Belle (Las hijas de Allamont Hall nº 2) 9. La entrevista #2
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9. La entrevista #2

—Le puedo dar cincuenta por ahora, y el resto después —dijo Belle con firmeza—. Tendrá que arreglárselas como pueda con esto.

Ella abrió su bolso y contó el dinero, entregándoselo al señor Oak. —Gracias, señorita Belle —dijo él—. Puede estar segura que llevaré un control preciso de todos mis gastos.

Una vez concluido todo satisfactoriamente, las hermanas se prepararon para ir juntas al pueblo: Belle se dirigía para saldar algunas cuentas de los comerciantes y sus hermanas iban a visitar la interesante mercería del señor y la señora Wiseman.

—¿Les importaría, si le echo un vistazo más a la escuela? —preguntó el señor Oak—. Me gustaría ver cuál es la mejor manera de distribuir los muebles.

—Por supuesto que sí —respondió Grace—. Volveremos el viernes para asegurarnos que se está adaptando bien. Hasta entonces, señor Oak.

Él hizo una reverencia con gracia, y lo dejaron solo para que contemplara su nuevo reino.

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Siguieron varios días de lluvia constante, que mantuvieron a todas las señoritas Allamont en casa.

No obstante, Belle no deseaba salir, pues la fiebre, que había afectado a la señorita Bellows, contagió tanto a Amy como a Belle, que permanecieron en cama, durante varios días, incluso faltando a la misa.

Belle se encontraba lo suficientemente bien, como para pasar un rato en el salón, después de cenar el domingo, donde la señorita Endercott y el señor Burford, con gestos de preocupación, la acompañaron sentados, a ambos lados.

—Usted está muy pálida, señorita Belle —dijo Burford—. ¿Tiene frío? ¿Le gustaría sentarse más cerca del fuego? Quizás si encendemos una buena hoguera… No quisiera que volviera a resfriarse, no con una constitución ya debilitada. Debe cuidarse muchísimo.

Mientras él se entretenía con el fuego, la señorita Endercott dijo enérgicamente: —Me alegra ver que se ha recuperado un poco, hija. ¿Y su hermana? ¿Sigue en cama?

—Sí. Ella sufrió los primeros efectos, un poco después que yo, así que espero que mejore mucho, en uno o dos días. Por suerte, las demás están bien.

La señorita Endercott gruñó. —John, el señor Burford, ha traído algunos libros de la biblioteca de Brinchester para que se entretenga durante su convalecencia. No sé qué son; supongo que alguna tontería. En mi opinión, él lee demasiadas novelas para ser clérigo.

Con el fuego ardiendo alegremente, Burford volvió a su asiento.

—El arte más sublime del autor se encuentra en la novela, señorita Endercott.

Los sermones y las obras de historia tienen su propio atractivo, por supuesto, pero, ¡oh, qué destreza se despliega en una novela!

¡Qué energía, qué imaginación, qué dominio inigualable del idioma inglés!

Crear una novela, señorita Endercott, de tal manera que el lector crea con absoluta convicción que los personajes descritos en ella son seres vivos, con corazones que laten, mentes que piensan y almas que los conducen a la gloria o al desastre...

¡Ah, ese es uno de los mayores logros de nuestra civilización!

—Si leer novelas lo lleva a defender semejantes disparates, creo que usted debería abandonar esa práctica de inmediato —lo dijo con un tono severo—. ¡Menudo logro, sin duda!

Él se rió con buen humor. —La señorita Belle lo entenderá cuando le cuente que por fin he conseguido un ejemplar de Belinda. ¡Menuda historia! No es para nada lo que esperaba, pero no pude dejar de leerla ni un instante. Me interesará mucho saber su opinión, señorita Belle.

—Y la tendrá, señor, a su debido tiempo. Pero creo que su atención es requerida en otro lugar.

Él miró a su alrededor y vio a Hope saludándolo con la mano desde el otro extremo del salón con el rostro pálido. —¡Oh! —exclamó sorprendido—. Señorita Hope. Por supuesto. Me perdonará, señorita Belle, si…

—Por supuesto, señor Burford. Y muchísimas gracias por los libros.

Se dirigió con paso firme hacia su ansioso público, y para cuando se sentó junto a Hope, su rostro estaba tan rojo como su cabello.

La señorita Endercott suspiró. —Durante un breve tiempo, pensé que estábamos progresando. Pero no es así. ¡Qué decepción!

Belle no tenía ni la más mínima idea de lo que estaban hablando, pero no tenía energía para preguntar, así que simplemente sonrió.

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Al día siguiente, Grace se sintió obligada a desafiar el barro para visitar la escuela y ver cómo le iba al señor Oak, en su primer día. Regresó más tarde esa mañana muy desanimada.

—Él no está allí ni recuerdo que haya vuelto a estar, después de la última vez que lo vimos. Había cuatro niños pequeños esperando, pero no había maestro ni fogones encendidos. No puedo imaginar qué habrá sido de él.

—Esta lluvia ha mantenido a todos encerrados en casa —aclaró Amy—. Estoy segura que aparecerá en cuanto las carreteras estén en condiciones para circular.

—Pero, eso no es lo peor —insistió Grace—. Había cajones abiertos en la cocina y faltan todas las cucharas y los cuchillos. Tengo la terrible sospecha que el señor Oak se ha ido para no volver jamás, llevándose los cubiertos.

Belle estaba demasiado conmocionada para decir una palabra. Fue Amy quien expresó el terrible pensamiento: —Y cincuenta libras, hermana. ¡Él nos ha robado nuestras cincuenta libras!