Belle (Las hijas de Allamont Hall nº 2) 22. Al baile
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22. Al baile

Dos días antes del baile, Lady Sara regresó de su estancia, en Shropshire, con los ojos brillantes y las mejillas sonrosadas, aunque sin el señor Eddington.

—Tenía mucho miedo que no volvieras a tiempo para llevarnos a Brinchester —le dijo Hope—. Temía que no pudiéramos ir.

—Pero si Lady Graham podría haberlas acompañado perfectamente —aclaró Lady Sara.

—Ella no quiere hacerlo —explicó Dulcie—. No cuando está tratando de presumir a Elizabeth.

—Bueno, bueno, ya estoy aquí, así que todo está bien —reiteró Lady Sara.

—¿Viste la casa de Shropshire, mamá? —preguntó Grace—. ¿Cómo es? ¿Es grande o pequeña? ¿Vas a usarla tú misma?

—¡Cuántas preguntas! Hablaremos de ello, en otro momento, pues tenemos mucho que hacer, antes de partir mañana hacia Brinchester.

Debemos empezar a empacar y decidir qué vestidos usarás.

Dulcie, ¿llegaron tus zapatillas nuevas?

Ven, déjame ver cómo está tu armario y con qué podríamos adornar tu cabello.

Ella condujo a las cuatro hermanas menores al piso de arriba para la interesante tarea de extender vestidos, tocados, cintas y zapatillas sobre sus camas.

Amy y Belle se quedaron en el salón de invierno, pues hacía tiempo que habían elegido sus vestidos para la ocasión: Amy porque el señor Ambleside había mencionado uno que le gustaba especialmente, y Belle por la ridícula razón que el señor Burford había admirado a Hope con un vestido parecido.

Belle se sentía muy avergonzada. ¡Qué descarada, decirle abiertamente al señor Burford que quería casarse con él!

¡Casi le había propuesto matrimonio! No tenía ninguna intención de decirle tanto, pero al encontrarse sentada, a su lado, la oportunidad le pareció demasiado buena para desaprovecharla.

¿Quién sabía cuándo tendría otra igual? Al principio, solo pensaba hablarle de James y de todos sus miedos por el futuro, pero de alguna manera todo se le había escapado.

Y quizás era mejor así, porque ahora él podría elegir…

En ese momento, sus pensamientos la atormentaron.

Era una tontería haber siquiera considerado esa idea.

Él elegiría a Hope. La había elegido hacía mucho tiempo, ¿por qué dudar ahora?

Incluso si se sentía atraído por Belle de alguna manera, se castigaba a sí misma con dureza, y si él estaba profundamente enamorado de ella, su conciencia lo mantendría con Hope.

«¿Qué cosas tan terribles dije? Hope... No estará desconsolada por mucho tiempo.

¡Qué cosa tan malvada al decir eso de una hermana!

O incluso pensarlo». Belle se reprochó, una y otra vez, su egoísmo y sus sentimientos tan poco fraternales. Debía...

—¡Belle! ¿Me escuchas? ¿Empezamos a empacar? Hay tanto que hacer.

—¿Para pasar una noche en un hotel? Pero, por supuesto, comencemos a empacar.

El martes, todo quedó guardado en sus baúles.

El miércoles, todo se desempacó y se volvió a empacar frenéticamente, antes que llegaran el carruaje y la diligencia para llevarlos a Brinchester.

Las hermanas de Belle estaban rebosantes de emociones, e incluso su madre estaba más relajada y menos crítica de lo habitual.

Solo Belle estaba sumida en la tristeza, sin nada que esperar salvo una larga tarde viendo bailar a sus hermanas, con Hope al lado del señor Burford.

Entonces, ella tuvo un pensamiento alegre.

Los Drummond asistirían al baile, y seguramente el señor Drummond se apiadaría de ella.

E incluso si no lo hacía, decidió que disfrutaría de la velada de todos modos.

Bailar no era el único placer de un baile.

Podría admirar la moda y reírse de algunos atuendos, habría una buena cena y tal vez algunos momentos de conversación tranquila.

Además, estaba el entretenimiento que ofrecía el hotel y sus huéspedes, el comedor y el simple placer de pasar una noche fuera de casa.

Ninguna de ellas había viajado mucho, pero durante un año entero habían estado atrapadas en casa, sin una perspectiva más amplia, que les permitiera relativizar sus vidas limitadas.

Sí, ella se divertiría, estaba completamente decidida, y no se desanimaría.

La propia Hope rebosaba de felicidad.

—¡Por fin, por fin! —exclamó, mientras el carruaje avanzaba pesadamente por el camino de entrada—. ¡Qué ganas tengo de bailar! ¡Ojalá no me dejen sentada con mamá y Belle! Sería lo peor que me podría pasar, si me dejaran por un segundo... Seguro que alguien me invitará a bailar, ¿no creen?

—Estoy segura que alguien lo hará —respondió Dulcie, riéndose—. Y podemos adivinar quién es.

—¡Oh! Cállate, hermana —expresó Hope—. No debes decir esas cosas.

—Tal vez incluso te pida matrimonio, esa noche —dijo Dulcie—. Después de todo, ya no hay necesidad de esperar.

—Dulcie, hablo en serio —replicó Hope, enojada—. ¡No debes volver a mencionarlo! Todo ha cambiado ahora, ¿y quién sabe cómo acabará esto?

Dulcie la miró fijamente. —¿Qué quieres decir? Todos sabemos cómo va a terminar.

—¡No sabes nada de esto! —exclamó ella, tras un instante de vacilación, y continuó en voz más baja—, el dinero cambia a la gente, no puede ser de otra manera.

El señor Burford ya no será un simple coadjutor, será…

otra persona. Quizás se pavonee con chalecos deslumbrantes, como Sir Osborne Hardy, o tal vez construya una mansión con torres monstruosas y almenas falsas, como el señor Wills.

Belle sintió la necesidad de decir lo que pensaba y lo hizo: —Querida Hope, las personas no cambian en su esencia. Él siempre será el mismo hombre por dentro, aunque cambien las apariencias.

Hope le sostuvo la mirada, durante un largo rato, antes que sus ojos bajaran. —¡Pero, está cambiando! Y hasta que él no decida lo que quiere, nada es seguro. ¿Lo entienden?

Belle sí lo comprendió.

—Además —prosiguió Hope, sin esperar respuesta, mientras sus manos enroscaban y desenroscaban las cintas de su capa—, no quiero ni pensar en…

Bueno, en nada más que en disfrutar. Apenas he salido del colegio, hermana, y mi único deseo es bailar y bailar hasta que mis pies no puedan más...

Quiero ser el centro de atención y que los caballeros hagan cola para sacarme a la pista.

Quiero ir a bailes, fiestas y cenas, y quizás incluso pasar una temporada, en Londres, si tengo mucha suerte.

He esperado años, mi momento de brillar.

¿Soy egoísta por querer aprovecharlo y no pensar en el futuro todavía?

Dulcie se calmó, y Belle percibió un leve destello de optimismo.

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Burford se alojaba en su sitio habitual, una tranquila posada escondida en una callejuela sin pretensiones.

Siempre evitaba las grandes posadas de postas, con su constante bullicio y personajes dudosos.

Red Dragon estaba regentada por una respetable pareja galesa y, aunque, como cualquier posada, había mucho movimiento, solía tranquilizarse por la noche y era bastante más decorosa de lo habitual.

Además, era una posada barata, lo cual siempre había sido una gran ventaja.

Suponía que en el futuro se alojaría en algún sitio más caro, como Royal Oak o White Rose.

Eso le hizo pensar en las señoritas Allamont, que se alojaban en White Rose.

Esa noche se alegraba de no estar allí, para no encontrárselas en el comedor, el vestíbulo o las escaleras.

Comió en el salón común de la posada y luego subió a cambiarse. Normalmente esto no le causaba problemas, pero esa noche estaba inexplicablemente quisquilloso, y el rostro de Samuel adquirió una expresión sombría y decidida.

—Empiezo a pensar que no le interesa para nada ir a este baile, señor —dijo, cuando Burford se quitó otra corbata.

—¡Tonterías! —exclamó Burford, aunque sin mucho entusiasmo.

En realidad, él no estaba nada seguro de sus propios deseos.

Una parte de él anhelaba estar en Assembly Rooms más que nada en el mundo, pero otra parte también estaba aterrorizada.

Sentía, aunque no sabía por qué, que esa noche sellaría su destino, y no estaba seguro de estar preparado para semejante final—. Un intento más, por favor, Samuel.

Esta vez él quedó satisfecho. —Ahora vaya y búsqueme una silla de manos, como un buen tipo, y luego podrá marcharse. No lo necesitaré más esta noche.

Él esperó, en el vestíbulo, su silla de manos con la mente divagando entre Belle y Hope.

¡Si tan solo pudiera decidir por sí mismo qué hacer!

Se sentía como un trozo de madera, a la deriva, zarandeado por la marea, a merced del viento y las olas.

¿Qué le aconsejaría su padre? Pero, esto no servía de nada, pues su padre era muy estricto con las obligaciones, el deber y con cumplir con lo que se esperaba de los hombres de cierta posición social.

Por mucho que quisiera cumplir con su deber hacia Hope, no podía olvidar un par de hermosos ojos que lo miraban implorantes.

«Usted debe elegir, John», le había dicho ella.

«Usted debe elegir». ¡Oh! ¿Qué iba a hacer?