Belle (Las hijas de Allamont Hall nº 2) 18. Los asuntos legales #2
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18. Los asuntos legales #2

—Entonces, rómpete el tuyo, si insistes en esto —dijo Luke con exasperación—. En verdad, John, no hay necesidad de hacerse el mártir por esto. El matrimonio debe traerte felicidad, no miseria. Elige a la hermana que más te guste.

—No puedo elegir a nadie hasta que mejoren mis ingresos.

—Entonces, esa puede ser tu suerte, si te impide tomar una decisión precipitada. Pero, creí haber escuchado que las hermanas tienen muy buenas dotes. En este caso, ¿por qué no te casas de inmediato?

—Hope tendrá que esperar a que todas sus hermanas mayores se casen, antes de recibir su parte. Amy se casará pronto, pero luego están Belle, Connie, Dulcie y Grace. No me cabe duda que tardarán años.

—¡Ah! Sí, lo había olvidado. ¡Qué plan tan complicado! ¿En qué estaría pensando su padre? Pero la respuesta es clara: ¡cásate con Belle y su dote, y entonces todos serán felices!

—Excepto Hope —dijo Burford con tristeza.

Luke negó con la cabeza y se dio por vencido.

Burford tampoco tenía la menor idea de lo feliz que sería Belle en esa situación.

¿Acaso querría casarse con él? Su trato hacia él siempre había sido agradablemente afable.

Hubo cierta incomodidad natural tras su momento de locura, pero por lo demás, ella se mostraba bastante serena en su compañía.

Nunca lo había mirado con ojos de adoración, como lo hacía Hope.

No podía suponer que, si insistía en su propuesta, ella lo aceptaría.

Sin embargo, él sabía, sin lugar a dudas, que ninguna otra mujer podría hacerlo feliz.

Su mutua afición por los libros, la comodidad que sentían el uno con la otra y la similitud de sus personalidades.

Todo conspiraba para convertirla en la esposa perfecta para él.

Tampoco le importaría que él no pudiera ofrecerle una gran mansión ni un carruaje.

Ella se conformaría con vivir en su pequeña cabaña.

¿Qué había dicho? «Me gustaría vivir en esta habitación, creo».

Sí, le encantaría vivir rodeada de todos sus libros, pero ¿querría vivir con él?

Lo había repasado mil veces, en su mente, sin poder resolver la cuestión.

Ahora volvía al mismo dilema que había dejado atrás sin encontrar una solución.

En sus momentos más oscuros, deseaba poder huir y esconderse, y fingir que nada de esto había sucedido.

Su padre lo acogería sin reproches, o al menos sin reproches verbales, pues habría profundos suspiros, negaciones con la cabeza y largas conversaciones sobre su futuro, mientras bebían oporto.

Jamás pronunciaría la palabra «decepción», pero esta se cerniría en el aire entre ellos, como el denso humo de la leña húmeda.

«¿Quizás en la iglesia...?». Pero no, ni siquiera en sus momentos más optimistas, él podría imaginarse al obispo sonriendo con benevolencia y reasignándolo con naturalidad.

«Claro que sí, muchacho, sin problema. ¿Adónde le gustaría ir?

Puede que haya un puesto de coadjutor en Little Harpenden.

O podría preguntarle al arzobispo si hay un lugar para usted, en la catedral».

No, la iglesia no lo ayudaría, a menos que él tuviera los fondos suficientes para ganarse la vida.

Estaba tan absorto en sus pensamientos que le sorprendió reconocer la empalizada de Allamont Hall.

—¿Ya hemos llegado? —dijo, casi para sí mismo—. Bertie, ¿me deja en la puerta?

—Las señoritas han salido, señor Burford —replicó el cochero—. Al salir a su encuentro, las vi caminando hacia el pueblo. Creo que aún no habrán llegado.

—Eso no significa nada. Dejaré un mensaje, entonces, y el camino a casa me vendrá bien. Quizás incluso me seque un poco, ahora que ha parado de llover. Puede dejar mi caja en la cabaña. La puerta no está cerrada con llave.

—Muy bien, señor.

Burford saltó de la calesa, en cuanto se detuvo y, entrando por la puerta lateral, subió a grandes zancadas por el camino de entrada.

Se sentía bien al poder moverse de nuevo por sí mismo, en lugar de estar sentado, sacudido y zarandeado, como un cerdo, camino al mercado.

Dedicó los pocos minutos del paseo a escribir su mensaje para Belle, solo para descubrir que sus esfuerzos habían sido innecesarios.

—La señorita Belle está en la biblioteca, señor. ¿Lo anuncio? —preguntó el mayordomo con tono solemne.

Burford vaciló. La información iba dirigida a Belle, y así podría transmitírsela sin demora. No obstante, no quería molestarla viéndola a solas. «Pero ella no es una joven tímida», pensó. Si su presencia la incomodaba, se lo diría.

—Si usted fuera tan amable, Young.

El mayordomo se abrió paso por el resonante vestíbulo.

Sus pasos eran casi silenciosos sobre el suelo de madera pulida.

Caminar con tanta discreción, a pesar de llevar zapatos robustos, era todo un arte, y Burford no pudo más que admirarlo.

Él debía sentirse como un empleado más, avanzando pesadamente al final de la fila.

Young abrió de golpe la puerta de la biblioteca. —Señor Burford, señorita Belle —dijo con voz resonante.

Ella sonrió al levantarse para saludarlo. ¡Eso era buena señal! Él no pudo evitar devolverle la sonrisa. —Le pido disculpas por la intromisión, señorita Allamont. No la molestaré por mucho tiempo.

—Sus visitas nunca son una intromisión, señor Burford. ¡No esperábamos verlo hoy! Por favor, ¿podría sentarse?

—Usted es muy amable, pero no la entretendré mucho tiempo, estoy demasiado mojado para sentarme en cualquier sitio.