Belle (Las hijas de Allamont Hall nº 2) 5. Las cuentas
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5. Las cuentas

Belle pasó la tarde describiendo su día, en Brinchester, a sus hermanas, quienes deseaban saber hasta el último detalle, por insignificante que pareciera.

Sin embargo, a las hermanas les interesaban poco las delicias de la biblioteca circulante, y menos aún el banco, así que al final el tema principal de conversación fue el señor Burford.

—¡Qué increíble que se hayan encontrado, justo en ese momento! —dijo Hope—. Nunca tengo tanta suerte. ¡Mira cuántas veces voy al pueblo y nunca veo al señor Burford, aunque vive allí! Pero, vas una vez a Brinchester, ¡y ahí está! Y con tiempo para pasar horas y horas contigo.

—Tuvo que esperar a que Sir Matthew y Lady Graham vinieran a buscarlo —replicó Belle—. Me atrevo a decir que habría entrado en la iglesia, si no hubiéramos estado allí.

—¿Por qué haría eso? —preguntó Hope.

—Mencionó que tiene la costumbre de esperar en St Clarence's hasta la hora señalada —respondió Belle—. Además, él es un clérigo. Una iglesia es, sin duda, el hábitat natural de un hombre así.

—Bueno, no veo por qué —dijo Hope—. Estoy segura que el señor Endercott nunca entra en su propia iglesia excepto los domingos. Un clérigo es tan caballero como cualquier otro, y tiene derecho a hacer lo que le plazca.

—Hope, no te corresponde opinar sobre el comportamiento de un caballero —dijo su madre.

—Pero, hay mucha verdad en la observación de la señorita Hope —dijo Ambleside—. Muchos clérigos descuidan lamentablemente sus deberes y se entregan por completo al placer, aunque no he oído ninguna crítica hacia el señor Endercott ni hacia el señor Burford.

—No, en absoluto —replicó Hope—. Estoy segura que jamás se podría acusar al señor Burford de negligencia, pues siempre parece estar ocupado con sus deberes religiosos, cada vez que le he preguntado.

—¿Preguntado? —dijo Lady Sara con su tono más reprobatorio.

Hope se sonrojó, aunque dijo: —Es natural preguntarle a un conocido, mamá, estoy segura de esto...

Belle, ¿vas a ir otra vez a Brinchester?

Quizás te acompañe la próxima vez, porque lo has pasado de maravilla, y estoy segura que un día, fuera de casa, me vendría de maravilla.

Estamos tan encerradas aquí, y no he salido de casa, en días y días, con toda esta lluvia...

—No tengo ninguna intención de volver a Brinchester pronto —replicó Belle.

—¡Oh! Pero tienes libros de la biblioteca circulante, así que tienes que ir —dijo Hope—. Y la próxima vez, iré contigo.

—El señor Burford se ha ofrecido a devolverme los libros.

—¡Oh! El señor Burford se encargará de ello. ¡Qué amable es contigo, hermana! —Hope no pronunció ni una palabra más en toda la noche.

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Dos días después, cuando Lady Sara llevó a Amy, a Brinchester, para ver los vestidos de novia, y sus otras hermanas decidieron que ya no hacía suficiente frío, y podrían ir andando al pueblo, Belle sintió que era hora de ocuparse del dinero, que había sacado del banco, y decidir la mejor manera de distribuirlo entre los comerciantes y sirvientes con cuentas pendientes.

En consecuencia, tomó su bolso, con su deliciosa y pesada bolsa de dinero, y los billetes que su madre le había dado, y bajó a la habitación de libros de su padre.

Le pareció apropiado, al revisar las cuentas de la casa, sentarse en la silla de su padre y usar su escritorio, como si de esa manera parte de su método y competencia recayeran en sus manos inexpertas.

Su primera tarea fue encontrar los libros de contabilidad, pero la búsqueda en las estanterías no dio resultado.

Había un par de estantes con sermones, libros de historia y similares, la mayoría de los cuales Belle había leído muchas veces.

Un estante entero estaba dedicado a los cuadernos, donde su padre había anotado cada detalle de la vida de sus hijas desde su nacimiento.

Algunos adornos estaban esparcidos, pero la estantería seguía pareciendo muy vacía.

En un armario solo había una botella de brandy y un vaso.

No había otro lugar donde buscar salvo en los cajones del escritorio.

Y aun así, dudó. Sentada en su silla, sintió la presencia de su padre muy cerca, como si la estuviera observando.

Casi podía imaginar su rostro ensombrecido, ante su osadía de estar en su habitación sin él.

¿Y qué documentos privados podrían revelarse al registrar su escritorio?

¿Qué secretos podría encontrar si miraba?

No obstante, difícilmente podía pedirle a uno de los sirvientes que buscara por ella, y necesitaba los libros de contabilidad.

Quizás encontraría allí también una suma de dinero escondida.

Su padre siempre parecía tener dinero a mano, ¿y dónde más lo guardaría sino en su escritorio?

Extendió la mano hacia el cajón más cercano, pero la retiró.

Respirando profundamente, abrió primero un cajón, luego otro.

Había muchos objetos de poco interés: material de escritura, una correa de cuero, unas cajitas de pastillas.

Un cajón lleno de facturas, cada una marcada con la letra minúscula de su padre: «Pagado» y la fecha.

Ni una sola carta personal. Encontró un libro, al fondo de un cajón, que no reconoció, así que lo dejó sobre el escritorio para leerlo más tarde.

Su búsqueda tuvo un éxito parcial: encontró una pila de libros de contabilidad, cada uno cuidadosamente etiquetado con las fechas, y un juego de llaves.

Tres cajones permanecían cerrados con llave, pero ninguna llave encajaba. Suspiró con fastidio.

Sin embargo, no tenía sentido lamentarse.

Las llaves perdidas seguramente aparecerían tarde o temprano, tal vez en el vestidor de su padre, o escondidas en el bolsillo de un abrigo o chaleco.

Mientras tanto, se dedicó a examinar las facturas que su madre había dejado sin pagar.

Una a una, ella las leyó con creciente horror, al darse cuenta que doscientas libras no eran suficientes para cubrir todos los gastos.

Solo la factura del carbón ascendía a más de la mitad de su dinero.

Y luego estaban los sirvientes. ¿Cómo iba a arreglárselas?

Ella paseaba nerviosa por la habitación, cuando el crujido de la grava, en el camino, anunció la llegada de quienes la visitaban por la mañana. Unos minutos después, entró Young.

—La señorita Endercott y el señor Burford están aquí, señorita Belle. ¿Los acompaño al salón y enciendo la chimenea?

—No, el fuego ya está encendido aquí. No malgastemos carbón en otra chimenea, tan temprano. Por favor, hágalos pasar.

El señor Burford entró con entusiasmo y miró a su alrededor, antes de voltear hacia Belle con decepción en el rostro. —¿Está sola hoy, señorita Belle?

—Sí, todas las demás están disfrutando del sol. No esperábamos a nadie esta mañana.

—Nosotros también estábamos aprovechando el buen tiempo —dijo la señorita Endercott—.

Habiendo llegado prácticamente hasta su puerta, nos habría parecido descortés marcharnos sin saludar.

—Miró a su alrededor con vivaz interés—.

Vaya, vaya, así que aquí es donde se escondía su padre. Y ni un solo cuadro en las paredes.

—Siempre decía que este era un lugar para pensar y trabajar, y que las fotografías lo distraían —replicó Belle.

—Precisamente ese es el propósito de un cuadro, en mi opinión: distraer. ¿Qué sentido tiene mirar un papel pintado? Es un papel pintado muy bonito, sin duda, pero no deja de ser un simple estampado. Un par de paisajes marcarían la diferencia. ¿Está usted bien, querida? Parece un poco agobiada.

—He estado lidiando con las cuentas de la casa y no me va nada bien. Pero, eso no le interesa.

—Al contrario —refutó la señorita Endercott con una carcajada—.

Le aseguro que todo me interesa, muchacha.

No tiene por qué hablar de ello, si no quiere, pero como la discusión que tuvo el señor Wiseman con su esposa, el otro día, y el motivo de la misma, son de sobra conocidos, puedo intuir la razón de sus preocupaciones.

Belle se rió. —Supuse que ya lo sabría todo. En un pueblo pequeño no hay secretos. Es cierto, tengo muchas facturas sin pagar, y me temo que no tengo suficiente dinero para saldarlas. No sé qué voy a hacer.

—¡No tiene suficiente dinero! Su padre tenía unos ingresos superiores a tres mil libras al año, y no era nada derrochador. De hecho, diría que vivía muy por debajo de sus posibilidades.

Belle se sorprendió ante esta declaración, y no supo cómo responder.

El señor Burford dijo: —Señorita Endercott, no entiendo cómo puede decir eso, porque usted no puede saber cuánto gasta un hombre en azúcar o carne de res.

Ella soltó una risita con su voz ronca resonando en un murmullo grave.

—No, en absoluto. Pero sé contar, señor Burford.

Sé que Allamont Hall solo tiene un lacayo, un mozo de cuadra, ninguna lavandera y solo cuatro caballos, y muchos en el pueblo recuerdan la época del señor Walter Allamont, el abuelo de la señorita Allamont, y que la casa era mucho más grande, en ese entonces.

—Pero su padre era un administrador prudente, señorita Allamont, así que no me imagino ni por un momento que sus ahorros se debieran a dificultades económicas. Debía de tener una situación económica muy acomodada.

—Pero, no tengo ni idea de dónde puede estar el dinero —aclaró Belle—. No he encontrado nada aquí, y ya no queda nada en el banco.

—Hay varios bancos en Brinchester —explicó el señor Burford—. Puede que tenga otra cuenta, en otro lugar. O varias, quizás.

—No lo creo —replicó Belle—. El señor Martin dijo que a mi padre le disgustaban mucho los bancos y desconfiaba de ellos.

—Entonces, tendrá las monedas en la casa —dijo el señor Burford—. Usted tiene un juego de llaves allí, señorita Allamont. ¿Qué abren?

—No tengo ni la más mínima idea. No encajan en las cerraduras de estos cajones.