Behind Desire CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

Nuestras bocas colisionan con una urgencia febril, un pulso de desesperación como si hubiésemos caminado al borde del abismo y necesitáramos fundirnos para recuperar la existencia. Sus labios no solo reclaman; suplican. Me besa con la devoción ciega de quien busca redención en un cuerpo ajeno.

Las manos de Marcus trazan un mapa urgente sobre mi piel, recorriéndome con la obstinación de quien teme que el tacto se borre en cuanto el alba nos separe.

Yo le devuelvo el envite con idéntica voracidad.

La adrenalina todavía vibra en nuestras terminaciones nerviosas, pero bajo la superficie del deseo arde algo mucho más denso: el anhelo de tocar aquello que las palabras se niegan a confesar.

A su lado, la armadura se me desmorona; me descubro desinhibida, suspendida en un universo donde el exterior se apaga y solo existimos nosotros.

Él posee esa facultad innata de desarmarme con una sola mirada, de empujar mi mente hasta el límite del vértigo.

Y, sin embargo, esa certeza me aterra. Me revuelve por dentro.

Me niego a disolverme en un afecto a medias.

Anhelo que me ame sin cláusulas de reserva. Deseo caminar a su lado con la ligereza de quien no teme pisar terreno frágil, libre de grietas invisibles. Lo quiero entero, despojado de sombras.

Quiero que me haga el amor, no que se limite a consumirme.

Detengo el frenesí de su boca y lo miro a los ojos.

Él intenta acallar mis dudas con otro beso, descendiendo con los labios húmedos hacia mi cuello, desatando una tormenta de sensaciones que sabotea cualquier intento de raciocinio.

Noto su cuerpo temblar; sé muy bien que libra una guerra sorda contra su propio blindaje.

Me aferro a la tela de sus mangas, estrujándola entre mis dedos como si representara el único asidero en medio de la tormenta, y aspiro su aroma: una combinación de jabón, madera noble y esa oscuridad indescifrable que le pertenece.

Y cedo.

Cedo porque lo amo con una obstinación que desafía toda lógica.

Mis manos se deslizan por su espalda, abriéndose paso a través de la ropa, buscando la verdad áspera de su piel y las cicatrices de su historia rota. Mis uñas se hunden con delicadeza en sus hombros, intentando desnudar no solo su carne, sino el refugio hermético donde esconde sus verdades.

Marcus exhala un suspiro tembloroso, estrechándome contra su torso con una fuerza primaria, como si temiera que el aire me desvanezca. Con un movimiento seguro, alza mi pierna y encaja su cuerpo entre mis muslos, marcando el compás de una necesidad que quema.

Me desea con una brutalidad contenida. Y me lo comunica en silencio.

—Mía —murmura contra mi piel, con una voz rasposa que apenas alcanza a cruzar el aire.

Su frente descansa contra la mía mientras cierra los ojos. Su respiración es un vaivén acelerado que trasciende el apetito físico; es la postura de alguien que lucha contra su propia naturaleza, consciente de que amarme conlleva tanto peligro como salvación.

—Marcus... —le nombro con un temblor donde conviven el miedo y la devoción.

Sus palmas abandonan la prisa, recorriendo mi columna con una lentitud solemne, transformando la urgencia en un rito de intimidad. Se inclina de nuevo para depositar un beso reverente en mi clavícula, y luego en el hombro, consagrando cada centímetro de mi anatomía.

Nos miramos fijamente a los ojos.

Y en ese instante, en el territorio absoluto del silencio, lo comprendo.

Me ama.

Aunque su orgullo le prohíba pronunciarlo. Aunque el terror lo mantenga atado a su reticencia.

Mis dedos rozan su rostro, perfilando el contorno firme de su mandíbula antes de enredarse en su cabello. Él se abandona a la caricia, cubriendo mi mano con la suya. Por un segundo, el mundo entero se reduce a ese contacto depurado de artificios.

—Te necesito —confiesa, como si pronunciara una transgresión imperdonable.

Un crujido sordo se abre paso en mi pecho. Porque me niego a ser solo una necesidad urgente.

—Yo necesito que me ames —susurro con el alma expuesta—. No que dependas de mí para sobrevivir.

Sus pupilas se agitan en una tempestad sorda. No retrocede, no erige muros. Me acaricia las mejillas con los dedos trémulos y se inclina para besarme otra vez, despojando al gesto de toda prisa, revistiéndolo de una reverencia casi dolorosa.

Nuestros cuerpos vuelven a unirse, pero cada roce carga ahora con el peso de lo irremediable. Nos amamos con los ojos abiertos, con las defensas caídas, articulando mediante suspiros todo aquello que nuestra soberbia silencia.

Y por primera vez, percibo el eco de su propio pánico a perderme.

Los días posteriores transcurren en una vertiginosa espiral de preparativos.

La boutique finalmente abre sus puertas.

Cada textura, cada plano milimétricamente calculado y cada detalle por el que luchamos cobra una materialidad deslumbrante ante mis ojos.

Vicky desborda euforia y, al anunciar la fecha de inauguración oficial, un extraño vacío se apodera de mí.

Es la coronación de mi trayectoria. Mi cima profesional.

Y, sin embargo, siento que el núcleo de la celebración está hueco.

Me repito a mí misma que esta velada pertenece estrictamente a mi carrera, al fruto de las desveladas y el esfuerzo incansable.

Procuro convencerme de que Marcus no pinta nada en este escenario, de que el nudo en la garganta al evocar su nombre desaparecerá.

Pero es un ejercicio inútil. Su sombra persiste, infiltrándose en cada latido.

La noche del evento se despliega entre luces de diseño y copas de champán cristalino. Llevo un vestido negro de líneas depuradas, obsequio de Vicky, con un vertiginoso escote en la espalda que acentúa cada movimiento. Al contemplarme en el espejo, me reconozco elegante, impecable.

Pero la alegría se antoja incompleta.

El evento resulta ser un triunfo rotundo. La prensa especializada, las figuras influyentes del sector y la atmósfera vibrante confirman el éxito del proyecto. Vicky me felicita con un brillo genuino de orgullo en la mirada. Sin embargo, en mi interior, el fuego sigue crepitando sin tregua.

Porque él está aquí.

Lo diviso al fondo del salón, sosteniendo una copa con displicencia, envuelto en un traje negro de sastrería impecable que domina el espacio con su sola presencia.

A lo largo de la noche, nuestras miradas se cruzan en un duelo clandestino, un juego de aproximaciones y huidas mudas.

He soportado este pulso durante meses, pero mi resistencia ha tocado fondo.

El peso de lo tácito me asfixia. Toda esta secuencia de silencios, de entregas furtivas y caricias robadas ha dejado un abismo que ningún triunfo profesional logra colmar. Lo anhelo, sí.

Pero, ¿qué significo yo para él?

La brisa nocturna en la terraza exterior me ofrece un refugio temporal. Me detengo junto a la barandilla de cristal, cerrando los ojos para dejar que el aire fresco intente apagar la fiebre bajo mi piel.

Entonces, lo percibo.

Marcus se aproxima sin hacer ruido, pero su calor corporal me envuelve antes de que su voz rompa la quietud de la noche.

—Estabas huyendo de mí —sentencia con esa seguridad implacable que me desestabiliza.

Abro los ojos, negándome a girar el rostro.

—Solo buscaba aire fresco.

—Nicole... —murmura mi nombre como si contuviera una verdad inconfesable. Da un paso al frente y se apoya en el barandal a mi lado. Su cercanía enciende de inmediato cada terminal nerviosa de mi cuerpo.

—Háblame con la verdad, Marcus —le exijo de pronto, girándome para enfrentarlo con absoluta firmeza—. Cuando afirmas que me echas de menos, ¿es únicamente mi cuerpo lo que añoras? ¿O hay algo más detrás de esto?

El corazón me golpea las costillas con furia, pero sostengo su mirada sin flaquear.

Sus ojos oscuros destellan con una intensidad turbulenta, pero la respuesta no llega.

Noto la tensión milimétrica en su mandíbula, el cálculo severo que libra en su interior.

Y ese silencio prolongado duele con la precisión de una cuchilla.

El aire se vuelve irrespirable en mi pecho.

—Ya veo —murmuro con una sonrisa frágil, más un escudo propio que una réplica. Asiento una vez, como si estuviera rubricando la sentencia definitiva de lo nuestro.

Antes de que pueda apartarme, su mano intercepta mi muñeca con firmeza.

—Nicole, las cosas no son tan simples... —argumenta en un tono grave, ahogado por un remolino de emociones refrenadas.

—Claro que lo son. Pronúncialo, y seré tuya sin condiciones.

El silencio vuelve a desplomarse sobre nosotros con el peso de una losa. Sus dedos aprietan mi piel con desesperación, y la expresión en su rostro grita mil cosas que su boca se empeña en callar. Pero yo ya he cruzado la línea: las miradas cómplices y las madrugadas en la sombra ya no me bastan.

Necesito escuchar la certeza de sus labios como el único aliciente capaz de justificar este naufragio. Lo contemplo fijo, aguardando el milagro de una sola palabra durante segundos que se estiran como una eternidad.

Y lo único que obtengo... es el eco del silencio.