Behind Desire CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

De pie bajo los destellos cenitales de la terraza, me pierdo en el abismo de su mirada.

En esa línea de sombra y luz convergen cientos de fragmentos compartidos: los silencios densos de significado, los besos clandestinos que intentaban desmentir lo evidente y este trayecto sin retorno que nos ha conducido hasta aquí.

La música del salón vuelve a filtrarse, llenando el espacio y rompiendo la frágil burbuja donde parecíamos suspendidos fuera del tiempo. Todo lo demás se ralentiza, desacelera su curso hasta congelarse en una pausa donde solo existimos Marcus y yo.

El murmullo de los invitados se desvanece por completo. Ya no hay más sonido que el compás acompasado de mi propia respiración.

Solo hay una respuesta que mi alma reclama. Marcus permanece inmóvil, con la mano aún aferrada a mi antebrazo. Su presión no es una atadura, pero tampoco representa una tregua; sus ojos se clavan en los míos con la intensidad desesperada de quien busca una salida y solo encuentra el precipicio.

El silencio que nos separa pesa como una losa. Y, por primera vez, no posee la cualidad de un refugio.

Se trata de un paréntesis amargo, el preámbulo indiscutible de una despedida inevitable.

Deslizo mi brazo con extrema lentitud, liberándome de su tacto, y giro sobre mis talones dispuesta a marcharme. Carece de sentido continuar prolongando una farsa donde soy la única dispuesta a apostarlo todo.

—Nicole... —su voz brota apenas como un soplo, rota, quebrada en la mitad de la garganta. Me detengo a un par de pasos de distancia y pivoto de nuevo para encararlo. Se relame los labios con nerviosismo, desplazando el peso de su cuerpo de un pie a otro en una rara exhibición de vulnerabilidad.

Traga saliva con dificultad, desvía la vista hacia el suelo durante una fracción de segundo y, al alzarla de nuevo, hay en su rostro la resignación de quien ha tomado una decisión irrevocable.

—No eres tan solo un rostro destinado a borrarse con los años...

No eres simplemente una mujer hermosa que me altera las horas de sueño.

Para mí... —su voz titubea, pugnando por abrirse paso, pero cada sílaba se asienta con una solidez aplastante—.

Me resulta inservible medirlo con medias palabras: te necesito.

No concibo la opción de seguir adelante con mi vida si tú no estás en ella.

Las lágrimas escapan sin permiso, desbordando mis párpados mientras la tensión contenida se desangra en un sollozo mudo.

—Marcus... —Hagámoslo bien esta vez, por favor —murmura un segundo antes de cortar la distancia que nos separa, hundiendo su boca contra mi frente mientras me encierra en el perímetro seguro de su pecho.

Cuando sus labios reclaman los míos, la posesión no responde al arrebato del deseo ciego, sino a la urgencia de quien expulsa una carga insoportable. Es una confesión convertida en beso: cálida, hambrienta, provista de la solemnidad de un pacto definitivo.

Sus manos se cierran alrededor de mi espalda con el temor instintivo de que mi cuerpo se disuelva entre sus dedos.

Las luces de la ciudad, los acordes lejanos de la fiesta y el frío de la madrugada se funden en una mancha irrelevante. Solo existe la textura de su boca, su familiar rastro de madera y su calor disolviendo los viejos fantasmas que nos acechaban.

Abandonamos la celebración a hurtadillas, huyendo de la multitud para consumar nuestro propio refugio en la más estricta intimidad.

Al cruzar el umbral de casa, el silencio nos recibe con la complicidad de los años no vividos.

Cada paso que damos hacia el interior carga con el peso de la ausencia y la urgencia contenida.

La puerta se cierra a nuestras espaldas y, por primera vez en mucho tiempo, el exterior deja de importar de manera absoluta.

Marcus me contempla con una devoción que roza la incredulidad, y yo sé, con la certeza de los náufragos, que ya no necesito huir de su cercanía.

Su palma traza el contorno de mi mejilla antes de descender con lentitud por la línea de mi cuello; un segundo después, me atrae hacia su centro.

El beso que sigue no busca devorarme con premura; es un acto de reconocimiento, de cartografía íntima, destinado a memorizar cada rincón de mi piel.

Avanzamos a tientas por el pasillo hasta la penumbra de la habitación, incapaces de romper el contacto de las bocas y las manos.

Nos despojamos de la ropa sin prisa, desprendiéndonos de cada prenda como si se tratara de una armadura inservible que al fin dejamos atrás.

Su piel quema al friccionarse contra la mía, y el calor de su torso me envuelve, anclándome al suelo.

El amor que nos hacemos no obedece únicamente al apetito físico, sino a la necesidad visceral de saldar cuentas con el pasado, de borrar con caricias el rastro de todo lo que sufrimos.

Cuando el ritmo de mi respiración comienza a aquietarse en la penumbra, siento sus labios rozando la piel sensible de mi hombro, acompañados por el vaivén cálido de su aliento.

Sus dedos se entrelazan con los míos sobre las sábanas, y en un murmullo tan tenue que se confunde con el latido acompasado de su pecho, lo escucho pronunciar lo irremediable:

—Te amo, Nicole...

Cierro los ojos, permitiendo que esas dos palabras se incrusten en mi interior como un tatuaje invisible. Porque esta vez no hay vacilación ni promesas al aire; es la verdad pura, despojada de sus corazas.

Despertar al día siguiente acurrucada en el hueco de sus brazos posee la textura de la plenitud absoluta.

Con los conflictos disueltos y la tormenta atrás, me siento más dueña de mí misma que nunca junto a él.

Me incorporo con suavidad, procurando no perturbar su descanso, y me deslizo hacia la ducha.

El chorro de agua caliente arrastra los últimos vestigios de tensión acumulada en estos meses de incertidumbre; tras la vorágine del deseo, solo ha quedado la sustancia intacta de nuestro amor.

Unos segundos después, percibo el leve chasquido de la puerta corrediza del baño al abrirse. Un par de brazos firmes me envuelven la cintura desde la espalda, atrayéndome de inmediato contra su torso desnudo.

—Con que aquí estabas huyendo otra vez —murmura contra la curva de mi cuello, depositando besos lentos, febriles, que me erizan la piel.

—¿Estabas buscándome? —pregunto con una falsa inocencia, girándome despacio entre su abrazo para impregnar mis manos con la espuma del gel y comenzar a deslizarlas por la amplitud de su pecho musculoso.

Marcus cierra la puerta tras de sí, pero no emite sonido alguno. Su mirada lo dice todo; un silencio denso, cargado de una electricidad renovada. Sus pasos avanzan con una lentitud deliberada, implacable, hasta acorralarme contra los azulejos húmedos de la pared.

—Siempre —contesta con la voz grave, ronca de deseo.

Y comprendo, con una sonrisa cómplice, que esta vez no tiene ninguna intención de dejarme escapar.