Belle (Las hijas de Allamont Hall nº 2) 18. Los asuntos legales #3
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18. Los asuntos legales #3

Ella se rió. —¡Tonterías! ¿Acaba de llegar en carruaje?

Usted es demasiado bueno para venir directamente aquí...

Young, acerque una de las sillas de madera para que el señor Burford se siente, tranquilo, y traiga algo de fruta y pastel, lo que tenga preparado la señora Cooper.

Y un poco de Madeira. ¡Listo! ... Ahora, por favor, siéntese, señor Burford, y cuénteme sobre su visita a su hermano.

Así que se sentó y habló con ella con la misma naturalidad, como si nada hubiera pasado entre ellos, mientras bebía vino de Madeira y picoteaba un trozo de pastel, y ella ni por un instante dio la menor señal de incomodidad ni le hizo sentir que no era bienvenido.

La compañía era tan agradable que a él le costó un rato ir al grano. —Le comenté su difícil situación legal, a mi hermano, la señorita Allamont. Él y sus socios tuvieron la amabilidad de darme su opinión profesional al respecto.

—Le estoy muy agradecido, señor, y también a su hermano.

—En lo que respecta al testamento, consideraron que existe una buena posibilidad de impugnarlo, ya que algunas de sus cláusulas son muy desventajosas.

Por ejemplo, la exigencia que usted y sus hermanas contraigan matrimonio en orden cronológico afectaría negativamente a las jóvenes Allamont, si alguna de las hermanas mayores no quisiera o no pudiera casarse.

Pero, el hecho de haber esperado un año completo, antes de presentar la demanda debilita considerablemente el caso.

—Mi primo Henry investigó el asunto, en aquel momento, pero su consejo fue diferente —replicó ella, desconcertada.

—En efecto —continuó sin querer insinuar que el primo Henry pudiera tener un motivo de peso para no impugnar el testamento.

Belle ya lo averiguaría con el tiempo—, desafortunadamente, en el caso del señor Jack Barnett, la situación no es favorable para ustedes.

Si los hijos legítimos impugnaran la reclamación, el resultado sería indiscutible, pero sin ellos, es imposible saber cómo se desarrollaría el caso.

Dependería no solo de la redacción exacta del testamento, sino también de si su difunto padre reconoció públicamente a este hijo.

Los tribunales no suelen quitar propiedades a los herederos legítimos, pero, si no los hay…

—Sí, es tal como pensábamos —reiteró ella.

—Pero, teniendo en cuenta la disposición que establece un plazo de cinco años para localizar a sus hermanos, consideran que ningún tribunal adjudicaría la herencia, antes que transcurra dicho plazo.

—Entonces, ¿tendremos esto pendiendo sobre nuestras cabezas como la espada de Damocles, durante cinco años? —exclamó ella, horrorizada.

—El consejo de mi hermano es pagarle a este hombre. Es evidente que es avaricioso y jamás sería capaz de administrar una herencia como esta. Probablemente, él esté tentando a la suerte, esperando recibir algún pago.

—Lo pensé —dijo—. Le ofrecí tres mil libras, pero las rechazó.

—¿Las rechazó? ¿Acaso pretende seguir adelante con esta reclamación, en serio?

—¡Oh, no! Está completamente dispuesto a renunciar a esto. Lo hará de inmediato, pero solo si le pago veinte mil libras.

—¡Veinte mil! ¡Oh, este hombre está loco! ¡Oh! Le pido disculpas, señorita Allamont.

Ella desestimó esa disculpa con una sonrisa. —Le aseguro que mi lenguaje fue igual de subido de tono en cuanto recuperé el habla... Creo que no está loco en absoluto, solo es muy codicioso. Por desgracia, no veo qué más se puede hacer. Es la única manera de librarme de él.

—Pero, ¡veinte mil, señorita Allamont! Semejante suma empobrecería considerablemente la finca.

—No puedo tomarlo de la herencia, porque no tengo acceso al capital y no tengo suficiente efectivo. La única solución es darle mi dote.

—¡Por supuesto que no! ¿Y si las seis contribuyeran por igual? Esta carga no debería recaer únicamente sobre sus hombros.

—Eso mismo pensé yo. Desafortunadamente, la parte de Amy ya está retirada y debidamente vinculada a fideicomisos y todo lo demás, y las porciones de mis hermanas menores no se pueden entregar hasta que se casen. La mía es la única dote a mi disposición.

Burford no tuvo tiempo de pronunciar más que una exclamación de consternación, cuando la puerta se abrió de golpe y Hope entró corriendo, con el rostro radiante de placer.

—¡Señor Burford! Ya está de vuelta en casa. —Su mirada se posó en los platos llenos de migas y en los vasos de Madeira medio vacíos—. ¡Ah! Veo que Belle lo está entreteniendo. —Sus ojos se movieron de uno a otra, mientras su expresión cambiaba lentamente de alegría a desconcierto.

—Tenía que hablar de un asunto con la señorita Belle —dijo, pero notó que se le subía el rubor a las mejillas—. Un asunto legal.

—No sé qué necesita hablar con Belle en privado. A mí también me hubiera gustado saberlo.

—Ya lo oirás todo más tarde, hermana —expresó Belle con firmeza—. Gracias por la información, señor Burford. Es de gran ayuda.

—Se-eño-o-oorii-iitaa Beelle-e —dijo, inclinándose sobre su mano y maldiciendo para sus adentros su vergonzoso tartamudeo—. Las veré mañana en la iglesia. Que tengan un buen día, señorita Belle y señorita Hope.

Lo último que él vio, al salir de la habitación, fue el rostro angustiado de Hope con los ojos llenos de lágrimas.