Belle (Las hijas de Allamont Hall nº 2) 3. Hormigueo y nervios #2
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3. Hormigueo y nervios #2

—¡Ah! Interrumpimos tus estudios —dijo Mary, riéndose—. ¿Qué libro te resulta tan fascinante?

—Es solo la historia del señor Hume —respondió Belle, cerrándolo—. Ya la he leído muchas veces.

—¿Por qué lees un libro, que ya has leído? —preguntó James—. Debe ser un trabajo muy aburrido.

Belle suspiró. —Debo hacerlo, ya que no tengo nada nuevo que leer. He oído que han abierto una biblioteca circulante en Brinchester, pero aún no he tenido la oportunidad de inscribirme. ¿Has estado allí? ¿Hay muchos libros?

Pero ninguno de los dos sabía nada al respecto.

—¿Cómo está tu mamá? —preguntó Mary—. No la he visto desde que regresó de Londres.

—Ella está bien, pero dice que la compañía la cansa. Casi todas las mañanas se queda en su habitación.

Mary guardó silencio durante un instante. —Lo siento mucho. Una jovencita no puede tener mejor ejemplo de comportamiento y buenos modales, en sociedad, que su propia madre. Pero quizás, cuando termine su año de luto, Lady Sara se integrará más en la vida social.

—No lo sé —confesó Belle—. Ella no ha revelado su opinión al respecto.

En ese momento, su atención se dirigió el señor Burford, quien lucía el rostro enrojecido, tartamudeaba y balbuceaba.

—¿Cómo es posible que un hombre sensato, un hombre culto y con cierta inteligencia, pueda expresarse con tanta elocuencia en el púlpito, pero, sea incapaz de pronunciar una sola palabra, en presencia de una jovencita tan guapa? —exclamó Belle.

—Está enamorado —reveló Mary—. Todos los hombres se vuelven tontos, cuando están enamorados.

—Y las mujeres también —afirmó Belle—. Porque Hope se sonroja y se pone tímida tanto como el pobre señor Burford.

—Le queda mejor a ella —aclaró Mary—. Un hombre pelirrojo nunca debería sonrojarse, si puede evitarlo.

—Me pregunto cómo se las arreglará él para proponerle matrimonio, alguna vez —agregó Belle.

—Debemos confiar en que las palabras de este hombre no llegarán a ella —prosiguió Mary—, estoy segura que Hope puede hacerlo mucho mejor...

Este hombre no tiene más que su estipendio y un poco de dinero propio.

Doscientas libras al año como máximo. Incluso con la dote de Hope, no le alcanza para vivir con cierta comodidad.

Además, es demasiado joven para haber formado un vínculo duradero.

Por eso... Es mejor que Hope... Un par de temporadas, en sociedad, con el incentivo adicional de veinte mil libras para los pretendientes, le vendrían de maravilla.

Podría aspirar a un título nobiliario...

Disculpen, creo que la señorita Endercott desea hablar conmigo.

Cuando ella se hubo marchado, James dijo: —¿Veinte mil? Yo creía que la suma era de diecisiete mil, más o menos.

—Así era, aunque recientemente nos enteramos que el fondo ha aumentado de valor desde que murió nuestro padre.

—¿De verdad? Entonces, quizás deberíamos esperar uno, dos o cinco años más para casarnos, para ver si aumenta aún muchísimo más.

—Pero, un aumento tan grande sugiere una inversión especulativa —respondió Belle—. Quizás el valor vuelva a caer con la misma rapidez.

—Entonces, deberíamos anunciar las amonestaciones matrimoniales, en cuanto Amy llegue a la puerta de la iglesia. ¿Qué te parece, prima? Porque nos iría de maravilla, tú y yo, con tu pragmatismo y mi encanto desenfadado.

—¿Te refieres a tu amor por los caballos y a mis veinte mil libras? —dijo Belle, sonriendo—. Olvidas que te conozco de toda la vida.

Él tuvo la gentileza de mostrarse algo cohibido.

—Bueno, es algo a considerar, prima, debes admitirlo.

Mi padre no tiene mucho dinero, y cuidar de Willowbye requiere bastante atención.

Pero, a pesar de todo, creo que haríamos buena pareja.

También hay que tener en cuenta la mansión y la finca Allamont, ya que heredaríamos todo.

Podrías encontrar opciones mucho peores, ¿sabes, prima?

—Sí, lo sé.

—¿Qué, de verdad lo crees? ¿No me estás tomando el pelo? Amy ni siquiera me mira.

—Lo consideraría seriamente. La idea de arrastrarme por bailes, fiestas y cenas interminables, y tener que adular a jóvenes tontos solo para convencer a alguno que se digne a casarse conmigo, no me resulta nada atractiva.

Tengo que casarme, y pronto, antes que mis hermanas tengan su turno y se queden solteras, ¿y por qué no tú?

Creo que podría mantenerte a raya, primo.

Ese rostro reflejaba una cómica mezcla de sorpresa y alarma, aunque él hizo un buen intento por disimular. —Me encantaría que me pusieras en la vereda, querido prima, eso ni que decir.

Belle asintió con la cabeza. —Pero, hay un pequeño obstáculo para este feliz plan, del que me veo obligada a informarte, para que no pienses que el asunto está completamente resuelto.

Hay otro pretendiente a la herencia, y si su caso se demuestra conforme a derecho, tendrá prioridad sobre ti y sobre mí, incluso en ausencia de Ernest y Frank.

Ella le explicó todo a James, y él se marchó sumido en sus pensamientos.

—Me pregunto si acabo de desperdiciar mi mejor oportunidad de encontrar marido —le dijo a Mary, mientras ella se preparaba para marcharse—. Porque sé que la mansión es una parte importante del atractivo de la herencia.

—Entonces, quizás esto sea lo mejor —replicó Mary—. Le tengo cariño a mi hermano, pero tiene un carácter un tanto alocado, una falta de sensatez que no me gustaría infligir a una amiga tan buena como tú, Belle. ¡Te mereces algo mejor!

Cuando todos los visitantes, excepto el señor Ambleside, se marcharon, Belle fue al aula a leer algo de griego.

El estricto régimen de lecciones de su padre había quedado obsoleto hacía tiempo, pero la costumbre persistía.

Además, le gustaba el griego y no había nada que disfrutara más que encontrar el aula vacía para poder pasearse tranquilamente, libro en mano, leyendo pasajes con voz enérgica.

La habitación no estaba vacía hoy. La señorita Bellows estaba sentada, en silencio, en un escritorio, escribiendo.

Su antigua institutriz se había quedado como acompañante y chaperona tras la muerte de su padre, pero rara vez ella salía a recibir visitas.

Se levantó de un salto, cuando Belle entró, esparciendo la pluma, la lija y el papel.

—Disculpe, no quise asustarla —dijo Belle—. Permítame ayudarla a recoger sus cosas... ¡Oh!

—Gracias. Muy amable. Le estoy muy agradecida.

—Usted está solicitando otro puesto. —Belle se dio cuenta—. Lo siento mucho, no quería ser indiscreta, pero esas palabras me llamaron la atención. No pude evitar descubrir este hecho.

—No se preocupe, Belle. Debí habérselo dicho antes. De todas formas, ya le he avisado a Lady Sara.

—Pero, ¿por qué? Todavía la necesitamos y la valoramos como amiga. ¿No es feliz aquí? Lleva aquí toda la vida.

—¡Oh! Soy muy feliz aquí, y si por mí fuera, jamás me iría. Pero, me temo que debo hacerlo.

—¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo? ¿Qué puede ser tan terrible como para que usted se aleje así?

Ella dejó los útiles de escritura sobre el escritorio y se retorció las manos con nerviosismo. —No quiero parecer… Es decir, ya usted sabe que no soy de las que se quejan, pero…

—Espero que pueda hablar conmigo con total libertad.

—No me han pagado desde el pasado día de San Miguel, Belle.

Tampoco a ninguno de los sirvientes, y algunos proveedores se están poniendo bastante beligerantes y amenazan con dejar de abastecernos.

El señor Mitchell dijo el mes pasado que no aceptaría más pedidos de la mansión, así que cuando su madre se haya comido la última caja de bombones, no habrá más.

Su pobre padre era tan meticuloso con estas cosas y pagaba cada trimestre, sin falta.

Pero, Lady Sara… Belle, no quiero hablar mal de su madre, y ella puede ir a Londres, cuanto quiera, por mí que lo haga, pues tiene tanto derecho como cualquiera a disfrutar de un poco de alegría en su vida.

Quizás incluso más. Pero hay que cumplir con las obligaciones, y eso significa saldar las cuentas.

Si no quiere ocuparse ella misma, puede contratar a alguien para que lo haga por ella. Pero, esto hay que hacerlo.

—Señorita Bellows, ya me he comprometido a asegurar que se les pague a los comerciantes del pueblo. Si hago lo mismo por usted y los sirvientes, ¿se quedará?

—¡Oh! Con mucho gusto. Con el mayor placer, Belle. Pero, ¿cómo lo hará, si su madre no quiere pagar?

Belle se rió. —No tengo ni la más mínima idea. Pero, estoy decidida a que esto se haga, de una forma u otra.