Belle (Las hijas de Allamont Hall nº 2) 19. Un cambio en las circunstancias #2
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19. Un cambio en las circunstancias #2

En la iglesia, ella tuvo el placer de escuchar predicar al señor Burford, y fue un sermón excelente, aunque inquietante, pues el pasaje de Efesios trataba sobre la bondad y el perdón.

¿Sentía él la necesidad de ser perdonado?

¿O tal vez estaba pensando en alguna acción futura?

Entonces, se reprendió, a sí misma, por su insensatez, pues seguramente un clérigo podría predicar sobre el perdón sin que su congregación se preguntara qué pecados él había cometido.

Cuando Belle salió de la iglesia del brazo de Amy, acompañada por el señor Ambleside, y delante de los demás, que iban de dos en dos, notó un murmullo inusual entre los aldeanos, reunidos en el amplio camino que conducía a la puerta del cementerio.

Alcanzó a oír el nombre del señor Burford y vio rostros de asombro, incluso varias personas miraron a las hermanas y luego desviaron la mirada rápidamente.

El miedo la invadió. «¿Qué hablan de mí o del señor Burford?

¿Acaso es posible que se sepa del beso que nos hemos dado? ».

No obstante, la verdad era aún más difícil de comprender.

En las veinticuatro horas transcurridas, desde la última vez que lo había visto, el señor Burford se había convertido en un hombre adinerado con una riqueza que ella ni siquiera podría imaginar.

Gracias a un estipendio de un tío y algo de dinero de su madre, ahora contaba con unos ingresos de cinco mil libras al año.

Belle vio la expresión de Hope, al oír la noticia, con los ojos muy abiertos por el asombro.

Belle podía adivinar sus pensamientos, imaginando los carruajes, las joyas y los vestidos elegantes, que tendría, cuando fuera la señora Burford.

Pero entonces Hope se percató que Belle la observaba, e inmediatamente bajó la mirada.

¡Pobre Hope! A Belle le dolía el corazón por ella, pero solo el señor Burford podía devolverle la alegría.

Ella misma no sabía expresar lo que sentía.

Felicidad, pero también tristeza, pues seguramente el señor Burford abandonaría la iglesia y el vecindario para establecerse en un lugar más adecuado.

Sin embargo, cuando le estrechó la mano, a la salida de la iglesia, y lo felicitó por su buena fortuna, esperaba que su rostro reflejara únicamente alegría.

—Ahora puede comenzar a construir su biblioteca, en serio, señor Burford —dijo ella.

Su rostro se iluminó al instante. —Por supuesto que sí.

Creo que ese será mi primer gasto: la compra de algunos libros que me gustaría mucho leer, pero que aún no han llegado a mis manos.

Y cuando tenga mi propia casa, tendré una biblioteca en condiciones, con estanterías altas, escaleras y galerías.

—Y tablas de lectura, de manera que cada libro pueda apoyarse.

—Y lámparas de la mejor calidad —agregó él, riéndose—.

Sus ideas coinciden exactamente con las mías, señorita Belle, pero hoy en día muy pocas casas tienen una verdadera biblioteca, fruto de la lectura apasionada y la colección de generaciones.

Demasiadas son simplemente colecciones de libros, sin mérito alguno, comprados solo para llenar los estantes.

Solo unas pocas de las grandes mansiones poseen una biblioteca digna de tal nombre.

—Tiene que visitar Willowbye —replicó—. La biblioteca no es tan grande, como otras, pero sin duda está diseñada tal como usted la describe.

Ella se percató que él aún le sostenía la mano. Con delicadeza, la retiró, se despidió y se dirigió al carruaje, donde tuvo que soportar, durante todo el trayecto a casa, los elogios de Amy sobre la buena fortuna del señor Burford y las felices consecuencias que esto tendría para Hope.

Aquella noche fue la más extraña que Belle recordaba.

Por una vez, el señor Burford era el único que acaparaba la atención, pero, ¡qué tímidamente la evitaba!

Un hombre como Ambleside imponía respeto, en cualquier lugar, manteniéndose erguido y seguro de sí mismo, siempre dispuesto a expresar su opinión.

Al señor Burford le gustaba esconderse en los rincones, pasando desapercibido. Solo en el púlpito irradiaba autoridad.

Aunque él respondió a todas las preguntas con prontitud: —Mi tío vivía en dos o tres habitaciones de una pensión —dijo—.

Todos mis tíos llevaban vidas tranquilas similares.

No tenía ni idea que fueran dueños de la pensión, y de docenas más parecidas, por todo Londres.

Lugares respetables, donde residen académicos y clérigos jubilados y los demás.

Pero, parece que habían acordado este plan años atrás.

Cada uno dejaría su parte de las propiedades a los demás, y el último me lo legaría todo a mí.

—¿Y usted no tenía ni la más mínima idea? —le preguntó el señor Drummond.

—Ninguna en absoluto. Pensé que podría quedarme con los libros del tío Edgar, cuando falleciera, y sabía que no tardaría mucho, ya que tenía más de noventa años.

—Ojalá tuviera un tío rico y misterioso que me dejara una gran fortuna —replicó la señorita Drummond—.

¡Es tan emocionante! Esperaría unos cuantos libros y de repente me encontraría con una riqueza inimaginable.

Pero, por desgracia, todos mis tíos están tan mal como yo.

Pero... —Ella se rió alegremente al pensarlo sin mostrarse para nada decepcionada.

—¿Pero qué hará usted con todo eso? —preguntó Grace—. ¿Comprará tierras? ¿Una finca?

—Quizás con el tiempo —dijo él con una leve sonrisa.

—Puede permitirse todo lo que quiera —continuó Grace, riéndose—, podría casarse.

Hope y el señor Burford se sonrojaron intensamente. —Sería más que suficiente para mantener a una familia con comodidad —reiteró con una voz apenas audible.

El salón se quedó en silencio, y Belle apenas sabía dónde mirar. No se atrevía a mirar al señor Burford, ni quería ver el triunfo, en el rostro de Hope. Por suerte, la voz tranquila de Ambleside rompió el silencio.

—¿Busca casa en la ciudad? —preguntó—. Es una buena época del año para integrarse en la sociedad, encontrar los mejores sastres, etc.

Supongo que querrá encargar un carruaje, y quizás un faetón con dos caballos.

Y también sirvientes: Londres es el lugar ideal para encontrar a los sirvientes mejor capacitados.

El señor Burford negó con la cabeza. —Me parece que esos planes son demasiado precipitados. Este es un cambio drástico e inesperado en mi situación, demasiado para asimilarlo de golpe. Necesito tiempo para reflexionar, antes de actuar. Además, sigo siendo coadjutor. No abandonaré mi puesto.

Belle vislumbró el semblante de Hope, lo cual la desconcertó profundamente.

Debería haberse sentido decepcionada por aquella declaración, pero esa expresión se iluminó, casi como si sintiera alivio.

No obstante, era poco probable que fuera así.

Belle estaba segura de haber malinterpretado la situación y desechó la idea.

—Tal vez sea lo más sensato —prosiguió Ambleside—, debe ser embriagador encontrarse tan rico de repente. Hay que adaptarse a este cambio poco a poco. He visto a demasiados hombres arruinarse al heredar, por endeudarse demasiado.

—En realidad, señor Ambleside, difícilmente podría hacer eso —replicó Grace—. Ya es tan rico como un lord, así que no podría endeudarse tanto.

Y así transcurrió toda la noche. Los Drummond eran el único consuelo, pues el señor Drummond se dedicaba a entretener a las jóvenes señoritas Allamont, mientras que la señorita Drummond hablaba de la escuela, su alegría por el pueblo y el próximo baile; incluso de cualquier cosa menos del señor Burford.

Aun así, Belle se alegró enormemente cuando sus invitados se marcharon y pudo irse a la cama.

Pero ni siquiera allí Amy la dejaba en paz.

—¿Crees que ahora le propondrá matrimonio a Hope?

El señor Ambleside piensa que podría aspirar a algo mejor, y tal vez a un título nobiliario con semejante fortuna.

¿Qué opinas? En mi opinión, si de verdad está enamorado de Hope, debería casarse con ella, y lleva dos años esperando, así que debe de amarla de verdad, ¿no crees?

Pero el señor Ambleside dice que el señor Burford debería frecuentar la alta sociedad.

Quizás compre una casa en Londres. ¡Imagínate a Hope como dueña de una gran mansión londinense!

Belle la dejó hablar sin parar, pues hablaba consigo misma, sin esperar respuesta.

Aun así, transcurrió una larga media hora, antes que la excitación de Amy finalmente disminuyera lo suficiente como para permitirle dormir.

En el bendito silencio, que siguió, Belle intentó ordenar sus pensamientos sobre el asunto.

Ya conocía muy bien sus propios sentimientos, pero no estaba tan segura de los del señor Burford.

Ciertamente, él la había besado, y eso sugería una atracción, pero podría argumentarse que su pasión no era amor, sino simplemente un momento desmesurado provocado por un exceso de poesía conmovedora.

¿Acaso seguía amando a Hope? No podía decirlo.

La única certeza era que Hope amaba al señor Burford, al igual que ella, y esa era una situación que jamás podría resolverse a satisfacción de todos.

Pero, independientemente de si el señor Burford se casaba con Hope, con la hija de un duque, o hacía como sus tíos, que nunca se habían casado, eso no le servía de nada a Belle.

Así como la estrella del señor Burford había ascendido, la de ella había caído, y no sabía cómo seguir adelante.

Todas sus opciones eran igualmente desagradables.

Y con ese pensamiento deprimente, cerró los ojos y esperó a que el sueño la venciera.