2. Un sermón #2
A Belle le costaba hablar, pero era necesario decirlo y sacar el asunto a la luz.
—¿Debo suponer que esta señora Barnett, si es que está casada, es una persona de…
de moral relajada? ¿Y que este Jack Barnett es su hijo?
¿Y el orfanato…? —Ella respiró profundamente—.
El orfanato era una invención para ocultar las visitas de papá a su…
a su… ¿Cómo la llamaría usted, señor Plumphett? No sé la palabra adecuada.
—Es mejor que no lo diga, señorita Allamont.
«Ramera». Esa fue la palabra que le vino a la mente a Belle sin pensarlo. No estaba segura si este era el término correcto, pero el mismo aparece varias veces en la Biblia. Tan solo pensarlo la hizo sonrojar.
Rápidamente, ella dijo: —¿Mi madre sabe algo de esto?
—No lo sé. Le he escrito varias veces con la esperanza de hablar con ella sobre el asunto, pero aún no he recibido respuesta.
Incluso fui a Londres con la intención de visitarla allí, pero no tuve la suerte de encontrarla en casa.
Deseo fervientemente que siga sin saberlo, pues es un descubrimiento terrible sobre su propio marido, un caballero que se movía en círculos de la más alta respetabilidad...
Lady Sara se sentirá mortificada, cuando sepa la verdad.
—Entonces, ¿es cierto? ¿El señor Jack Barnett es realmente hijo de mi padre?
—¡Ah! Bueno... Puede que sea hijo de su padre, de hecho es muy probable, pero tendrá que presentar pruebas de ello. El simple hecho que su padre, al parecer, los mantuviera a él y a su madre, durante varios años, no prueba nada. Documentación, señorita Allamont, papeles: eso es lo que exige la ley.
—¿Y si logra hacerlo, podrá heredar la casa?
Se produjo un largo silencio. —Según lo estipulado en el testamento de su padre, quien hereda es el hijo mayor que sobrevive.
—Pero, ¡es un hijo nacido fuera del matrimonio! ¡Seguro que no puede simplemente tomarlo todo, de esa manera!
El pañuelo del señor Plumphett volvió a aparecer.
—Esto es incómodo. Si la herencia recayera sobre un heredero varón, entonces no, él no podría.
Si el testamento hubiera mencionado explícitamente al señor Ernest y al señor Frank, tampoco...
Pero, «al mayor de mis hijos que aún viva», como se redactó en el testamento, no es inequívoco, y la ley tal vez sea indulgente en esta interpretación.
—Usted redactó el testamento, señor Plumphett. —Ella se detuvo—. ¡Ah! Por supuesto, usted no tenía conocimiento de este hijo natural.
—¡Exactamente! De haberlo sabido, por supuesto habría determinado las intenciones precisas del difunto señor Allamont. Me habría asegurado que la redacción no dejara lugar a interpretaciones. Pero, tal como están las cosas, ahora…
—Tal como están las cosas, ahora, señor Plumphett, es posible que él pueda reclamar toda la herencia. Y entonces nos echará a todas a la calle, y pareceremos un grupo de tontas.
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El domingo era el día favorito del señor Burford.
Incluso de niño, disfrutaba del apacible ritual de la liturgia, los salmos y los himnos.
Él se enorgullecía de su voz de tenor, que resonaba hasta el techo abovedado de la iglesia, por encima de los tonos más apagados de los feligreses.
A veces, cerraba los ojos y dejaba que el canto fluyera como la sangre por sus venas, elevando también su espíritu hasta el techo.
Había algo trascendental en estar en la iglesia, en comunión con el Todopoderoso.
Ahora tenía una razón más para disfrutar de los domingos, pues era el único día en que podía estar seguro de ver a la señorita Hope Allamont con su dulce rostro ligeramente inclinado, mientras recitaba las oraciones.
Y más tarde... ¡Qué alegría! Estaba la cena, en Allamont Hall, con el indescriptible placer de pasar toda una velada, en su compañía.
Su sermón, aunque un poco más sombrío que el original, tuvo buena acogida, y solo el señor Garmin, el granjero, se quedó dormido.
Durante los sermones del señor Endercott, varios hombres solían dormirse, fortalecidos por una buena comida en la posada entre los servicios.
Sus esposas se mantenían ocupadas dándoles codazos, cada vez que amenazaban con roncar demasiado fuerte.
Prácticamente, que solo uno se durmiera era todo un logro.
El carruaje llegó puntualmente, esa misma tarde, para llevarlos a Allamont Hall.
—Como si fuéramos incapaces de caminar —gruñó la señorita Endercott con su voz grave, como siempre hacía—. Es poco más de una milla, a través del bosque, un agradable paseo.
—Debemos estar agradecidos por la atención —replicó el señor Endercott, como siempre hacía.
El señor Burford suspiró, como siempre. Ojalá alguno de ellos dijera algo diferente, algo original e impactante.
Aun así, no le importaba demasiado. Ya había pasado una buena parte de la tarde contemplando a su amada, y ahora tenía toda una velada por delante para disfrutar en su compañía. Subió al carruaje con presteza.
Las hijas de Allamont Hall estaban en la mansión.
El señor y la señorita Endercott avanzaron con soltura, mientras el mayordomo las anunciaba, saludando a una u otra con naturalidad.
El señor Burford se quedó paralizado en el umbral.
Ese momento siempre lo aterrorizaba. ¡Seis señoritas a las que saludar y tan parecidas!
El mismo cabello oscuro, peinado de forma muy similar, el mismo estilo de vestir…
Aunque había diferencias. Belle era fácil de reconocer con sus rasgos sencillos.
Y su Hope, por supuesto, lucía con su dulce inocencia.
Amy era mucho más fácil de identificar, ahora que Ambleside siempre estaba con ella.
Grace quizás era un poco más alta que las demás, pero eso dejaba a Connie y Dulcie, y él nunca podía distinguirlas.
Mientras él daba un par de pasos inseguros hacia adelante, Belle se levantó y cruzó el salón para recibirlo, extendiéndole la mano. —Buenas noches, señor Burford. ¿Cómo está usted?
—Muy bien, gracias, señorita Belle.
—Su sermón de hoy fue espléndido. Posee un talento excepcional para explicar las sutilezas de un texto bíblico de una manera que las hace completamente comprensibles. Jamás imaginé que se pudiera expresar tanto con tan pocas palabras.
—Supongo que con eso quiere decir que me extendí interminablemente en un solo verso, ¿no?
Ella se rió y sus ojos oscuros se iluminaron.
—Para nada. Veo que está decidido a no recibir halagos.
¡Pero, pase! No tiene que quedarse en el umbral, como un visitante cualquiera, pues ya usted es un viejo amigo.
Espero que tenga hambre esta noche, porque el señor Garmin nos ha enviado un ganso bien gordo para la cena.
—¡Un ganso! ¡Qué espléndido! No hay nada que me guste más.
—¿En serio? Pero, me parece recordar que usted dijo algo parecido sobre la carne, la semana pasada.
—Cuando me dan a comer ganso, me gusta más que cualquier otra cosa, y cuando me ofrecen carne de res, esa es mi favorita.
—¡Qué gracioso es usted, señor Burford!
En ese preciso instante, la señorita Endercott la llamó, y el señor Burford se quedó reflexionando con cierta perplejidad sobre su inusual condición de hombre ingenioso.
Él recorrió el salón, saludando a todas las hermanas, procurando no confundirlas. Y entonces, allí estaba ella.
—Señorita Hope, ¿confío en que usted esté bien? —Él se sonrojó violentamente, aunque logró hacer su reverencia.
Ella se rió con un encantador tintineo como el de una fuente. —¡Oh, sí! Gracias, estoy muy bien, señor Burford. Y no necesito preguntar por su salud, pues esta tarde usted pronunció un discurso magnífico desde el púlpito.
—¿T-t-troné? Espero no haberla asustado con la fuerza de mi discurso, señorita Hope.
—¡Oh! En absoluto, o nada que signifique. Su pasión solo me alarmó un poco, señor Burford.
Ella soltó una risita, tapándose la boca con la mano, mientras él se sonrojaba aún más. Fue una suerte que entraran a cenar, justo en ese momento, porque él se quedó sin palabras.
Él se sentó frente a ella, no al lado de su amada, sino al otro lado de la mesa, donde podía contemplarle el hermoso rostro sin la obligación de hablarle ni exponer su torpeza propia de un enamorado.
Prefería mirarla, pues tanta belleza lo conmovía profundamente, y, naturalmente, esa apariencia exterior reflejaba la gracia interior de esa pureza, esa dulzura, ese encanto y esa bondad.
«Ella es un alma tan bondadosa, siempre recorriendo el pueblo en algún recado, siempre con una serena sonrisa en los labios», suspiró al pensarlo.
—¡Señor Burford! —La voz alzada de la señorita Endercott lo hizo volver a la mesa—. ¿Sería usted tan amable de pasarme la perdiz, por favor?
—Por supuesto. Le pido disculpas, señorita Endercott.
Tras la cena, el señor Endercott pronunció un sermón y dirigió una oración, y luego el carruaje esperaba para llevar a los invitados de vuelta al pueblo.
El señor Burford vislumbró por última vez el rostro sonriente de Hope al marcharse, una imagen que, con tristeza, aceptó que le serviría de consuelo, durante algunos días.
Mientras el carruaje se balanceaba suavemente de regreso al pueblo, comenzó a contar las horas que faltaban para volver a verla.