Belle (Las hijas de Allamont Hall nº 2) 21. La capilla de la Virgen #2
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21. La capilla de la Virgen #2

—Con la hija de un granjero, que cometió el error de caer rendida a los encantos de James y se encontró en un buen aprieto.

Como era de esperar, al granjero no le hizo ninguna gracia e insistió en la boda.

Todo se ha mantenido en secreto por miedo a enfadar al primo Henry, lo cual es una tontería, ya que viven a menos de quince minutos, a pie de Willowbye, y deben verse con frecuencia.

¿Cómo es posible mantener algo así en secreto?

Pero James es así. No tiene ni una pizca de sensatez.

Burford consideró muchas posibles respuestas a esta revelación, pero una pregunta era la principal en su mente. —¿Usted está muy decepcionada? —preguntó con cautela.

Él se sintió aliviado al ver una sonrisa.

—¡Oh! No, en realidad no. Habría sido una solución práctica, y me habría encantado vivir en Willowbye, pero en cuanto a James... ¡No! Nunca me cayó bien. Jamás hubo un joven más despreciable.

—Aun así, usted se habría casado con él —dijo él, muy sorprendido—. Seguro que hay mejores opciones, señorita Allamont.

—Si es así, pera no las encontré en siete años de búsqueda.

Así que ahora comprende mi dilema, señor Burford.

Detesto la idea que los pequeños secretos de papá salgan a la luz, en los tribunales, pero no puedo evitarlo, si tengo que intentar convencer a otro jovencito inútil para que me rescate de la soltería.

Al menos James me habría evitado ser objeto de burla, evitando tener que ofrecer mis veinte mil libras a cada soltero codiciado, en un radio de cincuenta millas.

Ella habló con tanta emoción que a él le dolió el corazón.

—Señorita Allamont —replicó él con dulzura—.

No me cabe duda que muchos pretendientes se ahuyentaron por culpa de su padre.

Él era un hombre muy imponente, como usted bien sabe, y muy protector con sus hijas.

Estoy seguro que usted se volverá muy popular, cuando vuelva a frecuentar la sociedad.

Cuando el jueves, un joven tras otro la invite a bailar, no se sentirá tan deprimida.

—¿Popular? —repitió ella con una risa forzada—.

No lo creo. Usted no sabe, no lo puede saber, siendo hombre...

Lo que es ir a un baile y tener que esperar a ser elegida.

No era tan malo cuando solo estaba Amy, pues era la mayor, tan dulce y guapa, que claro que se levantaba para cada baile y rechazaba a varios pretendientes decepcionados.

Pero, luego salieron Connie, Dulcie y Grace, y me di cuenta que a mí nunca me elegían.

Bueno, una o dos veces, claro, cuando no había nadie más, pero casi siempre me sentaba al lado de mi madre e intentaba disimular.

Siempre son los hombres los que eligen, señor Burford, y las mujeres las que esperan con ilusión.

Casarme con James, al menos me habría ahorrado eso.

—Su voz tembló. Suspiró profundamente, bajando la mirada, mientras jugueteaba inquieta con los guantes, que sostenía en la mano, unos guantes de piel que eran tan suaves.

Ella tenía la garganta anudada y no se atrevía a continuar con la conversación.

Ella lo miró de nuevo, parecía a punto de hablar, y luego, con otro suspiro, bajó la cabeza.

—Usted puede… —Él se detuvo con la voz temblorosa. Respiró fuertemente y continuó—, puede hablarme con total libertad, señorita Allamont.

—¿Puedo? —Ella alzó la cabeza con un destello de intensa emoción en los ojos—. Sí, ¿por qué no? Lo que necesito, señor Burford. —Ahora su voz era firme de nuevo—. Es un hombre rico, alguien tan adinerado que la pérdida de mis veinte mil no le suponga ninguna consecuencia.

Ella lo miró fijamente a los ojos, y esta vez fue él quien bajó la mirada. De repente, no pudo respirar.

—Eso resolvería todos mis problemas. Podría pagarle a Jack Barnett y me ahorraría este calvario…

—Hizo una pausa. La voz era temblorosa. Respiró profundamente y siguió—, no tendría que mostrarme en público, junto a cinco hermanas mucho más deseables que yo.

—De nuevo, ella apartó la mirada, alisando los guantes sobre su regazo—.

Espero que me perdone por hablarle con tanta franqueza.

Supuse que ya éramos lo suficientemente buenos amigos como para tomarnos esa libertad. ¿Me equivoqué?

Él negó con la cabeza en silencio.

—Sé que se supone que debo sentarme recatada y esperar, siempre esperando, pero estoy tan cansada de esperar.

Mi padre siempre decía que debíamos esforzarnos, intentar alcanzar la manzana que está justo fuera de nuestro alcance.

A veces, decía: «te caerás de bruces y tendrás que levantarte e intentarlo de nuevo, pero cuando lo logres, la manzana estará mucho más dulce».

Así que estoy intentando alcanzar la manzana, porque no quiero descubrir dentro de diez, quince o veinte años, que podría haberla tenido, si tan solo lo hubiera sabido.

Él no podía fingir que no la entendía. Ella lo observaba, esperando que hablara, pero él no estaba seguro de poder articular las palabras. Ella le ofrecía todo lo que él deseaba saber, pero…

—¿Y qué hay de Hope? —susurró.

—¡Hope tiene dieciocho años! —exclamó ella con repentina pasión—.

Dieciocho años y es preciosa. Salió menos de un mes, antes que mi padre se enfermara.

Dos cenas y una partida de cartas: esa es toda su experiencia social.

Me atrevo a decir que usted es el primer hombre presentable, que ella ha visto en su vida.

Cuando sea adulta, se dará cuenta que hay un mundo de hombres así.

No estará desconsolada por mucho tiempo.

—No deseo en absoluto que sufra una decepción amorosa —aclaró él, en voz baja.

—Entonces, usted debe elegir, John, porque no veo ninguna posibilidad que esto termine bien para todos. Esto no es una novela de biblioteca, donde todo se resuelve, en el tercer volumen. Si me elige a mí, le romperá el corazón a Hope, pero si la elige a ella, me romperá el mío.