Belle (Las hijas de Allamont Hall nº 2) 14. Un retiro #2
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14. Un retiro #2

De alguna manera que no lograba comprender del todo, esta confusión se manifestaba en menos visitas a Allamont Hall.

Y eso, a su vez, le generaba sentimientos de culpa, que lo carcomían, y le arrebataban gran parte de su tranquilidad.

Si iba, se sentía torpe y ridículo, tartamudeando y sonrojándose con Hope, e intentando ser educadamente cortés, pero distante con Belle.

Si se quedaba lejos, anhelaba ver a Hope; no, tenía que ser sincero consigo mismo.

Anhelaba ver a Belle con la misma intensidad.

¡Qué tonto era! Su única esperanza era que Belle pronto se casara con su primo, ese canalla, y entonces, ella estaría a salvo.

Una mañana, una visita benéfica a una cabaña apartada, seguida de una enérgica caminata por las tierras de cultivo del señor Garmin, lo llevó cerca de Allamont Hall.

No era un día en que las señoritas normalmente estuvieran en casa, aunque él tenía noticias que compartir sobre la inminente llegada de su amigo, el señor Drummond, para dar clases en la escuela, así que decidió dejar su tarjeta con una nota.

No obstante, el lúgubre mayordomo de los Allamont le informó que la señorita Allamont y la señorita Belle estaban en casa y lo condujo a la biblioteca.

Encontró a Belle inclinada sobre el escritorio, con los libros de contabilidad de su padre esparcidos por toda la superficie.

Amy estaba sentada, junto a la chimenea, leyendo un libro.

Ambas alzaron la vista sonriendo, cuando él entró.

—Señorita Allamont. Señorita Belle —murmuró, mientras hacía una reverencia.

—¡Oh, señor Burford, qué amable de su parte venir aunque Hope no esté! —dijo Amy—. Usted es justo lo que necesito, porque he llegado a un pasaje difícil, en mi libro de griego, y no logro entenderlo.

—Lamento mucho decepcionar a una dama, pero no sé nada de griego. Si necesita latín, puedo ayudarla, pero no en griego. Necesita al señor Endercott, si le resulta demasiado difícil incluso para la señorita Belle.

—Belle está demasiado enfadada para ayudarme.

—¡Oh! Seguro que esto no puede ser —dijo, antes de poder contenerse—. La señorita Belle es pura amabilidad.

Belle soltó una risita. —Hoy no, señor Burford, porque estoy intentando entender las cuentas, y no me va mejor que a Amy.

—Entonces, ¿quizás pueda ayudar con esto? Solía ayudar a mis tíos con sus cuentas de vez en cuando.

—¿A uno de tus tíos? ¿O a los seis?

Él se rió y respondió: —Todos ellos, en distintos momentos. Eran hombres inteligentes, pero de vez en cuando se metían en líos con el dinero. ¿Cuál es su problema?

—¡La letra de nuestro padre! —exclamó Belle—. Es tan pequeña que no siempre puedo leerla.

Él se inclinó sobre el escritorio. —Ya entiendo lo que usted quiere decir. Pero, quizás esto ayude. —Sacó una pequeña lupa de un bolsillo.

Belle aplaudió con alegría. —¡Señor Burford, usted es un tesoro! ¡Un verdadero tesoro, y resulta que lo lleva en el bolsillo!

Él sintió que se sonrojaba. —Me resulta útil para leer los antiguos registros de la vicaría, donde la tinta se ha desvanecido un poco, o esos pequeños libros de oraciones con letra muy pequeña. Puede quedarse con esta. Tengo otra lupa, en casa.

—¡Gracias! Ahora me las arreglaré mucho mejor.

Pero debo decirle que he tenido suerte para deducir el número de cajas fuertes.

Hay exactamente seis, porque nuestro padre compró una para cada hija.

Cada una está marcada en la parte inferior con una letra.

Hasta ahora, hemos encontrado la «A», la «D» y la «H».

—¿Una para cada una de ustedes? Entonces, seguramente pretendía que el contenido fueran sus dotes. Pero, eso no puede ser correcto. Mil doscientas libras... ¡Con eso no ganarían más de cincuenta libras al año! ¿Y de dónde salen las cien mil libras?

—No lo sé. Todo es muy extraño, y el señor Plumphett no sabe nada. Quizás averigüe algo en los libros de contabilidad, ahora que puedo leerlos. Nuestro padre era muy reservado con el dinero, y no creo que eso fue bueno.

—No, en absoluto. Ahora que ya saben el número exacto de cajas, ¿quiere que continúe buscando las que faltan?

—Usted es muy amable, señor. Le estoy muy agradecida.

Ella le sonrió con tanta calidez que lo invadió una momentánea confusión.

Por primera vez, se le ocurrió que quizás su actitud había despertado en Belle sentimientos similares a los que ella había provocado en él.

¡Eso sería desastroso! Sentirse atraído por dos hermanas, a la vez, ya era bastante malo, pero si ellas también se sentían atraídas por él, se vería envuelto en un lío del que no podría salir.

Para disimular su nerviosismo, enseguida él empezó a moverse por la habitación, intentando recordar dónde podrían estar las demás cajas. Había examinado todos los muebles y el suelo. Ahora debía fijarse en la habitación en sí: las ventanas y las paredes.

Tuvo éxito casi de inmediato. Detrás de una de las contraventanas, un trozo suelto del revestimiento de madera se levantó, dejando al descubierto un hueco en la pared. Dentro, encontró una caja envuelta en tela encerada.

—¡Oh! Pero, esta es diferente de las demás —dijo Belle, mientras la desenvolvía—. Es más cuadrada y no tiene ninguna letra en la parte inferior.

—Las demás también parecían estar en mejores condiciones —aclaró Burford—. Quizás eran más nuevas. Así que esta no es una de las seis. ¿Alguna de las llaves sirve?

Ella las probó, una por una, y luego lanzó un grito de triunfo, cuando la cerradura hizo clic y pudo levantar la tapa.

—¡Oh! Esto es mucho más dinero. Y miren, aquí hay papeles: «Pago de 12 libras a Thomas Willcock, granjero», y varios más.

Y este: «Recibido de Absalom Whiting, cuatro sacos de avena y un cerdo».

Las fechas son de la pasada Navidad y de San Miguel, justo antes que mi padre se enfermara.

—Esto es de los alquileres del año pasado —dijo Burford.

—Creo que tiene razón —replicó—. Esto es lo que debería haber usado para saldar las deudas. Ahora puedo completar las cajas de la dote con la cantidad correcta, y así las seis cajas serán iguales.

—Si logramos encontrarlas todas —lo manifestó con una sonrisa—. Déjenme ver qué más puedo descubrir.

Comenzó a apartar los muebles de las paredes y así encontró dos huecos más, con las cajas «C» y «G», escondidas allí. No obstante, él no pudo encontrar la caja de Belle por ninguna parte.

—No se desanime, señor Burford —dijo ella—.

Estoy segura que la encontraremos, tarde o temprano.

Sé que nuestro padre me compró una caja, pues está registrado en las cuentas, justo después de mi fecha de nacimiento.

Pero ahora tenemos todas las demás, gracias a sus esfuerzos, y una pequeña dote adicional para Amy.

—De verdad, no podemos agradecerle lo suficiente —continuó Amy—, no creo que hubiéramos encontrado todas estas cajas sin usted, señor Burford.

—Es un placer ayudarla, señorita Allamont.

Él no podía quedarse más tiempo, así que se despidió y caminó de regreso a casa, a través del bosque, con la cabeza llena de las sonrisas de Belle, esos hermosos ojos, la suavidad de esas mejillas y la delicadeza de esas manos.

No fue hasta horas después que se dio cuenta que había olvidado por completo la noticia que había ido a dar.