CAPÍTULO 48
La noche se desliza con una quietud inusual sobre el departamento, meciendo los ecos de un pasado que por fin hemos conseguido dejar atrás. Tras la tormenta, la tregua y la certeza absoluta de habernos elegido, el silencio ya no pesa; nos abraza.
—Vístete. Nos vamos —me dice Marcus, apareciendo en el umbral del estudio con un traje impecable y una sonrisa sutil que apenas insinúa el misterio que se trae entre manos.
—¿A estas horas? Marcus, estoy agotada, acabo de terminar con los últimos bocetos de la temporada... —protesto con una media sonrisa, cruzándome de brazos, aunque sé perfectamente que negarme es una batalla perdida contra su cabezonería.
—Confía en mí —ataja con esa autoridad magnética que siempre me desarma.
El trayecto en coche transcurre en un silencio denso pero cargado de una electricidad extraña.
Noto una tensión milimétrica en sus manos sobre el volante, un temblor casi imperceptible que delata que esta vez el control absoluto que siempre busca retener se le está escapando de las manos.
Cuando el vehículo finalmente se detiene, descubro que hemos ascendido hasta uno de los miradores privados más exclusivos de la ciudad, un helipuerto acristalado en la azotea de un rascacielos donde la metrópoli entera parpadea a nuestros pies como un mar de estrellas artificiales.
—¿Qué es todo esto? —pregunto con la respiración suspendida al ver el espacio iluminado tenuemente por cientos de velas blancas que trazan un camino en el suelo.
Marcus se coloca a mi espalda, envolviendo mi cintura con una firmeza protectora mientras su aliento roza mi oído, cálido y estremecedor.
—Quería un lugar donde el ruido del mundo desapareciera por completo, Nicole. Para que aquí arriba solo pudieras escucharme a mí.
Antes de que pueda articular una sola palabra, el cielo oscuro de la ciudad estalla de repente en una sinfonía de colores y luces cegadoras.
Un despliegue monumental de fuegos artificiales ilumina la noche en cascadas doradas, zafiros y destellos intensos que se reflejan en los cristales a nuestro alrededor.
Es un espectáculo grandioso, deslumbrante y absoluto, exactamente como él: una fuerza indomable que ha decidido quemar sus propias reglas por mí.
Me giro despacio hacia él, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa y el asombro.
En ese instante, Marcus se arrodilla con una solemnidad absoluta sobre el suelo frío de la azotea.
El estruendo de los cohetes sigue retumbando a lo lejos, pero para mí el universo entero se ha quedado mudo.
De su bolsillo extrae un estuche de terciopelo oscuro y lo abre con pulso firme.
—Fui un necio intentando erigir muros de acero donde lo único que necesitaba era tu refugio —su voz resuelta corta el aire, profunda, ronca y temblorosa de verdad—.
Pude haber comprado el mundo entero, pero nada de eso tiene valor si no estás tú a mi lado para habitarlo.
No quiero ser un capítulo pasajero en tu vida, ni una tregua en la sombra.
Quiero que seas mi principio y mi final.
Las lágrimas escapan de mis ojos sin permiso, brillando bajo el reflejo de la última explosión de luz en el cielo. Todo el dolor, las dudas y los silencios del pasado se disuelven en este único segundo.
—¿Quieres casarte conmigo y dejar que construyamos este imperio juntos, sin reservas y sin miedo? —pregunta, mientras el resplandor dorado de los fuegos artificiales ilumina el brillo suplicante de sus ojos oscuros.
Me precipito de rodillas frente a él, riendo y llorando al mismo tiempo, con el corazón desbocado golpeando contra mis costillas.
—Sí... Sí, quiero —respondo con la voz rota.
Marcus desliza la sortija por mi dedo anular y se levanta de un salto para atraparme en un abrazo feroz, estrellando sus labios contra los míos en un beso hambriento, desesperado y eterno, mientras la ciudad entera arde en destellos de luz a nuestros pies.
Hace exactamente un año que crucé de nuevo las fronteras de Cleveland.
Aquel regreso, acaecido tras la tormenta y la definitiva reconciliación con Marcus, llevaba adherida la promesa inquebrantable de no volver a apartarme de los refugios que amo.
Tenía claro que mi geografía vital residía aquí, aunque también sabía que no podía renunciar al pulso creativo que me define.
Por fortuna, Vicky Beckham supo leerlo con la lucidez que la caracteriza.
«Quiero que seas mi socia», me propuso una tarde, con esa determinación férrea que desafía cualquier margen de duda.
No se trató de una concesión protocolaria, sino de un voto de confianza absoluto.
Desde entonces, mi firma de diseño ha crecido de manera simbiótica junto a la suya, logrando mantener un pie firme en los circuitos internacionales que tanto me alimentan el alma.
Cleveland me acogió con la naturalidad de los sitios a los que uno siempre pertenece.
Mis padres, el círculo de siempre y, sobre todo, Marcus, componen mi definición de hogar.
Y aunque el calendario continúe desbordado de trayectos aéreos, juntas directivas y lanzamientos de colección, cada noche se resume en el mismo ritual: abrir la puerta de casa, encontrarlo a él...
y comprobar que todo el esfuerzo cobra sentido.
O eso creía, al menos.
Llego al atardecer consumida por un cansancio denso, cargando portafolios y muestras textiles para la próxima temporada de primavera.
El aroma familiar a café recién hecho me conduce de forma automática hasta la cocina, donde Marcus, enfundado en una camiseta de algodón gris y tejanos gastados, repasa unos documentos en la tablet.
El destello del anillo de compromiso en mi dedo anular me devuelve de golpe a la certeza de que, a pesar de los abismos que cruzamos, hemos edificado un terreno firme.
Sin embargo, tiene la comisura de los labios tensa y el ceño fruncido. Un rictus que ya aprendí a descifrar.
—Hola —murmuro, dejando las carpetas sobre la isla central para acercarme a depositar un beso rápido en su mejilla.
—Hola —contesta sin despegar los ojos de la pantalla.
Decido restarle importancia y me sirvo una taza de café antes de sentarme a su lado.
—¿Qué estás mirando con tanta atención?
—El cronograma de la boda —su tono es demasiado plano, desprovisto de cualquier atisbo de naturalidad.
—Ah... —le doy un sorbo al líquido caliente, esquivando su escrutinio—. ¿Y bien?
—Y bien, que a tres meses del evento seguimos sin definir los arreglos florales, el cáterin ni la música. Por no hablar de que ni siquiera contamos con un borrador de los invitados.
Sus palabras me golpean con la inercia de un freno de mano.
—Marcus, faltan meses todavía. Tenemos margen.
—¿Margen? —al fin levanta la vista, y sus ojos verdes destellan con una inquietud que me desarma—. Nicole, cada vez que intento sacar el tema, lo postergas con cualquier excusa laboral. Y empiezo a albergar la sospecha de que, en el fondo, no deseas dar este paso.
Me quedo inmóvil, con la taza suspendida a mitad de camino.
—No digas eso. He estado abrumada con los nuevos proyectos...
—Lo sé. Pero me estás transmitiendo la sensación de que nuestra boda ocupa el último peldaño de tus prioridades.
El reproche no lleva estridencias; está impregnado de un dolor sordo que me lacera con más fuerza que cualquier grito.
La tarde transcurre bajo un manto de mutismo espeso.
Me refugio en el estudio privado entre bocetos y correos electrónicos pendientes, pero mi mente regresa una y otra vez al eco de su voz.
¿De verdad le he hecho sentir que es prescindible?
¿Que el compromiso que asumimos flaquea frente a mis ambiciones?
La respuesta me alcanza un par de horas más tarde, cuando bajo a la cocina en busca de una infusión y lo descubro sentado en el sofá, hojeando las fotografías almacenadas en su teléfono.
Imágenes de nuestro archivo íntimo: escapadas a la costa, cenas improvisadas en el piso antiguo, instantes donde la felicidad era un territorio simple.
En todas ellas, su sonrisa mantiene esa mezcla exacta de ternura y devoción que siempre consigue desestabilizarme.
—¿Me estabas buscando? —pregunto, procurando imprimir ligereza a la frase.
—Te estaba esperando —replica sin apartar el visor del aparato.
Me hundo en el cojín contiguo y, con un gesto audaz, le arrebato el móvil de las manos para inspeccionar la pantalla.
Es una instantánea tomada exactamente hace un año, en los albores de nuestra tregua.
Estamos abrazados en la penumbra; tengo el rostro escondido en la curva de su cuello, con la memoria fresca de aquel miedo fundido con el alivio de saber que lo amaba sin condiciones.
—No he dejado de querer esto ni un solo instante —admito en un susurro.
—Entonces demuéstralo —sentencia, fijando en mí una mirada indescifrable.
Permanezco en silencio unos segundos, procesando el peso de su exigencia, antes de inclinarme hacia él.
—¿En serio lo dudas? Después de todo lo que sangramos para encontrarnos... ¿crees de verdad que iba a dejarte escapar?
La dureza de sus facciones se disuelve, aunque persiste en su empeño de mostrarse inflexible. Me acerco despacio hasta rozar sus labios con los míos en un contacto deliberadamente lento.
Marcus suspira contra mi boca y desliza las yemas de los dedos por mi mejilla con una suavidad infinita.
—No pretendo que esta boda sea un trámite más en tu apretada agenda, Nicole. Quiero que sea el día en el que decidas apostar por nosotros sin reservas, sin distracciones colaterales.
Algo en mis defensas cede de forma definitiva, desmoronando la última coartada. Me aferro a su torso, hundiendo el rostro en su pecho.
—Es lo único que de verdad me importa —confieso contra la tela de su camisa.
Esa misma noche, despejamos la mesa del comedor para alfombrarla con catálogos, muestras de imprenta y listas interminables.
Marcus se obstina en que la tarta nupcial sea de chocolate belga; yo defiendo la acidez de los frutos rojos.
Él aboga por una banda de jazz en directo; yo prefiero la sobriedad de un cuarteto de cuerdas.
Entre discusiones triviales y risas cómplices, conseguimos avanzar en unas pocas horas más que en todo el semestre anterior.
Cuando al fin nos retiramos a la habitación, Marcus me envuelve en su abrazo y, justo en el umbral del sueño, desliza los labios sobre mi piel para murmurar:
—Te amo mucho más de lo que creí posible.
Y yo, con una sonrisa serena disuelta en la oscuridad, le aseguro en silencio que esta vez no permitiré que ninguna ambición externa desplace lo verdaderamente esencial.