7. Un Domingo por la noche
El domingo siguiente por la noche, el señor Burford se acercó a Belle, en cuanto entró en la habitación.
—¡Buenas noches, señorita Belle! —dijo él, alegremente—. Me han dicho que Harry Turner tuvo éxito en su misión. Me alegro mucho y espero que sus preocupaciones se hayan resuelto.
—Parcialmente. La caja contenía… —Ella bajó la voz, pues no deseaba mencionar sumas tan elevadas con los sirvientes moviéndose por la habitación—.
Mil doscientas cuarenta y cinco libras, suficientes para saldar la mayoría de las cuentas pendientes, pero no todas.
Y otra llave, que, por cierto, no abre ninguna cerradura, que yo haya descubierto...
Buenas noches, señorita Endercott. Espero que usted se encuentre bien.
—Muy bien, gracias, me alegra mucho que haya podido usar su carruaje esta noche, pues este viento frío le sienta muy mal a mi hermano. No suele tener fiebres ni malestares en general, pero estos vientos del este siempre le provocan tos.
—Recuerdo lo mucho que le preocupó hace tres años, cuando no tenía ningún coadjutor que lo ayudara con los servicios religiosos.
—Sí, todos estamos muy contentos de tener al señor Burford aquí —replicó la señorita Endercott—. Por muchas razones, y no solo por la tos de Horace.
—En efecto, y yo más que nadie, justo ahora —dijo Belle—.
De hecho, me temo que tendré que aceptar su amable ofrecimiento de ayuda adicional, señor Burford.
El señor Turner me ha informado que su padre fabricó varias cajas fuertes para mi padre, así que parece que la que hemos encontrado no es la única.
—¡Esta es una excelente noticia, señorita Belle!
—respondió—. ¡Excelente! Porque significa que su padre debió haber dejado una buena cantidad de dinero, en algún lugar de la casa.
¿Quiere que investigue un poco más? Con mucho gusto la ayudaré en lo que necesite.
No dejaré alfombra sin levantar ni mueble sin examinar... Ni sótano sin registrar.
Ella se rió y negó con la cabeza. —¡En el sótano no! ¡Todavía no! El señor Turner sugirió un escondite debajo de las tablas del suelo.
—¡Oh, sí, ese es el lugar exacto! Iré mañana, señorita Belle.
—Mañana nos visita el diácono, John, ¿no se acuerda? —dijo la señorita Endercott.
—¡Ah! Sí, así es. El martes sin falta. Buscaremos hasta encontrar todas las cajas fuertes, señorita Belle, y usted tendrá todo el dinero que necesita, y mucho más.
—Y una gran colección de llaves inservibles —agregó.
—Estoy seguro que tienen un propósito —dijo—. ¿Por qué? Parece probable…
En ese instante apareció Hope. El señor Burford se sonrojó intensamente y perdió el habla.
—No debes quedarte con el señor Burford solo para ti, Belle —le dijo Hope—.
Estoy segura que quiere hablar con otras personas además de contigo...
—Volteó hacia la mujer mayor—. Señorita Endercott, ¿le importaría si me lo llevo un rato?
Grace quiere contarle todo sobre nuestros avances, en la escuela, ya usted sabe, lo cual estoy segura que le interesa mucho. ¿Cierto, señor Burford?
—¡Oh! En efecto, señorita Hope.
Y dicho esto, lo condujo hasta el fuego, donde Grace, Connie y Dulcie esperaban expectantes sus respuestas, a pesar de su tartamudeo.
La señorita Endercott soltó una risita. —No se preocupe, querida.
Hope apenas llevaba un mes fuera de casa, cuando su padre falleció prematuramente.
En cuanto descubra los placeres de los bailes, las partidas de cartas y todo tipo de eventos sociales, se verá rodeada de caballeros mucho más atractivos que el señor Burford.
—¿Más atractivos, señorita Endercott? Pues bien, el señor Burford es un caballero sensato y educado. Solo necesita mayores ingresos, y si su esposa puede proporcionárselos, creo que sería un marido muy deseable.
La señorita Endercott se rió aún más y dijo: —Eso mismo pensaba yo. —Esto dejó a Belle completamente desconcertada.
~~~~~
Burford disfrutaba enormemente de los domingos, como era de esperar, pues, ¿qué podía ser más placentero que pasar toda una velada en compañía de la joven más dulce y hermosa imaginable?
Y sus hermanas, casi igual de encantadoras, y todas ellas de buen humor.
No obstante, siempre se sentía fuera de lugar rodeado de semejante grupo de bellezas, que parloteaban y charlaban con una naturalidad encantadora.
Eran muy amables y siempre lo incluían en sus conversaciones.
«¿No está de acuerdo, señor Burford?», le decían entre risitas, y él asentía enérgicamente, y a veces, cuando no estaba demasiado concentrado en su discurso, lograba responder.
Pero casi siempre se sonrojaba, tartamudeaba y se sentía tremendamente ridículo.
Aunque Belle era muy diferente. Le hablaba de asuntos prácticos y se dirigía a él, como si fuera una persona racional, y era fácil responderle de la misma manera. A veces deseaba poder hablar con Hope con la misma naturalidad con la que hablaba con Belle.
En su mente, se imaginaba a sí mismo y a Hope, como la señora Burford, por supuesto, pues se trataba de una visión del futuro, sentados a ambos lados del fuego al atardecer, conversando amenamente.
Ella le contaría sobre el progreso de los niños y cómo trabajaba la nueva criada, y él le hablaría de sus dificultades con el sermón del domingo siguiente, y las ambigüedades del texto que había elegido.
Sin embargo, ahí era donde la visión siempre se detenía, pues ni en sus sueños más descabellados podía imaginar que Hope se interesara por sermones o interpretaciones bíblicas.
Le encantaría leerle poesía o fragmentos del libro, que estuviera leyendo, compartir la melodía de las palabras o alguna idea cautivadora, pero ella se aburriría, y él lo sabía perfectamente.
Era tan diferente de Belle, quien había disfrutado de sus recitales, en Brinchester, y había discutido animadamente sobre el significado preciso de una palabra o una frase.
¡Sí! Su Hope era una criatura delicada, para nada atraída por el mundo intelectual.
Cuando entraron al comedor, él se mantuvo al margen, como siempre, para poder sentarse en el sitio que más le gustaba: frente a Hope, para poder mirarla y grabar en su mente ese hermoso rostro, que le serviría de consuelo, durante la semana.
Ese arreglo también lo liberaba de la obligación de entablar una conversación y hacer el ridículo, tartamudeando como un tonto.
Hubo un chico en la escuela, que tartamudeaba terriblemente, y del que se reían sin piedad por esto.
Después de un par de trimestres, sus padres lo sacaron.
Burford sabía perfectamente cómo se debió sentir aquel chico, objeto de burlas y ridículo por algo que no podía evitar en absoluto.
Allí estaba él, un hombre sensato y culto, con una profesión, que podía estar en el púlpito los domingos, y expresarse con total claridad.
No obstante, una chica de dieciocho años podía reducirlo a un balbuceo incoherente.
Él volteó aliviado hacia Belle, que estaba sentada, a su lado. —He estado pensando en el problema de las llaves, señorita Belle —le dijo.
—Usted es muy amable, señor, al dedicarle tanto tiempo a este asunto. Espero que no lo haya distraído de su cordero.
—No, en absoluto, porque el cordero es mi plato favorito.
Ella se rió. —Me lo imaginaba. Y en cuanto a las llaves, ¿cuáles son sus conclusiones?
—Creo que su padre pudo haber tenido un método para colocar las llaves.
Era un hombre sumamente meticuloso en todo, así que seguramente era muy sistemático.
Estoy convencido que si localizamos todas las cajas fuertes, descubriremos que la llave de la caja pequeña del escritorio abre la primera caja, que contiene la llave de la segunda, y así sucesivamente.
La última caja, por supuesto, no contendría ninguna llave.
—Eso es de lo más ingenioso, señor Burford —replicó ella—. Estoy segura que usted tiene razón, aunque no podremos confirmarlo hasta que hayamos encontrado todas las cajas.
—Cierto. Pero al menos podemos estar seguros que hay más cajas por encontrar.
—Sí, ya que el señor Thomas padre hizo varias. Pero, no podemos saber el número total, puesto que el pobre hombre falleció y, presumiblemente, no dejó constancia de ello.
—Pero, usted misma podría tener un registro, señorita Belle —dijo—. Su padre llevaba una contabilidad meticulosa, no me cabe duda. Si sus registros se remontan lo suficiente, encontrará los detalles escritos, en sus propios libros de contabilidad.
—¡Qué idea tan excelente! Aún no he examinado los libros de contabilidad, pero hay muchísimos, y estoy segura que datan de cuando papá heredó la mansión. Eso me dará el número exacto, y solo queda encontrarlos. Y para eso cuento con usted, señor Burford.
Él se sonrojó de placer ante el halago. —Haré todo lo posible, se lo aseguro.
Pero, al menos puede estar segura que hay cajas fuertes, y por lo tanto dinero, que encontrar.
Esta semana me contactó un viejo amigo de la escuela, cuyo padre falleció repentinamente hace un mes, dejando la herencia muy endeudada, con deudas por doquier y sin ningún tesoro escondido.
El hermano mayor de mi amigo, que ha heredado, debe vender una gran cantidad de tierras para salir adelante, y mi amigo está decidido a encontrar trabajo para no ser una carga.
—¡Qué terrible! —exclamó—. Lo siento mucho por su amigo. ¿Tiene alguna formación profesional? Si la familia tiene dificultades económicas, supongo que no podrá permitirse comprar un puesto en el ejército ni un buen cargo eclesiástico.
—No, nada de eso. Cree que un puesto de profesor le vendría bien, pero tan cerca del inicio del trimestre, todos los puestos probables ya están cubiertos.
—¿Sería demasiado humillante para él una escuela de pueblo? Porque pronto necesitaremos un maestro para Lower Brinford.
—No lo había pensado… Supuse que usted estaba intentando conseguir uno de un establecimiento más grande.
—El sueldo no es muy alto, pero puede que tenga inquilinos que aporten un ingreso extra, y además se le proporcionará una vivienda. Podría servirle durante un tiempo, hasta que tenga tiempo de buscar algo más acorde a sus capacidades.
—Es una idea estupenda. ¿Debería comentársela a la señorita Grace? —Él sintió un escalofrío de inquietud, ante la perspectiva de tener semejante conversación con una jovencita. Se quedaría sin palabras al instante, ¿y entonces qué haría?
—El señor Ambleside se ha comprometido a buscar un maestro de escuela. Creo que debería dirigirse a él.
«¡Ah, qué alivio!». Él podría hablar con Ambleside sin temor a quedarse sin palabras, y podían discutir el asunto con racionalidad. —Lo haré, señorita Belle.
~~~~~
Belle quedó impresionada por la perspicacia de Burford, en el asunto de las llaves, y su disposición a ayudarla a encontrar las cajas perdidas le resultó encantadora.
Todo era gracias a Hope, por supuesto, lo sabía, pero aun así era un alivio tener a mano a un hombre sensato y práctico.
Ambleside también se mostró muy amable, pero su mayor edad lo hacía parecerle una figura más distante.
No podía imaginarlo gateando por el suelo para examinar la parte inferior de las alfombras y las sillas.
Burford era solo un año mayor que Belle, y eso lo hacía sentir como un hermano, alguien con quien podría compartir una broma y a quién recurrir en caso de cualquier apuro.
Pasó el resto de la comida reflexionando sobre esa amabilidad y la buena fortuna de Hope, al ganarse el afecto de un hombre tan valioso.
Cuando las damas se retiraron al salón, Lady Sara y la señorita Endercott ocuparon sus lugares habituales, a ambos lados de la chimenea. Las hermanas se habrían dispersado por el lugar, en grupos de dos o tres, pero su madre dijo: —Ahora, reúnanse, chicas, porque les tengo una noticia.
Obedientemente formaron un semicírculo alrededor de la silla de su madre, ordenadas por edad, tal como su padre siempre había insistido. Ya no era necesario, pero en ocasiones, cuando estaban todas juntas, la vieja costumbre se imponía y adoptaban de forma natural el patrón tradicional.
Lady Sara contempló a sus hijas con rostro sereno.
Siempre estaba tranquila, y Belle jamás había oído a su madre alzar la voz ni mostrar emociones violentas.
Si eso significaba que no sentía nada, o que simplemente era buena disimulando sus sentimientos, esto era algo que Belle nunca había podido determinar con certeza.
—Bueno, chicas, nuestro periodo de duelo está por terminar.
Propongo celebrarlo con una cena, invitando a todos nuestros conocidos, que quepan alrededor de la mesa.
Será un buen momento para que Amy y el señor Ambleside anuncien su compromiso al mundo, aunque sospecho que todo el mundo ya sabe lo que pasa entre ellos.
Pueden preparar una lista de todos los que quieran invitar y un menú para mi aprobación.
Será una buena práctica para cuando todas tengan sus propios hogares.
Belle estaba tan contenta como cualquiera, ante la perspectiva de volver a recibir invitados. Nunca le habían gustado especialmente los bailes, pero una gran cena con amigos siempre era agradable. Entre los gritos de alegría de las demás, preguntó: —¿Cuándo será, mamá?
—En tres semanas, el martes.
Se hizo un silencio inmediato.
—Pero… Pero es el aniversario de la muerte de papá —dijo Amy—. ¿Lo habías olvidado, mamá?
—¿Cómo podría olvidarlo? Marca el final de nuestro año de luto.
Ustedes, muchachas, podrán volver a vestir de gala y asistir a bailes, e incluso a mí se me permite salir de mi reclusión.
El señor Endercott se unirá a nosotras, en un momento, para leer un sermón, así que no hablaremos más de ello, esta noche.
Mañana podrán comenzar con los preparativos, y si desean invitar a uno o dos huéspedes, a pasar la noche en la mansión, sería aceptable.
Yo misma tendré un huésped. ¡Ah! Aquí están los caballeros.