14. Un retiro
Burford bebió su oporto, pensativo, escuchando la conversación alrededor de la mesa, pero los hombres hablaban poco.
Conversaron de caza, caballos y otras aficiones propias de caballeros, que su posición económica no le permitía, aunque tuviera ganas.
Había disfrutado montando a caballo, cuando su padre le había proporcionado uno, pero nunca había cazado y encontraba que un paseo enérgico con buen tiempo era igual de placentero, sobre todo cuando ese paseo lo llevaba a Allamont Hall.
Y la culpa lo carcomía. Hasta hacía poco, solo había habido una atracción, en la mansión, una persona cuyos labios rojos y ojos brillantes lo atraían, una y otra vez, una dama que llenaba sus sueños y sus pensamientos.
Sin embargo, últimamente esos sueños habían comenzado a desvanecerse.
Cuando se imaginaba sentado frente a su esposa, junto al fuego, veía un rostro diferente sonriéndole.
Él comprendió por qué... Aquel día, cuando fue a la granja de Garmin y regresó para encontrar a Belle todavía en su biblioteca, sentada en el suelo, completamente ajena al tiempo, la llevó a la trastienda y le dio pan y queso.
Se sentaron a ambos lados del fuego, tal como en su pequeña y tonta ensoñación, y ahora no podía imaginar a Hope, en ese lugar, solo a Belle.
En lugar de los delicados rasgos de Hope, vio el rostro más sencillo de Belle, con esos grandes ojos y la boca que sonreía con tanta facilidad.
En lugar de la charla imaginaria de Hope sobre asuntos domésticos, oyó la voz de Belle recitando un poema y vio ese dedo tecleando en la página y ese rostro expresivo rebosante de energía.
Su pequeña visión de Hope se había desvanecido por completo, reemplazada por la imagen más vívida de Belle, que realmente había sucedido.
Burford no era un hombre tonto ni impulsivo.
Vio el peligro y decidió alejarse del precipicio.
En otras circunstancias, en otro tiempo, tal vez se habría permitido enamorarse de Belle.
Habría sido muy fácil, pues ella era una persona tan abierta, amable y simpática, ¿y qué podría ser más natural que compartir su pasión por los libros?
De la forma más sencilla imaginable, eso habría dado lugar a otras pasiones y, por ende, al matrimonio.
No obstante, él debía resistirse a ese encanto.
«Hope es mi verdadero amor», se decía a sí mismo, la mujer que deseaba por encima de todas para que fuera su esposa.
Así que, cuando los caballeros se reunieron con las damas, buscó a Hope de inmediato.
Ese rostro estaba pálido, mientras lo miraba suplicante, y casi podía imaginar que había estado llorando.
Si tan solo pudiera secarle las últimas lágrimas de las mejillas, tomarla en sus brazos y besarla hasta que apenas pudiera respirar.
Ella era tan bonita, dulce y tierna, que odiaba verla infeliz y le dolía el corazón ser la causa de su sufrimiento.
—¿Señorita Hope? ¿Quiere dar una vuelta por el salón?
Ella le dedicó una amplia sonrisa. Se levantó de un salto y pasearon un rato; ella charlaba con naturalidad y él la escuchaba, encantado, sin fijarse en nada más que en ese hermoso rostro.
Solo al regresar a su casa, esa misma noche, y sentarse junto al fuego frente a la silla vacía, la imagen de Belle lo asaltó y le inquietó. Sí, él debía tener muchísimo cuidado.
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La emoción de aquella velada acompañó a las señoritas Allamont, durante muchos días grises, en los que la lluvia las obligaba a quedarse en casa.
En cada momento que pasaban juntas, encontraban algún tema nuevo de conversación, y cada visitante, que se atrevía a desafiar el barro, aportaba una nueva perspectiva sobre el éxito de la cena.
Además, su conversación no siempre giraba en torno al pasado.
Ahora que habían superado el duelo, recibían un flujo constante de invitaciones de sus vecinos, y también podrían esperar con ilusión los bailes públicos de Brinchester.
Belle se alegró que todo hubiera terminado.
Hope apenas le había dirigido la palabra desde su discusión, aunque Belle no entendía bien qué había hecho mal.
Burford había elegido sentarse a su lado, y era imposible que ella lo ignorara.
Habían conversado, como suele hacerse en una cena, y si habían disfrutado de la charla, pues no había nada de malo en ello.
Además, desde entonces, Burford se había entregado a Hope y apenas le había dirigido la palabra a Belle.
Deseaba que pronto llegaran a un entendimiento, para que esa rivalidad imaginaria desapareciera, y Belle pudiera volver a tratar a Burford, como a un amigo.
Pero no veía ninguna posibilidad que se casaran pronto.
Hope no tendría su dote hasta que sus cinco hermanas mayores se casaran, en orden, y Burford tenía muy poco dinero hasta que pudiera ganarse la vida por su cuenta.
El invitado de su madre a la cena había llegado tres días antes, y no mostró ninguna intención de marcharse, una vez terminada la misma.
El señor Eddington no era precisamente un hombre de clase alta, pero no pretendía ser algo que no era.
Hablaba abiertamente de las fábricas de algodón, que poseía en Lancashire, y de una fábrica de yute en Escocia, dejando a entrever que sus ingresos superaban los diez mil anuales, y pedía consejos sin reparos sobre la compra de una finca, algo que planeaba hacer en uno o dos años.
Belle lo había conocido brevemente antes, cuando él había molestado a su madre, presentándose sin previo aviso, en la mansión, y dejando una nota expresando su deseo de volver a ver a Lady Sara pronto.
Su reaparición, justo cuando ella salía de su año de luto, inevitablemente suscitó cierta especulación.
Un hombre rico cortejando a una dama de la nobleza, recientemente viuda y quizás buscando una jubilación cómoda; sí, Belle comprendía el atractivo.
Eran casi de la misma edad, ambos apuestos, y su madre parecía relajada con esa compañía.
Él también parecía menos provinciano que antes, con ropas mejor cortadas, la corbata impecablemente anudada y el cabello al último estilo londinense.
¿Había tenido algo que ver su madre en eso? De ser así, esto era muy sugerente.
Fue Grace, la menos diplomática de las hermanas, quien desafió la ira de su madre, preguntándole directamente. Belle contuvo la respiración, esperando el reproche. En cambio, su madre sonrió.
—No, en absoluto, querida, no pienso casarme con el señor Eddington.
Sería muy extraño que yo, apenas superando el duelo por tu padre, pensara en el matrimonio tan pronto.
Me atrevo a decir que no volveré a casarme.
Un marido me basta. Pero, es muy agradable tener un caballero que me acompañe, sin exigirme nada, ni yo a él.
No es de primera categoría, es cierto, pero sus modales en sociedad son impecables y es muy amable. Me resulta una compañía muy agradable.
Y así parecía, pues ella no hizo ningún intento por animarlo a regresar a su hogar.
Él había llegado en un elegante faetón, y cuando hacía buen tiempo, llevaba a Lady Sara a pasear por el campo; cuando no, se sentaban en casa, a jugar a las cartas o al billar.
En una o dos ocasiones, Lady Sara tocaba el pianoforte, mientras el señor Eddington cantaba con una agradable voz de tenor.
Y los días transcurrían lentamente, y él seguía allí, en la mansión.
Un día, por casualidad, llegaron al comedor para desayunar al mismo tiempo. Lady Sara se reía de algún comentario burlón del señor Eddington. Parecían dos personas muy a gusto, juntas, y si Belle no hubiera sabido la verdad, podría haber pensado que eran marido y mujer.
Lady Sara dijo: —Chicas, iré a Shropshire, unos días, a ver la casa de Market Clunbury. No estoy nada segura qué se debe hacer al respecto, y el señor Eddington se ha ofrecido muy amablemente a aconsejarme.
—Eso está permitido, ¿cierto, mamá? —dijo Belle.
—Sí, lo es. Hablaré con el inquilino, echaré un vistazo al lugar y veré cómo está. Podría ser un buen refugio para mí, o quizás sea mejor venderlo.
—Siempre supuse que estaba destinado a Ernest y Frank —replicó Belle—. Pero, supongo que debemos perder la esperanza de volver a verlos.
—No he perdido la esperanza —aclaró Lady Sara con un toque de aspereza—. Pero, si reaparecen después de tantos años, no pueden esperar que todo siga igual, que cuando lo dejaron.
Lady Sara y el señor Eddington partieron hacia Shropshire, en el faetón, al día siguiente; la criada, el criado y el equipaje los siguieron en el carruaje, y Belle se quedó preguntándose por qué su madre necesitaba un retiro, cuando ya tenía una casa de viuda esperándola.
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En aquel momento, Burford sentía una mezcla de emociones.
Era consciente de haberle causado dolor a Hope, y aunque esto fue completamente accidental, se sentía mortificado.
Aunque él se sintió aliviado al darse cuenta del peligro de prestarle demasiada atención a Belle, y percibió que podía distanciarse un poco.
Desde aquella noche, había hecho todo lo posible por acercarse a Hope, y aunque no podía ignorar a Belle por cortesía, sus palabras no eran más que simples muestras de respeto.
Estaba seguro que hacía lo correcto y, salvo quizás un pequeño desliz, no había hecho nada que pudiera alarmar a Hope. La amaba con devoción y, cuando su situación económica mejorara un poco, le pediría que se casara con él.
Sin embargo, él no se sentía del todo cómodo con esto.
Lamentaba la pérdida de su sincera amistad con Belle, esas conversaciones amenas sobre libros, poesía, historia y…
¡Oh! Mil y una cosas que les interesaban a ambos, y por las que Hope nunca había mostrado el menor interés.
Se preguntaba con inquietud, si estaba destinado a compartir su hogar con Hope, en silencio, dado que tenían tan pocos intereses en común.