15. Un beso tierno #2
Hizo una pausa, mientras las palabras lo envolvían, envolviéndolo en un cálido afecto.
«La amaba solo a ella, y lo haría para siempre».
Sintió un nudo en la garganta al comprender la verdad de esas palabras.
Belle no dijo nada, con el rostro alzado, hipnotizada por la belleza del poema. Con esfuerzo, continuó leyendo:
«¡Adiós, tú, que eres la que está de primera, la más hermosa!
¡Adiós, mi querida, estimada y mejor amiga!
Toda la felicidad y los tesoros sean tuyos,
¡La paz, la alegría, el cariño, el amor y los placeres!
¡Un dulce beso tierno, y luego nos iremos!
¡Ay, adiós! Esto es para siempre.
Con lágrimas dolorosas, en el profundo de mi corazón, te lo juro,
Prometo por gritos de suspiros y gemidos en tiempos de guerra».
Belle lo miró embelesada. —¡Oh, eso fue tan hermoso! —exclamó.
Tenía los ojos muy abiertos, los labios ligeramente entreabiertos y las mejillas sonrojadas.
Su cercanía lo embargaba, desbordado de dolor, alegría y amor a la vez. Las palabras del poema lo envolvían como humo, etéreas y efímeras, pero que le llegaban al alma. Sin pensarlo dos veces, él le acarició la mejilla, se inclinó y la besó apasionadamente en los labios.
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Ambos se pusieron de pie de un salto y se miraron atónitos. Belle apenas podía respirar, y su corazón latía tan rápido, que parecía que iba a estallar, pero estaba paralizada, incrédula.
El rostro de Burford reflejaba angustia, mientras se agarraba el pelo con fuerza. —Yo… yo… ¡Oh! Belle, lo siento muchísimo. No puedo imaginar qué me pasó. ¿Puede perdonarme? Pero no, porque eso fue imperdonable. ¡Oh! ¿Qué he hecho? ¿Qué le diré a Hope?
Aquello impulsó a Belle a esforzarse como ninguna otra cosa. —No le diga nada, se lo ruego. En verdad, no hay nada que contar. Todo quedará en el olvido. Yo ya lo he olvidado.
—Usted es muy buena, pero no podemos fingir que aquí no ha pasado nada.
—Sí, podemos. —Él se preguntó cómo era posible que ella aún pudiera articular frases y sonar tan racional y tranquila, cuando temblaba de pies a cabeza—. Debemos hacerlo.
—Pero no podemos… será imposible… ¿Cómo podemos…?
—Tranquilo, John, cálmese. No avise a los sirvientes.
—Se detuvo, atenta a la reacción de Eliza.
Los ruidos del exterior le indicaron que la criada seguía trabajando.
Él empezó a protestar, pero ella repitió—.
Tranquilo. No diga nada más. Esto nunca ha pasado.
Me iré a casa y usted seguirá con su rutina diaria, y cuando nos volvamos a ver, debemos ser exactamente como antes. ¿Entiende?
Él dudó por un momento con la respiración agitada, aunque luego asintió brevemente.
—Entonces me iré. Adiós, John.
Ella salió corriendo de la habitación y bajó por el pasillo hasta la puerta principal, casi tropezando con Eliza, que estaba fregando el escalón.
Después desapareció, caminando a grandes zancadas por el bosque, con la cabeza gacha, sin importarle el barro.
Cuando su visión se nubló demasiado, se secó las lágrimas con rabia con los dedos helados, pues había dejado los guantes, en la cabaña.
En la mansión, entró por la puerta del jardín y subió corriendo las escaleras traseras hasta su habitación, arrojándose sobre la cama.
Allí yacía, llorando lágrimas desgarradoras, ante el roce de esa mano, en su rostro, ese cálido beso en sus labios y por la certeza que él jamás podría ser suyo.
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Burford se desplomó en la silla, apartando varios libros, y se cubrió el rostro con las manos. —Debemos ser exactamente como antes.
Así lo había dicho ella, y así debía ser.
Era imperativo que nadie sospechara lo sucedido, o la condena del mundo caería sobre ambos.
Incluso podrían verse obligados a casarse; su traicionero corazón se estremeció ante la perspectiva, pero, ¿cómo podría estar en paz con tal situación, sabiendo que dejaría a Hope con el corazón roto?
Exteriormente, debían ser iguales, pero interiormente todo había cambiado.
Un beso lo había destrozado, lo había hecho pedazos y lo había reconstruido de una forma completamente distinta.
Ya no era el hombre que había sido apenas diez minutos antes.
El pretendiente satisfecho de Hope se había perdido para siempre, reemplazado por un extraño que amaba a otra y lamentaría esa pérdida por el resto de su vida.
Sin embargo, de una manera peculiar, se alegró que esto hubiera sucedido.
Por un breve instante, había probado el paraíso, amando a una mujer que, por ese instante, lo había amado a él también.
Ese beso, un beso tierno, en verdad, lo sostendría en muchos momentos de tristeza.
Jamás las palabras de un poema habían resonado con tanta verdad: «Verla y observarla es amarla y quererla.
La amaba solo a ella, y lo haría para siempre».
Pero esto jamás serviría. No debía alegrarse del mal que había hecho.
Abrochándose el abrigo, cruzó la calle hacia la iglesia.
El chasquido del pestillo resonó en el techo abovedado.
¡Ah! El olor de una iglesia era tan reconfortante.
Cualquiera que fuera el mal que hubiera hecho, por mucha culpa que le pesara en la conciencia, esa extraña mezcla de polvo, humo de vela y cera de abeja siempre lo consolaba.
Recorrió el pasillo central, cada paso resonando hueco, como un tambor.
Se sentía indigno del altar mayor, con su gran vitral del Señor resucitado en toda su gloria, rodeado de sus santos devotos.
En cambio, se arrodilló ante el altar de la capilla de la Virgen, a un lado, como si la Virgen pudiera comprender mejor su debilidad humana.
No sabría decir cuánto tiempo rezó, pero poco a poco se dio cuenta que no estaba solo.
Abriendo los ojos, giró la cabeza. La señorita Endercott estaba sentada a su lado, observándolo.
¿Era compasión o reproche en su mirada? No lo sabía, pero era evidente que ella sabía algo de lo que había ocurrido.
Se puso de pie y se sentó un poco más adelante en el banco.
—¿Quiere hablar de ello? —preguntó con un tono afortunadamente suave. No era una reprimenda ni mucho menos.
—He hecho algo muy malvado. —Su voz temblaba, pero se armó de valor para pronunciar las palabras—. La besé. A la señorita Belle Allamont. La besé. Me invadió una locura tan grande que no puedo explicarla.
—¿No puede? —preguntó ella, alzando una ceja—. ¿Y lo vieron en este momento de locura?
—Creo que no. Samuel estaba en el jardín, si mal no recuerdo, y Eliza estaba trabajando en la entrada.
Pensé… pensé que tener a la criada cerca sería suficiente, sumado a mi profesión.
No tuve en cuenta el efecto de un poema, en dialecto escocés.
Señorita Endercott, ¿qué debo hacer? Belle dice que debemos fingir que no ha pasado nada, pero, ¿cómo podemos hacerlo?
—Belle es una chica sensata —dijo la señorita Endercott—. Eso es precisamente lo que usted debe hacer. Un poco de disimulo y mucha oración lo ayudarán a superar esto.
—Pero, no puedo fingir el resto de mi vida. No debo ser deshonesto con Hope, no cuando yo…
—¡No le diga nada a Hope! ¡Ni una palabra, se lo ruego!
Puede que note algún pequeño cambio en usted, pero eso no tiene importancia.
Si se lo cuenta, usted destruirá la felicidad de ella para siempre.
Si luego usted se casa con ella, siempre sabrá que amaba más a Belle.
Si no lo hace, siempre lo lamentará. Lo que debe hacer, John, es no hacer nada, en absoluto, o al menos nada precipitado.
No puede pensar en casarse, durante algunos años, ya que sus ingresos no alcanzan para mantener a una esposa, y Hope debe esperar hasta que todas sus hermanas mayores se casen.
Así que espere con paciencia, a que pasen esos años.
Ella es muy joven, y cualquier cosa puede suceder, en ese tiempo.
—Lo único que sucederá es que Belle se casará con ese primo suyo, un derrochador, y tendré que ver cómo su rostro se demacra de tristeza. ¿Cómo podré soportarlo? Mientras tanto, me consumen toda clase de deseos prohibidos, y no puedo hacer nada al respecto.
—En cuanto a eso, es el precio que usted paga por su momento de locura, y debe soportarlo con entereza —dijo la señorita Endercott, pero a pesar de la severidad de sus palabras, su voz era suave.
—Si puedo —dijo con tristeza.
—Todos debemos orar para que encuentre la fuerza interior. Paciencia, John, paciencia, fortaleza y oración. No haga nada ahora y ya veremos qué nos depara el futuro.