Belle (Las hijas de Allamont Hall nº 2) 12. La muerte y los libros #2
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12. La muerte y los libros #2

—Eso sí que es una tarea complicada —replicó ella.

—En efecto, pero es un placer muy grande, se lo aseguro. Eso sí, requiere mucho tiempo, porque cada vez que encuentro un libro particularmente interesante, siento la necesidad de leerlo de inmediato, y entonces todo el trabajo queda en suspenso.

—¿Y con qué frecuencia se encuentra con semejante volumen?

Él se rió con cierta timidez. —Quizás uno de cada tres libros. Mis tíos tenían un gusto excelente. Ahora, señorita Allamont, Samuel está encendiendo una buena hoguera para usted. No podemos permitir que pase frío.

—Gracias, Samuel —dijo ella.

Samuel, un hombre robusto de más de cuarenta años, miró a su alrededor desde donde estaba agachado frente a la chimenea, y asintió con la cabeza.

—Ese sí que es un fuego espléndido, señor Burford, pero el día es bastante templado. No creo que mi salud corra gran peligro.

—Nunca se puede ser demasiado precavido, sobre todo después de haber sufrido una enfermedad hace tan poco...

Gracias, Samuel, creo que con eso basta...

Ahora, señorita Allamont, esta es mi silla de lectura, que está a su disposición, durante la mañana.

Puede examinar cualquiera de los libros y, si le parece adecuado, déjelo en mi escritorio.

Revisaré sus elecciones, a mi regreso, para asegurarme que nada demasiado valioso caiga en manos de los niños.

—¡Ah! ¿Usted va a salir? —Ella se sintió inexplicablemente decepcionada por la noticia. De alguna manera, se había imaginado a los dos hojeando libros, juntos, en un ambiente agradable. No era lo mismo cuando ella estaba sola.

—Lamentablemente, debo irme. El muchacho vino esta mañana de la granja de Garmin para decirme que la señora Cartwright está muy enferma, y que tal vez no sobreviva.

Eliza estará aquí hasta las tres, y si necesita algo, que ella no pueda proporcionarle, puede preguntar en la casa parroquial. Regresaré en cuanto pueda.

—¡Oh, no se apresuren por mí, pues estaré muy bien, se lo aseguro!

¡Pobre señora Cartwright! ¡Qué persona tan amable!

Siempre horneaba pan de jengibre para la Feria de la Cosecha y nos enviaba una caja a la mansión.

Por favor, dele mis saludos, si se encuentra lo suficientemente bien como para recibirlos.

El señor Burford partió en su triste misión, y Samuel salió al pequeño jardín, detrás de la casa, para cuidar las verduras y las gallinas.

Arriba, las tablas del suelo crujían, mientras Eliza se movía de una habitación a otra, ordenando, quitando el polvo, barriendo, y su escoba golpeaba contra las paredes de vez en cuando.

Belle comenzó a mirar alrededor de la habitación.

¡Cuántos libros! Nunca había visto ninguna de las grandes bibliotecas de Inglaterra, y aparte de la biblioteca de libros para préstamos, jamás había visto tantos libros en un solo lugar.

Casi que eran demasiados, pues no tenía ni idea de por dónde empezar.

Sacando libros al azar de los estantes y hojeando las páginas, pronto olvidó el propósito de su visita y se sumergió en las palabras de cada página.

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La triste tarea de Burford se prolongó más de lo previsto, pues la señora Cartwright permaneció con vida, durante varias horas, y parecía reconfortarle que él le leyera oraciones o salmos, junto a su lecho.

Regresó a casa con semblante sombrío, pues la muerte no era un asunto trivial ni siquiera para una buena cristiana, como la señora Cartwright.

La cabaña estaba tranquila. Eliza ya se había ido a casa, y Samuel, tras terminar sus tareas, disfrutaba caminando las pocas millas, que lo separaban de Higher Brinford, para comer un pastel y tomarse una cerveza, y, según sospechaba Burford, para deleitarse con la sonrisa de la sobrina del posadero.

Lo primero que pensó fue en revisar los libros que la señorita Allamont había seleccionado, pues estaba ansioso por ver qué podría haber encontrado.

La puerta de la biblioteca estaba abierta de par en par, y lo primero que vio fue a la propia señorita Allamont, sentada en el suelo de espaldas, a la estantería, con la cabeza hundida en un libro.

—¡Señorita Allamont! ¿Usted sigue aquí?

—¡Oh, señor Burford...! —Se puso de pie de un salto—. ¡Oh! ¿Qué hora es?

—Ya pasaron las cuatro y media. La imaginaba en su casa, hace rato, y debe haber estado aquí sola, durante horas.

—No me había dado cuenta. Usted tiene una magnífica colección de libros, señor Burford. Sus tíos eran caballeros espléndidos, le aseguro, con un gusto admirable. Me encantaría vivir en esta habitación, creo.

Él sonrió. —¡Ah! Así me siento yo también, señorita Allamont. ¿Ha comido o bebido algo? —negó ella con la cabeza—. Debe de estar hambrienta. Pase a la trastienda, donde tomaremos pan, queso y una copa de Madeira, y luego la acompañaré a su casa.

Ella lo siguió y se sentaron en sillones orejeros idénticos, a ambos lados de la chimenea, picando algo, bebiendo y charlando.

Él le contó todo sobre la señora Cartwright y su afligida familia.

Ella le habló de los libros, que había encontrado, y le leyó un par de pasajes que le habían parecido especialmente conmovedores.

Él recordó su visita a Brinchester, le dio el resto de las cincuenta libras y un resumen de los hechos.

—Usted es todo un héroe, señor Burford —afirmó ella.

Él lo negó, por supuesto, pero aun así se alegró, pues pensaba que la señorita Belle tenía mayor perspicacia que sus hermanas, por lo que su opinión sobre el asunto era particularmente valiosa.

Luego, caminaron juntos de regreso a casa, a través del bosque, cargados con varios libros que ella deseaba leer.

Mientras conversaban, ella le confió todo sobre el hijo ilegítimo de su padre, Jack Barnett.

Él ya conocía la mayor parte de la historia, pues la señorita Endercott lo sabía todo sobre todos, incluso los secretos más oscuros, pero la escuchó con comprensión, muy halagado que ella confiara en él lo suficiente, como para contárselo todo.

Mientras él regresaba sobre sus pasos, bajo los árboles, con el crepúsculo proyectando profundas sombras, a su alrededor, reflexionó con satisfacción sobre un día que comenzó con tristeza y terminó de la manera más placentera posible.