperaba hombres aguardando; hombres con pistolas y espadas.
No esperaba ver dos antorchas de hierro ardiendo vivamente a ambos lados de las enormes puertas del castillo, ni ver cómo estas se abrían en ese momento, como si una mano invisible las destrabara.
No esperaba ver la luz de las velas danzando en los ventanales enrejados, ni oír música sonar.
Y los aromas que flotaban en el aire —carne asada, pan recién hecho, nuez moscada y canela— hicieron que su estómago vacío se retorciera con tanta fuerza que se le humedecieron los ojos.
—No es real. No puede serlo —susurró.
Raphael se detuvo un momento, permitiendo que los hombres que habían bajado la reja lo alcanzaran y luego, como en trance, se deslizó de la silla, pasó las riendas por el cuello de su caballo y avanzó hacia las puertas.
El resto de los ladrones lo imitaron.
Uno a uno, dejaron atrás la noche húmeda y entraron en la acogedora calidez, envuelta en una luz danzante.
Beau fue uno de ellos y, al cruzar el umbral del castillo y mirar dentro, sus ojos se agrandaron y su corazón se llenó de algo extraño, algo largo tiempo olvidado, un sentimiento al que ya no sabía dar nombre: asombro.