8. Un anuncio
Las hermanas se pusieron manos a la obra temprano, a la mañana siguiente.
Grace llenó varias hojas de papel, apenas manchadas de tinta, con los nombres de todos sus conocidos, que debían ser invitados a cenar.
Al principio, no hubo ninguna objeción. El señor Ambleside fue el primero, seguido de los Endercott y el señor Burford.
Luego, Sir Matthew y Lady Graham, y la condesa viuda de Humbleforth, cuya hospitalidad habían disfrutado y a la que ahora podían corresponder.
—Y Sir Osborne Hardy —agregó Grace.
—No hemos cenado allí este año —dijo Amy—. ¿Es apropiado?
—Lleva meses en Italia —aclaró Connie—. No podía invitarnos a cenar, si él mismo no estaba allí.
—No, pero su madre está en la mansión —replicó Belle—. Llevamos tiempo pudiendo salir a cenar, pero no nos han invitado. No creo que deba estar en la lista. Además, si lo invitan, también estarán su amigo, su madre y sus hermanas.
—¡Oh, pero hay que invitarlo! —insistió Grace—. Es un hombre muy codiciado, y a pesar que ha estado recorriendo Italia, en busca de esta condesa, al final no ha conseguido nada. En su momento se interesó por Amy, así que puede que tengas una oportunidad con él, Belle.
Belle se rió y negó con la cabeza. —¡No, no, no!
Fue su madre quien se interesó por Amy. Quiere una esposa dócil y conformista para su hijo, y yo no soy ni dócil ni conformista, en absoluto.
Pero, por supuesto... Invita a Sir Osborne y a su familia, si lo deseas.
Y al señor Wills también, ¿acaso no estaba él en la lista de candidatos para Amy, antes que el señor Ambleside lo apartara de un codazo?
—Por supuesto que hay que invitarlo, y también a su madre, a sus tías y a su primo —dijo Grace—.
Declaro que estos caballeros tienen demasiados parientes.
No me molesta el primo, pues los solteros siempre son bienvenidos, pero las parientes de un hombre deberían tener el buen juicio de retirarse a Bath, o casarse, y no atormentarlo eternamente.
—El señor Wills es una opción mucho mejor que Sir Osborne —aclaró Connie—. Todo el mundo sabe que necesita fondos.
—No sé si eso es cierto —dijo Belle—. Hace poco compró un faetón y dos caballos, y oí que planea hacer importantes mejoras en Thornside, al menos un ala nueva con techo abovedado. Se mencionó una torre con almenas. Ya contrató a un constructor.
—Y encima de eso, él está gordo —se lamentó Dulcie—. No quiero que ninguna de nosotras se case con un hombre que usa corsé y cruje al hacer una reverencia.
—Que lo inviten a cenar, pues, pero, no me casaré con él, si no te gusta, querida Dulcie... Grace, te has olvidado del primo Henry, Mary y James.
—No me he olvidado de ellos, los anotaré ahora. Deben venir, por supuesto, ya que no suelen comer afuera, así que les vendrá bien.
—No suelen salir a cenar muy a menudo porque rara vez devuelven el cumplido —dijo Belle.
—Willowbye está ubicado en un lugar muy inconveniente, y las carreteras de los alrededores están en muy mal estado —explicó Amy—. Estoy segura que organizarían más reuniones, si hubiera menos barro.
En ese momento, Young entró con una carta en una bandeja de plata. —Para la señorita Grace —dijo, aunque su tono tranquilo desmentía la naturaleza inusual de su misión.
—¿Una carta? ¿Para Grace? —preguntó Dulcie—. Usted se equivoca, Young.
Aunque Grace arrojó su pluma a un lado, esparciendo manchas generosamente sobre el papel, y se levantó de un salto. —¡Oh! ¡Tan pronto!
—¿Esperabas esto? —preguntó Amy con tono de asombro—. Hermana, ¿de verdad crees que...?
—Gracias, Young. Ya puede irse —le dijo Grace, agarrando la carta de la bandeja y alejándose dando saltitos hacia el otro extremo del salón.
En cuanto el mayordomo se retiró y la puerta se cerró, Grace soltó una risita.
—¿Qué opinan, hermanas? La semana pasada publiqué un anuncio buscando un maestro en la Gaceta de Brinchester, y esto debe ser una respuesta.
—Ella rompió el sello y desdobló la página—.
¡Sí, lo es! Un tal señor Oak. Es un buen nombre inglés, ¿cierto?
Así que debe de ser una persona muy respetable, y además tiene referencias. Mañana vendrá a la entrevista.
—¿Aquí? —preguntó Amy—. ¿Lo has invitado a venir aquí?
—No, no. En la escuela, por supuesto. Lo entrevistaremos allí.
—¿Entrevistarlo? ¿Tú misma?
—Sí. ¿Por qué no?
—Porque no es apropiado —respondió Amy—. De verdad, Grace, deberías dejárselo al señor Ambleside.
—¡Oh! No podemos esperar eternamente. Amy, sé que el señor Ambleside es un hombre muy bueno y ha sido de gran ayuda, pero a veces él es demasiado precavido.
—No creo que se pueda ser demasiado precavido a la hora de ofrecer empleo —dijo Amy, sonrojándose—. Un hombre es quien contrata a un maestro. Las mujeres pueden tratar con las sirvientas, pero los hombres son quienes mejor saben evaluar a otro hombre.
—¡Tonterías! Podemos gestionar el negocio perfectamente nosotras solas.
—Amy, ¿esperas hoy al señor Ambleside? —preguntó Belle—. Si le contaras esto, lo del señor Oak…
—¡No necesitamos a Ambleside! —insistió Grace—. Esta es mi escuela, y hasta ahora la he gestionado yo sola, en todos los aspectos. Creo que soy la persona más indicada para juzgar quién es apto para impartir clases aquí.
—No lo dudo, querida —la apoyó Belle—. Pero, el señor Ambleside tiene más experiencia y puede aconsejarte. Eso es todo lo que sugiero. Podría supervisar la entrevista, tal vez, y dar su opinión.
—Pero hoy se ha ido a Londres —reveló Amy—. Tiene asuntos que atender antes de… —Su rostro se sonrojó—. Acuerdos y lo demás. Quiere hablar con sus abogados. No volverá hasta dentro de una semana o más.
—Tal vez el señor o la señorita Endercott… —comenzó Belle, antes de darse cuenta, por la expresión de Grace, que el caso era inútil. Podría haberla convencido de aceptar al señor Ambleside, pero no recurriría a nadie más.
—Entonces, iremos todas —sugirió Belle—. Entre las seis, deberíamos poder formarnos una opinión fundamentada sobre este hombre. Pero, solo si mamá lo permite.
Y así se acordó.
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Si Belle albergaba alguna esperanza que su madre pusiera fin a la entrevista con el señor Oak, se llevaría una gran decepción.
—Ya he dado mi permiso para que se establezca esta escuela —afirmó Lady Sara—.
Pueden hacer lo que sea necesario. Confío en su buen juicio para no hacer nada impropio ni insensato, pero no me interesan los detalles triviales.
Supongo que la señorita Bellows todavía tiene fiebre, ¿cierto?
Bueno, no importa, siempre y cuando estén todas juntas, y ninguna de ustedes se quede a solas con este hombre, por muy respetable que sea.
Así que era tutor particular de los hijos del duque de Mortshire, ¿no?
—Sí, durante cinco años —respondió Grace con entusiasmo—. Y antes de eso, estudió en una escuela muy exclusiva de Escocia: la Academia Glenelg.
—¡Ah! Sí, la conozco. Entonces, ¿por qué quiere ocupar un puesto en una escuela de pueblo?
—Se lesionó la pierna en un accidente de caza, mamá, así que quiere algo menos agotador.
—Asegúrense de leer atentamente sus referencias. Lo que no se dice es lo importante. Debe ser honesto, trabajador y puntual. Si no se mencionan estas cualidades, desconfíen.
—Sí, mamá. Gracias, mamá.
La necesidad de cuidar de Grace prevaleció sobre el acuerdo de Belle con el señor Burford para buscar más cajas fuertes.
No le convencía escribirle directamente para posponer su compromiso, pues una mujer soltera escribiendo a un hombre soltero podía dar lugar a malentendidos, si se descubría el hecho.
En cambio, Belle le escribió a la señorita Endercott, explicándole el motivo del cambio, y pidiéndole que le transmitiera la información al señor Burford para ahorrarle un viaje en vano.
También tuvo la grata idea de aprovechar su visita al pueblo para saldar algunas de las cuentas pendientes de los comerciantes locales.
Después del desayuno, las hermanas emprendieron el camino hacia el pueblo.
Era un hermoso día de otoño, frío y fresco, con las hojas empezando a caer y cada arbusto repleto de bayas.
Caminaron por el bosque, formando parejas de forma natural, tal como su padre había ordenado, de modo que Belle y Amy iban una al lado de la otra, detrás de ellas Connie y Dulcie, susurrando entre sí, y al final Grace y Hope, charlando animadamente y, de vez en cuando, riéndose a carcajadas.
—Deberíamos estar practicando nuestro griego —dijo Amy con tristeza—.
O tal vez, recitando un poema. Papá se horrorizaría al oír a las demás comportarse de forma tan despreocupada.
Un paseo es para cultivar la mente y observar las maravillas de la naturaleza, siempre lo decía.
Aunque la observación de la naturaleza es para el camino de regreso —añadió en voz tan baja que Belle apenas la oyó.
—Amy, eres la única de nosotras que echa de menos el plan de papá para cultivar nuestra mente —manifestó Belle, entrelazando su brazo con el de su hermana—.
Hemos recibido una educación completa, al máximo de nuestras capacidades, y aunque no creo que hayamos llegado al punto en que ya no sea posible mejorar, sí creo que hemos alcanzado una edad, en la que podemos decidir por nosotras mismas, si dedicamos nuestras horas a aprender poemas de memoria, o a leer en griego.
En mi caso, disfruto del griego y lo leo con mucho placer, siempre y cuando no me pidan que copie versos, que los aprenda de memoria, o que me evalúen a diario, y me encuentren incompetente.
Pero, si deseas recitar un poema, querida hermana, con mucho gusto te escucharé.